Santiago Abascal, vestido como los tercios de Flandes.
Santiago Abascal, vestido como los tercios de Flandes.

Señalar que la política tiene mucho de teatro no supone ninguna novedad. Los políticos, a sabiendas de que los ciudadanos somos consumidores de historias, juegan con puestas en escena, con papeles dramáticos, con protagonistas, antagonistas y secundarios, etc. Es una decisión lógica de acuerdo con los principios del marketing político, pero que también debe tener ciertos límites, máxime en situaciones tan extraordinarias como las que estamos viviendo.

Quizá el partido que más juega ahora mismo con relatos y con teatralidad es Vox. Son buena prueba de ello el absoluto maximalismo en sus declaraciones contra el Gobierno, la dinámica de buenos y malos y la epicidad propia de las teorías de Joseph Campbell acerca del viaje del héroe o el monomito, o hasta un vestuario específico, como las mascarillas color verde guardiacivil con su bandera de España o incluso el casco del siglo XVI —denominado morrión— con el que Abascal se asomó a un balcón a hacer a saber qué.

Pero, aunque Vox lo lleve a un extremo particularmente delirante, este triste teatro es transversal a todos los políticos. A mí me recuerda un poco a Sálvame. Es como un teatrillo de instituto en el que todos interpretan un papel de manera histriónica, sulfurándose como si la infidelidad de la hija de la expareja de un torero fuera en ese momento lo más importante del mundo. A mí me gusta imaginarme a los tertulianos acabando el programa y partiéndose de risa de las imbecilidades que han estado diciendo para defender una u otra posición. Y de este mismo modo me imagino a Abascal después de hacerse la foto con el morrión, o a Casado después de hacerse la famosa foto reflexiva en el baño. Me imagino las risotadas posteriores y las frases tipo “lo que hay que hacer para ganar votos...”.

Porque, seamos honestos, aunque Díaz Ayuso diga que los miembros del Gobierno español “nos tienen rehenes, nos tienen amordazados”, ella no lo cree realmente. Y cuando Casado y Abascal, enfrascados en una peligrosísima competición por el electorado de extrema derecha, proclaman que Sánchez e Iglesias están aprovechando la situación para convertir España en una dictadura bolivariana, saben que no hay absolutamente ningún elemento que le permita sustentar esta teoría. Puro teatro. Ya saben, “falsedad bien ensayada, estudiado simulacro”, que cantaba La Lupe.

Pero, claro, el problema es dónde está el límite. Porque jugar a este teatro de instituto cuando se trata de la infidelidad de tal o cual famosillo no tiene mayores consecuencias. E introducir una dimensión narrativa en la comunicación política es adecuado —qué les voy a decir yo, que me dedico a esto de la comunicación—. Pero tiene que haber un límite. Ese límite debería ser la responsabilidad. Porque Abascal sabe que España no puede considerarse una dictadura, ni está habiendo un golpe de estado comunista silencioso, ni se está haciendo nada tan diferente al resto de países europeos en materia de covid-19, ni leches en vinagre. Pero una buena parte de su público sí parece estar dispuesto a creerlo. Y eso, quizá no hoy ni mañana pero sí algún día, puede llegar a ser un gran problema.

Uno de los momentos políticos más dignos que recuerdo tuvo lugar en la campaña electoral estadounidense entre Barack Obama y John McCain, allá por 2008. Durante un mitin, varios asistentes explicaron que sentían miedo ante la posibilidad de que Obama llegara al poder porque, según ellos, era “un árabe” y tenía conexiones con terroristas domésticos. La respuesta del difunto político conservador John McCain a una interviniente fue clara y contundente: “No, señora. Es un hombre de familia, un ciudadano con el que resulta que tengo algunos discrepancias en asuntos fundamentales. De eso va esta campaña”. Eso es responsabilidad y saber que, aunque aspires a ganar a tu adversario, hay límites que no deberían traspasarse en el ejercicio del sano, legítimo y deseable debate político e ideológico.

Porque luego aparecen miles de individuos por Twitter pidiendo explícitamente un golpe de Estado —y muchos son bots, pero otros no—, y la normalidad con la que esto sucede asusta. O porque un buen día sale una manada de pirados con palos de golf por una calle de Madrid saltándose todas las normas sanitarias ante el pasmo general. Buena parte de la ciudadanía se los toma a risa, como si no fueran indicios de peligro. Y las consiguientes declaraciones de Díaz Ayuso no solo no velan por el cumplimiento de lo establecido —que, en última instancia, implica velar por la salud pública en su territorio—, sino que justifican estas acciones y, en cierto modo, las animan. Y todo ello por conseguir un puñado más de escaños. ¿Les merecerá la pena? Solo espero que este juego con las emociones más viscerales de la ciudadanía no se les vaya de las manos, porque se puede estar creando un caldo de cultivo de algo muy feo. Cuidado.

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