Una zona degradada del Polígono Sur, en Sevilla, en días pasados. FOTO: JOSÉ LUIS TIRADO
Una zona degradada del Polígono Sur, en Sevilla, en días pasados. FOTO: JOSÉ LUIS TIRADO

Después de dos años sin brisa del mar nos hemos aventurado a volver a hacer unas maletas para pasar unos días de descanso. Comenzábamos los planes de veraneo allá por abril. La primera propuesta era Italia, más concretamente Roma, pero el covid y la jindama nos hicieron abortar la misión. Luego fue Galicia y después Asturias, pero el cabildo familiar y los dineros pospusieron un año más salir de la madre Andalucía. Así pues, lo intentamos con la costa de Cádiz y Huelva, pero tampoco fue posible. Ni los hostales se ajustaban al presupuesto. Cien pavitos la noche, noventa y pico el más barato.

Así que el idilio con Almuñécar persiste, gloria bendita. Si no son cuatro los años de vacaciones seguidos que llevo por aquí, no serán ninguno. Almuñécar mola, mucho, además. El agua está fenomenal estos días y calor, lo que se dice calor aquí no aprieta tanto en comparación con una Sevilla que ha tenido sus 45 sin despeinarse. Nada nuevo, por cierto. Ni ola, ni tres cuartos. Calor a jierro, como dirían algunos paisanos, miarmas míos y no tan miarmas.

Así que aquí me encuentro, instalado en un hotel que debe ser la definición gráfica de lo que es la turistificación, pues es un complejo residencial al que le han comprado todos los pisos bajos del bloque, convirtiéndose en habitaciones. La piscina es compartida con el resto de habitantes del bloque de pisos y hay ascensores sobre los que rezan carteles de “fuera de servicio” Una mentirijilla piadosa, pues en realidad es que son para el uso de los propietarios del complejo y no para los turistas que nos encontramos por aquí. Por todo lo demás el hotel, bien. Bueno, menos el colchón, claro, el colchón de un hotel merece un artículo aparte, en realidad.

A excepción de esas pequeñas cosas que se explican con el presupuesto con el que vivimos gracias a este noble y aparente sistema que nos ahoga —pero no mucho— la verdad es que tampoco nos vamos a quejar ¿Para qué nos íbamos a quejar, en realidad? Hay gente que ni siquiera puede permitirse el lujo de salir de la ciudad, así que no nos quejemos ¿verdad? Porque en el arte de la queja hemos aprendido a hacerla pública, si es que nos toca directamente a nosotros. Si le toca de lleno a otros, entonces la queja es pa ná.

Así que, sin queja sobre el colchón, la decoración, la turistificación o sobre este sistema que nos pone la rodilla sobre el pescuezo —pero no mucho— me arreglaba para salir a cenar con la televisión de fondo de esta habitación vintage. Estaba puesta en el canal Dkiss, y allí apareció Mi casa soñada, una americanada donde un matrimonio dispone de ciento y pico de millones que gastarán en una casa con piscina, siete habitaciones, 24 cuartos de baños, un salón para invitados, un lugar para hacer deporte y dos bibliotecas. Aun así dirán que la casa es pequeña, si quieren que les haga spoiler del tema. Pero los chicos de la inmobiliaria dijeron algo que me llamó la atención, pues hicieron referencia al éxodo de la gente desde las ciudades hasta los pueblos. Ellos lo achacaron a que en las casas de los pueblos hay más espacio, cosa que podría ser, pero esto da para un análisis más profundo.

Ciudades como Sevilla con el paso del tiempo se han ido transformando en espacios cada vez menos amables para sus habitantes, eso es una realidad visible y tangible. Los consabidos arboricidios han sido y son una realidad que se está dando por casi toda España. De hecho, en mi barrio tenemos alguna que otra palmera, como si se tratara de Sunset Bulevar o yo qué sé y ningún punto verde reseñable, amén de los botellines de cerveza barata que aparecen tirados bajo las ruedas de los coches. Lo cierto y verdad es que en temas verdes suspendemos, pero luego nos cuentan cosas sobre el cambio climático y nos bombardean en televisión con las olas de calor.

Claro, no nos van a hablar de olas de cemento, alquitrán y suciedad, que es lo que tiene hoy una buena parte de Sevilla. Y tampoco nos van a hablar del éxodo de la ciudad a los pueblos por pura lógica. En primer lugar, nos encontramos con la tiesura. Gente de treinta y cuarenta años sin poderse permitir la compra de una vivienda en barrios de la ciudad porque sus precios son desorbitados en relación a la calidad de la que disponen. En otras palabras, pisos de hace cuarenta años al precio que el sistema manda. Por otro lado, nos encontramos con localidades cercanas a las grandes ciudades menos masificadas, bien equipadas y cuidadas, mientras que en las grandes urbes se hacen políticas volcadas en cuerpo y alma a lo que da comer, aunque sea a costa de empleos indirectos precarios, que sería el turismo. Un turismo, que por cierto, tampoco es de calidad.

Y en otra parte nos encontramos la insalubridad y la seguridad. Más lo primero que lo segundo, pues es cierto que la criminalidad en Sevilla cayó un 22% en el último año, el de la pandemia, el confinamiento y el toque de queda, todo hay que decirlo. La insalubridad porque efectivamente, las grandes urbes lo intentan, pero todas acaban mirando por sus cascos históricos, mientras que a sus barrios y a sus gentes les dan por saco. Y así, quien puede sale najando de estas ciudades grises, de asfaltos, prisas, atascos, zonas azules y patinetes por las aceras estrechas y sinuosas. Que se salve quien pueda de la turistificación, de la precariedad y la suciedad. Que se salve quien pueda del extrarradio con servicios públicos sin dotación y presupuesto a la altura. Que se salven quienes puedan de estos pisos de cuarenta, cincuenta y sesenta años donde las inmobiliarias hacen su agosto con alquileres por encima de estas nubes que veo tras la ventana del hotel. Que se salve quien pueda del corte de la luz, que la factura será la misma.

Por cierto, que ahora que digo lo de la luz, aquí no se ha ido. Será que aquí no hay plantaciones como en Polígono Sur, donde se va todos los días. De hecho, la pasada noche la pasaron a oscuras y con sus treinta y pico grados. La cosa es que también se está yendo cada dos por tres en Pino Montano. Y en la Macarena a extramuros, que es mi barrio, el de toda la vida. ¿Entonces se está yendo la luz en todos estos puntos? ¿Y no es por las plantaciones o sólo por ellas? ¿Será entonces que hasta la luz sale najando de las grandes ciudades? ¿y no sale esto en televisión? ¿y en el casco histórico nunca se va? ¡¡Salgan huyendo!! Si pueden, claro.

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