Un torero, durante un festejo taurino, en una imagen de archivo.
Un torero, durante un festejo taurino, en una imagen de archivo.

Sepa usted que de chico quise ser basurero y torero. Así, sin escrúpulos y por ese orden. Me aficioné en mi primera edad y de la mano de mi madre yendo a tirar la basura. Aquellos hombres mal vestidos y sucios se llevaban sin tapujo ni mala conciencia cuantos tesoros llevaban las vecinas en sus cubos y se me antojó buen oficio para vivir de él, y sí, ya por lucir, también quise ser torero desde que por Reyes mi tía me dio trastos de matar, capa y montera de plástico y de mi tamaño. Mi abuela no aplaudía cuando me cuadraba ante sus hojas de trompeta, anchas y carnosas que ofrecían morbosas el hoyo de sus agujas.

Después, ya de cinco o de seis, llegó por aquel patio mi buen amigo Antonio Lozano -los de la infancia lo son de toda la vida- y ante las hechuras de aquel niño que iba para Maestro, su citar de lejos, su mando y su bajar la mano hasta la humillación del prójimo, lie mi hatillo y desde entonces me dediqué a embestir al bueno de Antonio, alguien debia de hacer de toro. Creo, por eso, que en cuestión de Fiesta soy persona autorizada y a la vez equidistante por haber sido torero y toro y por haberme visto en sus pellejos.

La Fiesta, que así con F escrita todos asumimos que es de toros, es epítome del arte y color que ciega. Es también pasado salvaje, y mal cuerpo y vergüenza para bien pensantes. De todo tiene, pero es la Fiesta, mal que nos pese. Por ella se nos conoce y hasta se nos identifica. Mal que nos pese, y pesa mucho.

En esa desazón, ese no ser y querer haber sido y este sorber y soplar imposible, leo que tras la pandemia y aprovechando el solecito popular que regala la primavera, vuelven las sesiones de sábado sabadete sin rombos y en horario de misa de 12, y que se llama a la feligresía al toreo de salón y al albero del Hontoria.

El toreo de salón es un hallazgo y la contribución andaluza más determinante a la cultura mean stream. Un paseillo aporta mas Flow que un asana indu. Mediaveronica, más que un Shukasana, y así está demostrado. Qué decir de una trincherilla. Ponerse a Portagayola puede dejar la mente más en blanco que 45 minutos de meditación, y -mal interpretada- quizás de forma irreversible. Todas son ventajas.

Muchas veces hice toreo de salón antes de una entrevista incierta. Citas de lejos, recibes por alto, bajas la mano, obligas, templas la embestida y a los medios, a hacer faena. Qué gesta es esa que no trae sus tres naturales mirando al tendio.

Me extraña que psicólogos y gimnasios no ofrezcan en sus servicios sesiones de toreo de salón y que lo prescriban a sus pacientes con falta de autoestima o lo vendan al mismo público que hace zoomba, yoga, pilate, taichi, taekuhondo y otros sones flamencos, y hasta he soñado que, pleno de estética, transgresión y ejemplo de incorrección donde los halla, tiene mimbres nuestro toreo de salón para ser patrimonio inmaterial embotellado y apto y con normativa UE para la exportación.

Me alegra que vuelvan los toreros de salon al aire libre y a sus lances lentos, y siendo como son benéficos y pacificos, que no tiran pipas ni sangre al suelo y, sin molestar divierten, bien podían cambiar el albero del Hontoria por el Arenal y subir de escalafón.

Qué mejor salón que el Arenal para sentirse torero, y revulsivo de estómagos y turismo que, metidos a maletilla, permite hasta pasar la montera para sus cosas o para invitarse unas cañas a mi salud y para, a eso de las 5 de la tarde, tener motivo para brindar desde los medios.

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