Desde hace casi dos siglos, las izquierdas conviven con desavenencias y dificultades para forjar alianzas duraderas que impulsen los procesos de transformación que proclaman. Las disputas entre ellas —cuando no el desprecio o el enfrentamiento— han sido constantes.
Es cierto que la división entre corrientes que se suponen hermanadas no es exclusiva de las izquierdas. Las religiones llevan siglos escindiéndose; los nacionalismos hablan en nombre de la unidad del pueblo, pero generan profundas divisiones en su seno; muchos movimientos revolucionarios nacen como liberadores y terminan purgándose internamente. Siempre que una identidad política, religiosa o civil se asume con privilegio moral y fuerte pretensión de verdad, la discrepancia deja de percibirse como diferencia legítima y pasa a tratarse como desviación.
Sin embargo, en el caso de las izquierdas es especialmente necesario reflexionar críticamente sobre este fenómeno por dos razones. Primero, porque la desunión ha sido una de las causas más persistentes de sus fracasos históricos y de su incapacidad para frenar procesos involutivos en derechos y libertades, como está ocurriendo en la actualidad. Segundo, porque en su caso confluyeron factores históricos específicos que reforzaron esa tendencia.
Señalo los que me parecen más importantes y, por tanto, los que con más urgencia convendría superar
La ilusión de la verdad científica
Buena parte de las izquierdas modernas nacieron bajo la influencia del marxismo, que se presentó como ciencia de la historia. No como una hipótesis discutible, sino como conocimiento objetivo de las leyes del desarrollo social. Es cierto que muchas corrientes renegaron posteriormente de esa pretensión, pero quedó una inercia cultural difícil de desactivar: vivir la ideología como si fuera una ciencia del devenir histórico.
Cuando eso ocurre, el desacuerdo deja de ser un debate estratégico y pasa a convertirse en error. Y el error, en política, se transforma con facilidad en falta moral que hay que expurgar.
Aunque ese rasgo no ha sido universal ni homogéneo en todas las izquierdas, dejó una huella general y profunda: la identificación entre discrepancia y desviación.
El error del pensamiento lineal
Las izquierdas -como una buena parte de las ciencias sociales- son también herederas del pensamiento lineal decimonónico. Durante décadas se asumió que la historia seguía una secuencia relativamente clara: una etapa conduce a la siguiente y el desenlace está inscrito en las condiciones previas.
Quien cuestiona la secuencia, aunque sea introduciendo matices, aparece entonces como obstáculo al desarrollo previsto, cuando no como enemigo. Si la historia avanza necesariamente hacia un horizonte determinado, quien cuestiona la secuencia —aunque sea introduciendo matices— aparece como obstáculo, cuando no como enemigo.
Sin embargo, la realidad social funciona como un sistema complejo, con múltiples variables en interacción constante. Los cambios son adaptativos y graduales, a veces contradictorios. Y los saltos bruscos no siempre producen mejoras netas, sino nuevas tensiones.
Resiliencia mal entendida
La biología ofrece una metáfora esclarecedora que puede ayudar a explicar la constante división y enfrentamiento en el seno de las izquierdas.
Cuando una población es sometida repetidamente a un entorno hostil —como ocurre con bacterias expuestas a antibióticos— sobreviven las variantes más resistentes. No porque sean moralmente superiores, sino porque el entorno selecciona ese rasgo.
Algo similar puede haber ocurrido en la historia de las izquierdas. Décadas de persecución, clandestinidad, dictaduras y purgas internas seleccionaron organizaciones altamente disciplinadas, cerradas y desconfiadas. La rigidez fue una estrategia de supervivencia.
Pero el rasgo que permite resistir bajo asedio no es necesariamente el que permite construir mayorías en sociedades abiertas.
Organización jerarquizada y cultura cesarista
Las izquierdas actuaron principalmente a través de partidos y sindicatos. Organizaciones que, como todas las estructuras complejas y especializadas, generan jerarquías y concentración de poder. Algo probablemente problemático cuando la centralización y la dirección se identifican con la ortodoxia.
La discrepancia interna deja entonces de ser un recurso, para pasar a ser sospecha y la cohesión se confunde con uniformidad.
Si a eso se suma una historia de represión brutal -desde dictaduras hasta purgas devastadoras dentro de la propia izquierda- el resultado es una cultura política protectora de fronteras: quien está fuera es adversario; quien discrepa dentro, potencial traidor.
Entender la complejidad, congraciarse con la diversidad
Con las prácticas que han predominado hasta ahora, las izquierdas difícilmente pueden convertirse en el vehículo eficaz de transformación que proclaman.
