Las lágrimas de Narciso, de Guillermo Pérez Villalta
Las lágrimas de Narciso, de Guillermo Pérez Villalta

Es un tiempo pasado. O tal vez no. Cuando Monje Severo Santo se colocó en el Ayuntamiento, en la década de los setenta del siglo pasado, rondaba la treintena. Su padre, capataz de una bodega, habló con el señorito, con el cacique, que así se decía, para que lo colocara. El empresario, que gozaba de un poder casi hereditario, valiéndose de su influencia y del mutuo interés y lealtad con que se relacionaba con el alcalde, consiguió que éste lo colocara de administrativo, saltándose los protocolos legales de una ya incipiente democracia.

La intervención del señorito y la decisión del alcalde le hicieron sentirse como un privilegiado, como un ser especial. En su imaginación, se veía ascendiendo socialmente como un globo que se hincha y se expande, con riesgo de destrucción.

Fue engordando sin prisa, pero sin pausa hasta adquirir un rasgo mofletudo que ya no desaparecería de su rostro. Como no era muy alto, caminaba siempre con el cuello estirado como un pavo real, como queriendo que la coronilla rozara el cielo. El pelo engominado se deslizaba en bucles por su cuello.  El pecho insuflado y turgente. Los brazos a lo John Wayne cayéndole por los costados.

Deseaba ser el primero, el único. Se sentía “más” que los demás, un ser semidivino; para no ser vulgar, para diferenciarse de los demás, a modo aristocrático, en la firma de sus documentos, intercaló dos preposiciones entre sus apellidos, de manera que pasó a llamarse Monje de Severo y Santo. Trataba de sobresalir, distinguirse, descollar; de ser el perejil de todas las salsas.

Frecuentaba todos los actos culturales de la ciudad y se arrimaba cada vez que podía a los concejales. Era tan engreído que consideraba que el concejal de su área le debía muchos favores. Incluso que podía sustituirlo cuando fuera necesario, por ejemplo, en caso de enfermedad. Con sus amistades se refería a “mi abogado” cuando se trataba del letrado propio del Ayuntamiento. Trataba de buscar el figureo, el protagonismo, a toda costa: adulando a los jefes o tapando sus errores o injusticias para trepar; entonces, le decían: “¡Has estado brillante, llevas el triunfo marcado en la frente!”; copiaba palabras y expresiones de las personas destacadas; monopolizaba los temas en las conversaciones; usaba los nombres de las autoridades y los ricos de la ciudad, a los que afirmaba tratar con frecuencia, para darse “caché”; si gobernaba la derecha él había sido falangista y ahora era demócrata cristiano, si gobernaba la izquierda era sindicalista y socialista; entre los grandes, encontraba un agradable regusto en criticar los defectos de la masa. Se enfurecía cuando no tenía más remedio que relacionarse con un “pringao”, aunque fuera un compañero. Entonces, ponía los ojos en blanco, levantaba ligeramente el labio superior y se expresaba con un tono de voz sarcástico, haciendo como si esa persona no existiese. Porque pensaba que el éxito, la gloria, son muy chicos para albergarnos a todos, y que cuantos más se acercasen a la fama, a menos nos ha de tocar a cada uno.

Su voz era segura e imperativa; su lenguaje pedante y vanidoso. Cambiaba su modo de hablar: “Pichi, Pichi”. Se volvía finolis y engolado cuando necesitaba presumir. La voz le salía artificial de la garganta, con una resonancia gutural impostada, no natural. Se afanaba en no ser sencillo. Utilizaba cultismos que, a veces, no tenía ni puñetera idea de lo que significaban, e incluso, términos en inglés mal pronunciados. Muchas veces soltaba una perorata que no decía nada. En sus conversaciones ni siquiera miraba a su interlocutor, le hablaba para que no se enterara de nada. Utilizaba un lenguaje oscuro; y si le preguntaban volvía a repetirlo exactamente igual. Acaso porque no tenía las ideas claras de lo que quería decir. Se sentía cómodo comprobando que no le entendían. Por último, para redondear su cursilería, rizaba el rizo citando a don Quijote en el consejo que le dio a Sancho para el gobierno de su ínsula: “Habla con reposo, pero no de manera que parezca que te escuchas a ti mismo, que toda afectación es mala”.                                               ________

Hasta aquí la breve historia y algunos rasgos de este personaje ficticio, en la que se insinúan algunos rasgos del delirio de omnipotencia que se manifiesta de tres formas: la soberbia, el orgullo y la vanidad.

La soberbia consiste en estimarse muy por encima de lo que uno vale, en concederse más méritos de los que uno tiene. El soberbio menciona y resalta de forma constante sus logros. Se da en alguien que tiene una cierta superioridad en alguna faceta de la vida, por ejemplo, en la cara dura. Es una actitud que consiste en adorarse a sí mismo y sus notas habituales son la prepotencia, la presunción y la jactancia. El soberbio no necesita del halago de los demás, valorándose a sí mismo de forma clara y rotunda, despreciando a los demás con un tono despectivo. La inteligencia narcisista hace un juicio deformado de sí mismo en positivo, haciéndole sentirse el centro de todo. Es frío en el trato tendiendo a humillar a los otros. A veces, es tan mordaz e insolente que provoca el rechazo frontal de su interlocutor.

