El universo de abastos

En la calle Levante, durante estas tardes ochenteras, sopla constante el poniente, obligando al de los caramelos a refugiarse en su cuarto de dos metros por dos

La antigua calle Levante de Jerez.
09 de abril de 2026 a las 10:44h

 

La calle Levante huele a alpiste tostado por la tienda de animales enclavada en el ombligo del callejón. Los canarios enjaulados trinan canciones tristes como Sabina en sus años perros. Los ojos de los pájaros son cabezas de alfileres negros como los de esas mujeres que guardan luto dándole la vuelta a sus televisores. Los gatos, los que el dueño tiene encerrados en vitrinas de cristal, nacen con sólo una vida. Ni maúllan porque saben que los humanos ya no quieren escuchar. Éstos se contentan ahora con el ruido hipnótico de las escaleras mecánicas, esas nuevas que atraen a la plebe a Simago, y el milagro artificial de los escaparates. Coca Cola. La Chispa de la vida.

Son los ochenta y sucedía idéntico a lo que hoy a mí me ocurre. Hoy que te confesaré que no puedo ni sé cómo olvidarte. Que te echo de menos. Que todas esas rutinas absolutas que compartíamos hace unos meses son ahora planetas huecos girando alrededor de mis días. Planetas que llamamos deseo, salud, arte y que ahora son cuerpos grises vacíos manteniéndose atados, a duras penas, a una órbita que acabará diluyéndose frente a mí.

En la calle Levante, durante estas tardes ochenteras, sopla constante el poniente, obligando al de los caramelos a refugiarse en su cuarto de dos metros por dos. Un ataúd vertical con aroma a garrapiñada. Ya no porque tengo catorce años pero mi madre me decía que en la barca mecánica impulsada por duros vivía una serpiente. Mi madre, que a Dios tiene en su gloria, no sabía que yo era Hércules y que mis ganas hubieran podido acabar con serpientes y tarántulas e incluso calmar la grave mirada del custodio del artefacto. Se monta quien paga.

El viento y la ley de la gravedad nos lleva, a mi madre y a mí, a la explanada de la plaza de abastos. Nuevamente, ruido y colores. La muchedumbre, silenciosa y oscura, es adicta a lo que nunca llegará a ser. Patos de hirientes colores, metidos en barreños de plástico, expuestos al capricho. Un pato, veinte duros. Una vida cuesta menos que un helado. La prostituta de La Vega, pantalón de trueno rojo y carmín dorado, se alquila por unos pocos duros y un poco de cariño. Es saber que sirvo para darle de comer, al menos, a los míos. Y la miro y observo en su mirar que está conquistada por el mismo terror que invade a los gatos de la calle Levante y los patos de Abastos. Todo es efímero. Todo pasa.

Gracias a Dios me observo en los sucios escaparates de Esteve. Pantalón oscuro, de algodón, secuestrado por los bajos de una camisa de pana azul. El chaleco es el de siempre, el de las fotos. Chaleco de punto rojo. Mis ojos libres, libres del terror universal. Será porque sabe que hoy, rozando ya mis cincuenta años, no tendré miedo a decirte que te echo de menos. Que sabiendo que te he perdido, jamás me negaré decirte que te quiero.