El prestigio de no saber nada

Vivimos en una realidad divergente en la que se sublima la incultura. Se ha instalado una corriente que no solo ignora el conocimiento, sino que lo detesta

'El prestigio de no saber nada', la columna de Luis Rodríguez.
02 de febrero de 2026 a las 09:49h

Hubo un tiempo, en una galaxia no muy lejana (por no decir la nuestra), en el que la ignorancia eran como las hemorroides; se llevaban en silencio y con discreta resignación.

Si uno no sabía quién era Schopenhauer o confundía la fotosíntesis con un filtro de Instagram, adquiría un perfil bajo y abría un libro. Hoy, ese posicionamiento ha sido sustituido por un ruidoso “derecho a la sandez” que se ejerce con la barbilla alta y el pecho henchido.

Vivimos en una realidad divergente en la que se sublima la incultura. Se ha instalado una corriente que no solo ignora el conocimiento, sino que lo detesta. Ser una persona formada, hablar con cierta propiedad o —¡el horror!— citar fuentes contrastadas, se ha convertido en una especie de elitismo intorelable. Si sabes de lo que hablas, eres un “cursi” o un “rarito” o, la etiqueta tipo en redes “este se cree superior”. Lo moderno, lo auténtico, parece ser el balbuceo intelectual y la glorificación de la vacuidad.

El menosprecio a la inteligencia no es un accidente, es un síntoma. Se ha instaurado un ecosistema donde el esfuerzo intelectual está bajo sospecha.

Esta democratización del altavoz ha degenerado en una dictadura de la mediocridad.

Algo falla cuando a la inteligencia se la percibe como una amenaza.

Esta vertiente celebra la ausencia de conocimientos como una forma de pureza. Como si no saber nada te hiciera más honesto, menos contaminado. Es la mística de la tábula rasa: el cerebro poco entrenado como templo de la autenticidad. Pero la realidad es mucho más cínica, una sociedad que desprecia el conocimiento, es una sociedad mucho más servil, dócil y fácil de pastorear. Por tanto, la incultura no es libertad, es una correa invisible.

La ridiculización del pensamiento es el paso previo a la parálisis social.

Es hora de reivindicar el derecho a ser exigentes. No se trata de ser un pedante insufrible de monóculo y biblioteca, sino de recuperar el valor de la verdad frente a la comodidad de la ocurrencia. La incultura no es una opción estética o un modo de rebelión contra las élites; es, simplemente, una forma voluntaria de ceguera.

Y a quien le moleste el empleo de palabras de más tres sílabas, siempre le quedará el consuelo de un vídeo de gatitos o un influencer a grito pelao por cualquier soplapollez. Al fin y al cabo, la ignorancia es una bendición… hasta que necesitas a alguien que resuelva con sus conocimientos tus propios problemas.

Gracias por la lectura y feliz lunes.