Hace un tiempo que vengo dándole vueltas a una labor que el investigador paranormal realiza de manera inconsciente: una función secundaria, casi terciaria, dentro de nuestro sector, pero que repercute en la sociedad: la preservación del bien material. Como adictos al misterio, siempre idealizamos encontrar un tesoro entre la maleza. ¿No sería épico encontrarte cara a cara con una enorme hacienda abandonada, una fortaleza olvidada de hace siglos o una mansión que ha sucumbido a la marea de la especulación inmobiliaria y que nadie cuida? Es el santo grial de todo investigador dar con un lugar tan fantástico e inmenso que no esté saturado por otros, y poder indagarlo con mesura y mimo.
Atravesar esa puerta roída por el paso del tiempo, caminar por habitaciones dormidas por la ausencia de la vida cotidiana, admirar techos invisibles para cualquier ojo humano y oler años de desolación. ¿De quién fue aquella posesión que hoy la naturaleza reclama como suya? ¿Por qué sus últimos propietarios un día se marcharon sin mirar atrás? ¿Cómo era el día a día entre esos muros? ¿Hubo algún hecho determinante que condenó al silencio aquellos salones?
El investigador, sin darse cuenta, se convierte en defensor de una estructura con más o menos años. Se transforma en guardián de un resto esencial de la historia local de la zona. Empieza a formarse como un erudito de lo que en ese enclave se vivió, como si fuese un historiador de la antropología y del pasado que habita en su pequeño tesoro.
No intento con ello romantizar el simple hecho de abrazafarolas por saber si hay vida después de la muerte. Somos bailarines de acera en estas cuestiones supravitales, dando tumbos entre el sí y el no sin lograr un resquicio de avance. Mi prueba puede ser una mentira para la contraparte, y así, sucesivamente, se nos va, valga la ironía, la vida.
No obstante, ¿qué es un pueblo sin alma? ¿Qué son esas ciudades futuristas, ecofriendly, petfriendly y con gentrificación temporal? Edificios, y edificios, y más edificios calcados en una parte del mapa y en otra, con una composición de ladrillo, zonas verdes y aparcamientos tácticos, donde, si soltaran aleatoriamente a un habitante promedio, no sabría distinguir en qué ciudad se encuentra.
Ojo, tampoco estoy criticando el progreso. Sin embargo, ¿qué puedes ofrecer al visitante que no haya visto en su propio hogar? ¿Qué lugares emblemáticos únicos tienes? ¿Qué particularidad tiene tu tierra que solo pueda disfrutarse ahí? ¿Qué folclore te diferencia? ¿Cuál es tu identidad? La baraja de cartas se va quemando, y la variedad cada vez es menor.
Qué bonito era cuando un abuelo, una tía o un padre te narraban supuestas historias ocurridas en las calles que te vieron dar tus primeros pasos. Cuando te contaban sus vivencias en construcciones que ya no existen o que persisten pese a su abandono. Poder observar, a través de sus relatos, curiosidades de antaño propias de tu villa.
Puede que sea un romántico empedernido por conocer cómo hemos llegado hasta donde estamos, y de ahí esa idealización por la preservación de estas joyas del misterio. O puede que sea como las cosas deberían suceder: un sincretismo entre el progreso y el pasado.
Avanzar con las necesidades sociales de un tiempo presente que nos devora económicamente, pero integrándolo con los bienes de interés del ayer. Reformar para que ese edificio abandonado no se pierda y tenga un uso social; construir viviendas con espacios donde pueda visitarse aquella estructura de la que solo quedan sus huesos, pero que se mantiene para que no desaparezca del todo y los nuevos pobladores conozcan el suelo que pisan… Y así, con muchos más ejemplos. ¿Utopía? Tal vez.
Bajar al barro del misterio aporta muchas cosas, además de intentar aprender sobre el otro lado. Es conocer rincones secretos, socializar, viajar, ocio, disfrute… pero también es preservación. Algunos dirán que no siempre es así. Existen quienes babean con expoliarlo todo y montar “museos de los horrores”, o quedárselo para admirarlo en la intimidad. Incluso los que destruyen todo porque les da la gana. En fin, en el rebaño del misterio hay de todo, como en cualquier ámbito.
Creo que una investigación seria, casi bajo un juramento hipocrático respecto a la responsabilidad sobre lo que se pisa, podría convertirse en una barrera más para la conservación de nuestras raíces. Los sitios abandonados más ilustres y conocidos se van perdiendo; es inevitable por culpa del tiempo, del abandono y del saqueo. Pero si todos pusiéramos de nuestra parte, se podría ralentizar o incluso impedir.
Prefiero tener que pedir permiso a ciertas autoridades públicas o acudir a espacios más regulados para desplegar mi arsenal de aparatos y realizar mis pruebas, antes que llegar un día a lo que fue mi musa y ver cómo se va muriendo. Estas medidas podrían servir de parapeto frente a quienes solo vienen con malas intenciones. Y, visto así, ni tan mal.
