2026, odisea del plástico

Que no se me malinterprete, el progreso es fantástico. Lo que es cuestionable es nuestra incapacidad para caminar y mascar chicle a la vez

26 de enero de 2026 a las 09:26h
La misión Artemis II está a la vuelta de la esquina.
La misión Artemis II está a la vuelta de la esquina.

Qué cosas. Mientras usted batallea con la aplicación del banco porque le han cobrado una comisión de mantenimiento por el mero hecho de existir, o mientras intenta descifrar si el calabacín que ha comprado tiene precio de mineral precioso que cotiza en criptomonedas, a unos cuantos kilómetros sobre su cabeza —bastantes, de hecho— hay gente con planes mucho más ambiciosos. Estas mentes preclaras han decidido que la Tierra se nos ha quedado pequeña. Sí, como ese pantalón raído de su primera comunión que conserva en el armario por pura nostalgia y optimismo antropológico.

Y es que, la misión Artemis II está a la vuelta de la esquina y, por vez primera en décadas, enviaremos a seres humanos a orbitar la Luna. El hito tecnológico es fascinante, no me malinterpreten. El problema es que, mientras miramos anonadados al cielo estrellado, aquí abajo tan siquiera hemos averiguado si el recipiente de plástico donde venía la comida del chino, va en el contenedor azul, verde o amarillo.

En nuestro afán está el ser o comportarnos como una especie multiplanetaria. Queremos pisar el polvo lunar o, eventualmente, el marciano. Ansiamos revelarnos como una especie transgresora, pero, por otro lado, aquí en la superficie terrestre nos especializamos en el noble arte de levantar muros y colocar pegatinas de “prohibido el paso”. Mera filosofía sin fronteras con letra pequeña.

¿No es una ironía deliciosa? Estamos obsesionados con la habitabilidad de Marte mientras nos encargamos de que regiones enteras de nuestro planeta sean inhabitables por cuestiones políticas o económicas.

Y luego está el tema del “vecindario”. Entre tanto las grandes potencias miden su miembro viril por ver quién planta la bandera más grande, en la Tierra estamos recuperando el viejo vicio de apoderarnos de islas y demás territorios. Groenlandia está en el escaparate, Venezuela es el tablero gigante donde se libra una partida de Risk encubierta y el Ártico se está convirtiendo en una suerte de gimnasio donde los matones de barrio van a medir sus fuerzas.

Que no se me malinterprete, el progreso es fantástico. Lo que es cuestionable es nuestra incapacidad para caminar y mascar chicle a la vez. Dicho de otro modo, ¿por qué esa ansia de pilotar un helicóptero si apenas sabemos manejar una triste bicicleta? Es absurdo que elijamos con precisión milimétrica el lugar de aterrizaje en un cráter inhóspito, pero seamos incapaces de gestionar una frontera terrestre sin que se convierta en una tragedia humanitaria.

Así que, mientras Artemis II despega y nos regala imágenes en alta definición y calidad 8k que evidencia nuestra propia pequeñez, yo me quedaré aquí abajo, riendo por no llorar. Porque no deja de ser paradójico que estemos preparando las maletas para un viaje a las estrellas cuando todavía no hemos aprendido a permanecer en el salón de nuestra propia casa sin tirarnos los trastos a la cabeza.

Al fin y al cabo, somos humanos. Lo de conquistar mundos se nos da bien; lo de hacerlos habitables, ya no tanto.

En fin, por lo que a mí respecta, el cielo puede esperar.

Gracias por la lectura y feliz lunes.

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