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Infundir miedo en el otro es el arma más poderosa para manejar sus acciones, para que los medios contribuyan a presionar en pos de la causa.

Extorsión. Podríamos nominarlo de otro modo y, de hecho, la caterva de medios convencionales ya se está sirviendo de un exquisito menú de eufemismos para hacerlo. Pero eso no evita que se trate de una extorsión. Los que la hemos sufrido —de seguro, casi todos los presentes— conocemos bien sus efectos. Es esa maniobra deplorable que te lleva a dar unas monedas al listillo de turno que supuestamente cuidará de tu coche aparcado. Es ese punto de impotencia que se posa en la boca del estómago cuando desearías actuar de otro modo y te amedrentan. Es esa frustración creciente que te asalta la garganta cuando ves alzarse a la más dolorosa de las villanas: la injusticia. Transigimos empuñando el no hay más remedio por un fin superior, por el amor hacia otros, por lo que pensarán los demás… en definitiva, por miedo. Perder ante el temor nos convierte en una copia barata de nosotros mismos, en aquellos seres que no querríamos sentar a nuestra mesa, en hijos de un dios menor. No es temer el problema, sino acabar cediendo al chantaje, a la trampa, a la intimidación. En esos momentos, todos volvemos a ser niños de diez años en el patio de algún colegio de barrio deseando que el guay de turno nos dirija la palabra. Niños que acaban comiéndose el bocata en un solitario bordillo y quién sabe si entregando la paga al matón. Cediendo un recreo más.

Algo así está trascendiendo en los mentideros patrios, donde quizás solo haya niños jugando a interpretar un papel. Los miembros de la ejecutiva socialista abandonan el barco y eso debería llevar al capitán a decidir si se marcha también o se hunde con él. Por el momento, decide enfrentar el oleaje desde cubierta pero no sabemos de cuántas reservas dispone. Igualmente se desconoce si la tripulación de su lado se irá reduciendo aún más. Y para colmo de males reaparecen fantasmas del pasado para reprender su actitud; esos seres espectrales de cabellera blanca, alforjas repletas y veraneo de puro y yate. Muy socialista todo. El pasado dice sentirse engañado porque el actual líder del partido no haya regalado con su pasividad el gobierno al buque corsario de la Gürtel, de Bankia y Caja Madrid. Y así es cómo el surrealismo se apodera de la escena, como en un cuadro de Salvador Dalí. La lideresa andaluza no se queda atrás y ejerce desde su púlpito la arrogante labor de sentar cátedra. Sus acólitos le hacen la ola a ritmo de palmas y compás. Sin novedad.

Y mientras tanto, la presión se ejerce desde tantos frentes que resulta complicado saber por dónde vendrá la daga. Dimisiones, cintillos de crisis, mensajes velados y luego explícitos… toda clase de maniobras para forzar a alguien a tragar o a desaparecer. Extorsión. Nos lo enseñó House of Cards y, antes que ella, cualquier largometraje de pasilleo político: infundir miedo en el otro es el arma más poderosa para manejar sus acciones, para que los medios contribuyan a presionar en pos de la causa, para que resuciten las dudosas viejas glorias —huelga decir que la duda recae sobre la gloria y no sobre lo añoso— y echen una mano. Como dijo el genial Eduardo Galeano, el mundo está patas arriba y tenemos que luchar por ponerlo sobre sus pies. Curioso que la extorsión sea moneda habitual entre quienes se supone deben guiar nuestros destinos. Cuando suene el timbre, habrá que salir de nuevo al recreo bocata en mano y sentarnos a esperar que algún capitán nos escoja para su equipo. Cuando lo haga siempre podremos amenazarle para que deje ganar al rival; traeremos al abuelo millonetis para que lo convenza. Y si se niega, la cordura dicta que debe renunciar o resignarse al doloroso ostracismo de caminar por la tabla.

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