El mundo de hoy es radicalmente más complejo que hace un siglo. La nueva demografía, las economías digitalizadas, la crisis climática, la transformación del trabajo, las tensiones geopolíticas, y los cambios tecnológicos acelerados crean un espacio social en donde no valen las respuestas simplistas o lineales.
Y, aunque sigue existiendo un sujeto potencial de transformación, ya no es el de las clases bien definidas de los siglos XIX o XX. Está compuesto por una mayoría social muy amplia y extraordinariamente diversa: clases trabajadoras clásicas y nuevas, precariado, mujeres golpeadas por diferentes manifestaciones de desigualdad, jóvenes sin expectativas, clases medias o incluso propietarios de pequeño capital empobrecidos y territorios abandonados. No es un sujeto homogéneo ni ideológicamente puro. Lo une el malestar y la vulnerabilidad que produce el orden social actual, pero es defensivo y está atravesado por amplias contradicciones. La tarea política central no es “concienciarlo”, como antaño y como muchas izquierdas se empeñan en seguir haciendo, sino articularlo.
Los problemas de nuestro tiempo y la construcción política de ese nuevo sujeto requieren cooperación amplia y coalición, complicidad y unidad, y lo que hacen las izquierdas es competir entre sí y tratar de imponer unas a otras su oferta de mayor pureza ideológica.
Frente a ellas, mientras tanto, los movimientos autoritarios ofrecen relatos simples, identidades claras y decisiones rápidas. El trumpismo, la política de demolición institucional, la “economía de la motosierra” funcionan porque simplifican el conflicto y convierten la incertidumbre en enemigo identificable.
La incapacidad de las izquierdas para articular esa mayoría diversa es la grieta por la que está avanzando el neofascismo.
No se trata de construir frentes
La alternativa en la que se insiste, cuando se hace, es parcial e inadecuada: levantar frentes. Frentes amplios, frentes democráticos, frentes contra algo.
El concepto mismo de frente delimita perímetros, establece fronteras y líneas divisorias. Organiza en contra de alguien, cuando lo que hay que hacer es ensanchar el espacio común. Es una estrategia que lleva al fracaso en las sociedades plurales de nuestro tiempo, en donde la mayoría social no se reconoce plenamente en ningún bloque: en lugar de ampliar, estrecha el campo de las alianzas, como se está viendo cada vez que se intenta. No se trata de levantar frentes. Se trata de construir mayoría
Además, demasiadas veces se intenta construir unidad sin modificar las prácticas internas que generaron la desconfianza inicial: se suman siglas sin cambiar comportamientos ni culturas. Se pactan listas y se reparten cargos, sin revisar la naturaleza de los liderazgos ni los mecanismos de decisión.
Sin autocrítica visible y sin cambios reales en la forma de actuar, la unidad formal reproduce hacia dentro las mismas tensiones que pretendía superar.
Unidad ciudadana
En un entorno complejo, cambiante, lleno de interdependencias y que evoluciona de forma adaptativa, la estrategia coherente no es la pureza ni el frente permanente, sino la construcción de amplias mayorías ciudadanas.
No se puede tratar de conseguir la adhesión total a un programa cerrado, ni la uniformidad ideológica. Hay que buscar convergencias amplias en torno a principios de sentido común ampliamente compartidos: seguridad económica básica, servicios públicos eficaces, transición ecológica viable, innovación productiva inclusiva, instituciones democráticas estables.
Y hay que hacer visible todo ello en la experiencia real, no en las doctrinas.
Anticipar el futuro
Si se aspira a un modelo social distinto, hay que empezar a anticiparlo en experiencias concretas: políticas públicas que funcionen, instituciones eficaces, prácticas participativas reales. La comunidad que se necesita para cambiar el mundo de nuestro tiempo, dominado por la mayor concentración de poder económico, político y mediático de la historia, se construye sobre resultados tangibles, no sobre consignas.
En un mundo donde los desafíos son sistémicos, ninguna minoría ideológica puede transformar la realidad por sí sola.
La alternativa al autoritarismo simplificador no es la fragmentación compleja. Es la inteligencia colectiva organizada en torno a mayorías ciudadanas amplias que crean comunidad y nuevos tipos de relaciones y organización social.
Si las izquierdas (todas) quieren tener futuro y ofrecer una alternativa real al deterioro institucional y social necesitan revisar sus prácticas, abandonar la competencia permanente por la pureza y apostar por la construcción paciente de comunidad.
La historia no está escrita de antemano. Pero sí tiene prisa y no espera a quienes se quedan discutiendo entre sí. La biología nos lo ha enseñado. El organismo que no se adapta al entorno desaparece, por muy coherente que sea internamente. Y en política ocurre algo parecido: una cultura que no aprende, que no corrige, que no amplía su base social, termina aislándose y antes o después desaparece.



