Y el fuego no dejaba cenizas y la lluvia jamás cesaba, y ya te quería. Y el animal era sólo un dibujo y al Hombre ni se le esperaba, y ya te quería. Cuando todo era nada más silencio y el silencio era una migaja, yo ya te quería. Y todas estas sentencias, dibujadas por mis catorce desbocados años, mientras mi pelo se dejaba arreglar, antes de entrar en la escuela de baile de Angelita Gómez, por el viento de la calle Lealas. Desde mi barriada, mi cabello había sido presa del limón para domar mi flequillo y del agua de rosas en mis mejillas para calmar mi programada melancolía.
¡Dios! ¡Cuánto costaba sacarle una esperanza a la tarde! Y eso que lo había tenía todo desde la mañana. Mi madre esperando a mi padre con un beso caliente en la puerta y un plato de garbanzos dulces en la mesa, mi hermano feliz con sus palomos en su rincón del cielo y yo con mis cientos de pájaros volando en mi propio cuarto. Mi hermana siempre presente en los buenos ratos como cuando me hacía creer que era superman nada más con subirme a su regazo. Se podía decir que lo tenía todo para ser un niño alegre pero si no estabas TÚ en la sala de baile de La Porvera o sí estabas pero no sabía cómo llegar hasta a ti, ya no tenía nada.
Tú, la de la cara gitana y ojos fieros a pesar de tus doce años. Tú, la danzarina de Bayona que rescató mi nombre de entre los que nunca serán difuntos. Tú, la que nunca supo guiarme a sus almendros. Tú, la muchacha que no anunció su huida a Madrid. Te habría acompañado a tu fin del mundo.
Y el tiempo, como ahora, era una ilusión y las pérdidas de los nuestros ni aún dolían y ya te quería. Las palabras brotaban aún de lo más hondo del corazón y todavía nadie se había atrevido a parir la mentira y ya te quería, yo ya te quería.
A ti, la de la risa breve. A ti, la del otro pero que jamás llegó a abrazarte. A ti que te fuiste diluyendo de mi alma como en el café se rinde un terrón de azúcar.
Lo cierto es que nunca supe cómo acercarme a vosotras, A TI, entre tanto amor de rotulador de punta fina, tanta seguiriya convenciéndome para entregarme a la desolación, tanto orden pactado entre mi cabeza y mis tripas. Os pido perdón, a cada una de vosotras, por haberos robado una pequeña verdad, la mía, cuando todo estaba por hacer. Porque lo más triste de todo es que yo ya te quería.
