Hace un año comenzamos…

Es imprescindible defender el conocimiento, la conformación de una opinión informada a la que tantas veces hemos aludido.  También hay que defender la idea de globalidad y de bien común

Donald Trump, en la Casa Blanca esta semana con un conejo de Pascua.

Hace un año comenzamos a escribir una columna quincenal en lavozdelsur.es.  Agradecidos a los editores por la oportunidad que nos brindaban, nos propusimos poner por escrito algunas de las reflexiones comunes que surgían, muchas de ellas de manera recurrente, tras largos años de conversaciones derivadas del trabajo conjunto y de amistad.  El propósito era simple: compartir algunas ideas que intentaran sobrevolar el discurso habitual, inmediato y mediático, para centrarnos en unos “primeros principios” que evitaran en lo posible la confrontación interesada y buscaran puntos de acercamiento común sobre aspectos básicos de nuestra convivencia.

Si de estas “columnas” pudiéramos destacar algunos conceptos clave, estos podrían ser, además de la incertidumbre, el rechazo a la polarización, el riesgo de vivir en un momento de fomento de la ignorancia, el excesivo individualismo y, por supuesto, el temor confirmado de consolidar el populismo como forma de ejercer el poder y la tentación de recurrir al mismo, aspectos todos que, al final, son parte de una misma realidad.  También hemos insistido en la necesidad de buscar el acuerdo y huir de la mera tenencia del poder como forma o aspiración de gobierno, en la defensa del necesario respeto a las instituciones democráticas – y el propio deber de éstas de hacerse respetar – y, por supuesto, en la búsqueda de un bien común, que podría partir de la defensa de unos servicios públicos elementales como son la educación, la sanidad o el sistema de protección social.  Sobre estos factores elementales, junto con la labor imprescindible de insistir en fórmulas que permitan articular la sociedad en lugar de crear antagonismos artificiales y la necesidad de asentar la confianza, deberíamos construir una idea de país coherente con la situación mundial.

Comenzamos en nuestra primera columna hablando del riesgo de un nuevo desorden mundial.  Y aquello que presentábamos como una temida posibilidad se ha confirmado con creces.  El caos caracteriza las relaciones internacionales, basadas en una especie de derecho de conquista alejado del más mínimo respeto al derecho internacional y de valores indispensables, que deberían ser ineludibles para cualquier persona de buena fe.  Pero, es más, este caos es una realidad que amenaza en convertirse (de manera interesadamente provocada) en una forma transversal de relación social, consolidando discursos disruptivos e identitarios de la peor calaña, sin más fundamento real que romper la convivencia y esconder intereses no confesables.  No es un caos regenerativo de un orden obsoleto.  Es la representación más evidente de la confusión de intereses espurios con la gestión de lo público, cuyo único patrón reconocible es la ambición personal y la acumulación de riqueza a través de nuevos instrumentos de control social y económico, que no repara en un mínimo comportamiento ético y que busca anticipar la posición de una oligarquía insolidaria a una nueva realidad, que empieza a configurarse.  Es, como decimos, la respuesta anticipada a los retos que como sociedad supone un futuro del que pretenden apropiarse unos pocos. 

Para ello ha sido necesario configurar un nuevo modelo social silente.  Ha hecho falta construir, como decimos, un discurso individualista, alejado de cualquier pretensión colectiva, que no ha tenido empacho en volver a plantear como válido el supremacismo racista basado en pretendidos valores tradicionales, queriendo además conectar, curiosamente, con las clases más desfavorecidas en la identificación de enemigos comunes.  No se trata sino de ahondar en la xenofobia; en el uso del miedo al otro, al diferente, como medio apropiado de control social.  Esta confusión de intereses se ha mostrado sin ambages.  Hasta tal punto es así que, en los recientes conflictos, ni siquiera se acude a la excusa de la defensa de derechos fundamentales esenciales para intentar justificar las acciones militares que se multiplican.

No han dudado en crear un mundo más inseguro convirtiendo la incertidumbre en parte de nuestras vidas y acudiendo al miedo como instrumento de control.  Mientras escribíamos estas líneas el presidente Trump amenazaba con destruir una civilización como si esta “solución final” no mereciera la peor de las repulsas, y como si entre la soflama y el ridículo no escondiera la decadencia de un imperio gobernado por el Calígula de nuestro tiempo. 

La sociedad tecnificada, esa que espera el desarrollo de sistemas inteligentes que venían a ser parte de la panacea de una sociedad mejor, nos ha traído, por el contrario, la ignorancia, un individualismo exacerbado, un control aparentemente consentido de nuestras vidas y una tecno oligarquía que, despojada de su apariencia inicial, no ha dudado en optar por un populismo iliberal que está destruyendo las formas de conciencia colectiva y de búsqueda del necesario bien común.

Ya estamos viendo adónde nos conduce esta forma de hacer política.  No se pueden esconder quienes la defienden.  Estamos comenzando a comprobar qué consecuencias tiene el ejercicio irresponsable del poder cuando su único fin es la subversión del orden democrático en defensa exclusivo de su interés (que conlleva el desprecio real a la ciudadanía de base).  La gran pregunta es qué hacer; qué nos corresponde como ciudadanos libres y qué debemos demandar, partiendo del dilema, que siempre se planteará, sobre qué respuesta dar a tantos millones de votantes que optan de manera formalmente democrática por estas opciones (y que merecen todo respeto).

Pero antes, ¿podemos admitir acríticamente que nuestras opiniones son las (únicas) correctas? Son dilemas antiguos.  Los mismos que fundamentaban la existencia necesaria de derechos mínimos de la persona y principios elementales transversales que dieron lugar a las declaraciones universales de derechos pero que ahora parecen despreciarse.  Si admitimos la necesidad de defender estos valores universales, poca cabida deben tener posicionamientos que los desprecian abiertamente y justifican esta forma de ejercicio abusivo del poder.

También habría que plantearse cómo hemos llegado a esta situación.  Las causas son, sin duda, variadas. Concurren nuevas formas de relaciones sociales, una nueva conformación económica, un desplazamiento del valor añadido a elementos intangibles (como los datos personales), una frustración de nuestras expectativas derivadas de sucesivas situaciones de crisis, una promesa de soluciones simples a problemas complejos y la referida identificación de enemigos identitarios.  También una falta de respuestas adecuadas por las ideologías tradicionales.  Pero hay una causa que debe atenderse especialmente.  Y es la necesidad de fundamentar la legítima opinión en datos contrastados.  La sociedad de la información y el acceso global al conocimiento no debería llevar a la ignorancia, sino a lo contrario.  En este deber tendríamos que implicarnos todos.

Es imprescindible defender el conocimiento, la conformación de una opinión informada a la que tantas veces hemos aludido.  También hay que defender la idea de globalidad y de bien común, esas que parecen identificarse desde el espacio exterior con claridad, pero que no son capaces de ver algunos cegados por la avaricia y la estulticia.