Contaré una sencilla historia que ha ido sucediéndose durante cientos y cientos de años pero que voy a intentar reducirla y ubicarla a una calle cualquiera y a unos pocos minutos de existencia.
1942. La calle, por la que pasea la flor y nata de la ciudad, a esta hora sin sombras del mediodía es una tinaja llena de avispas y mariposas con olor a vino amontillado. Los cargaores, escogidos por su honestidad y el don del mutismo, se llenan los innumerables bolsillos de sus típicas e infinitas gabardinas mientras descargan las mercancías de sus señores. Éstos, hipnotizados por el betún en sus estrenados zapatos de charol y el dulzor del brandy, miran de reojo para otro lado. Estos pobres cargadores se me presentan jilgueros carroñeros escondiendo sobras para sus desventuradas crías. Tengo veinte años. No sé leer ni escribir crotora la desnutrida cigüeña jerezana en la oscuridad de un cuartichín. La República es un espejo que rompieron en mil pedazos.
1957. Los ojos que guardan celosamente los casinos se asoman con descaro a la arteria donde circulan los últimos modelos de personas. Grises de piel, gastados por el aguardiente barato y el tabaco de hebra, apenas levantan la cara del suelo. Sobreviven dando las gracias por todo. Lo que usté mande. Dóciles por ley. Bestias con lo que tienen más cerca. Hombres de carga. Las mujeres, por su parte, se convierten en invisibles por arte de magia negra. El humo del puro habano se saborea. No se inhala. El aliento del desgraciado duele a remolacha y algodón quemado. A sol podrido. El gallo azul es capaz de sacarle los ojos a los tristes por sus pollos.
1975. Descanse en paz proclama el padre sin hijos. Hay banderas a media asta en los salones de la brisca, donde se siguen apostando fincas enteras. Para conservar hidalguía de señorito, en esta calle Larga y durante estos años, ya no es necesario ni parecerlo. Basta cambiar el oloroso por el whisky y el modisto de la familia por el Corte Inglés.
Caballo, vino y flamenco se escribe con mayúsculas en las guías de viaje hacia ninguna parte. Yo pondría mula de carga, espirriaque y juerga. Las naranjas de la calle, iluminadas por estrenados letreros de neón, gritan Libertad. Son las mismas que están condenadas de por vida a estar agarradas, por dogma y religión, a la rama amarga.
2008. Se va la luz. Las farolas de la calle, en horas decentes de la noche, son lechuzas ciegas de piedra que sólo saben tropezar con vidas perdidas. Las personas con las que se estampan desprenden aroma a salchicha cocida y a tristeza. Mi abuela, analfabeta por ley marcial, firmaba con una X. Los nuevos ricos de ahora saben, de buena mano, que no tienen que hacerlo. El dibujo de sus nombres mejor guardarlos con los billetes de quinientos, a la espera de tiempos mejores, cuando los buitres sean los preferidos animales de compañía. Desgraciado, te quitaré hasta los castillos que hayas construido en el aire se intuye entre los dientes de los señores.
2026. La calle, por la que paseaba la fortuna y desdicha de la ciudad, a esta hora llena de sombras sin porvenir es una tinaja llena de moscas con olor a café descafeinado. Los camareros, escogidos por su apego a la rendición, se ceban con sus semejantes. Estos eternos clientes, hipnotizados por sus móviles de segunda mano, miran de reojo el caminar agotado de los peatones. Estos últimos se me presentan jilgueros carroñeros buscando sobras para sus desventuradas vidas. Por otro lado, la gallina jerezana fuera de su jaula de oro. A que no aparento tener cuarenta años. Nuestra libertad es un espejo que rompieron en mil pedazos.