Acaso merezca la pena recordar las dos primeras acepciones de “soberbia” en el Diccionario de la RAE: 1. Altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros. 2. Satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás. Sin embargo, este término admite también una connotación positiva que permite calificar a un acto de ¡soberbio, genial, óptimo, de bella factura! Es lícito que un individuo tenga una buena opinión de sí mismo, pero sin traspasar el límite entre la autoestima y la soberbia.

El soberbio a veces tiene momentos de orgullo y otras veces de vanidad. El orgullo es más emocional. Es una alta opinión de uno mismo mediante la cual la persona se presenta con una superioridad y un aire de cierta grandeza. Puede ser lícito y hasta respetable. El orgullo de ser un buen profesional, un buen padre, un excelente poeta... Todo esto está dentro de unos límites normales. Puede encuadrarse en el reconocimiento a una labor bien hecha.

El diccionario de la Rae hace una distinción interesante entre las distintas acepciones. La primera y la tercera lo definen: “Sentimiento de satisfacción por los logros, capacidades o méritos propios o por algo en lo que una persona se siente concernida. Amor propio, autoestima. Y la segunda afirma: Arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que suele conllevar sentimiento de superioridad. En esta diferencia de sentido está la ruptura entre un orgullo positivo, necesario, y un orgullo impregnado de soberbia. Como veremos más adelante, el primer sentido es absolutamente imprescindible para no decaer en la mediocridad o el aburrimiento.

En la vanidad la estimación procede de fuera y crece con el elogio, la adulación, el halago, la coba, que valora alguna faceta externa de la conducta. El vanidoso busca que lo aplaudan, lo consideren, lo admiren, lo estimen, lo aprueben, lo reconozcan, lo alaben, lo honren, para verificar que el mundo responde a su presencia. Cuando le expresan cariño recupera la confianza. Proviene de una inseguridad interior y se asienta en la capacidad de leer e interpretar las emociones de los demás. También en las estrategias de seducción.

El vanidoso es fácil de dominar, basta con halagarlo o dejarlo hablar mientras él mismo se engrandece. No soporta la incertidumbre ni la soledad; se hunde en la dependencia.

Hoy día vivimos en la cultura del “yoísmo” (YO, ME. MÍ, CONMIGO), el egocentrismo, el culto al cuerpo y la imagen, la necesidad de poseer cosas, de tener una mejor vivienda, un mejor coche, una mejor ropa. La llegada de las nuevas tecnologías tiene mucho que ver. Vivimos en un mundo donde solo importa cuántos seguidores tienes en Facebook, cuántos likes recibes cada día…

El soberbio se manifiesta con unas características propias: Muestra de sí mismo lo que considera valioso, exagera sus cualidades, pone toda su seguridad en ellas; tiene envidia o se cree envidiado, y tiene una fantasía de éxito ilimitado; piensa que no necesita a nadie, que puede hacer su vida solo; suele poseer una personalidad encantadora en el inicio de cualquier relación; irradia carisma y simpatía; sin embargo, la falta de empatía es otro de sus rasgos; solo están pendientes de ellos mismos y rara vez se preguntan cómo se puede sentir la otra persona; acaparan las conversaciones; no admiten otros puntos de vista y les cuesta respetar las opiniones de los demás, llegando incluso al insulto; no tolera a las otras personas que no sean como él; no admite sus propios errores y tiene dificultades para aceptar las críticas sobre su comportamiento; en el trabajo a veces hay miedo a hablar con esa persona, los compañeros huyen de su contacto porque no soportan la impostura, la falsedad, el engaño, la hipocresía; una relación de calidad es casi imposible porque va buscando sumisión, acatamiento y pleitesía por la otra parte; pero, ¡ojo, atención!, la soberbia puede proceder en muchas ocasiones de un sentimiento de inferioridad no superado. Y, en todo caso, es útil recordar aquel dicho que afirma: “Presumir de hidalguía con la bolsa vacía es pura tontería”.

El soberbio intenta fulminar de distintas formas con sus desprecios: considerando inferior a los otros lo que implica una valoración que raya en la falta de respeto o en la indiferencia; utiliza expresiones estúpidas, sin sentido, para acabar con la autoestima del otro; el soberbio presenta aires de suficiencia y menosprecio hacia  otras razas, o también con generalizaciones del tipo “todos los gallegos son incultos, todos los andaluces son vagos…”; o como la soberbia colectiva de Occidente, de los políticos y de los ciudadanos, ante la muerte masiva de los inmigrantes en el Mediterráneo; a veces, dicen una imbecilidad, o muchas, para no aceptar en política los resultados de unas elecciones democráticas limpias; se expresa con estereotipos y prejuicios; quienes desprecian tienen un perfil rígido, emocionalmente inmaduro; son personas que han desarrollado una baja tolerancia a la frustración, y suelen caer fácilmente en la ira.

En las vigas del techo de su Torre tenía Montaigne (1533-1592) escritas consignas que le inspiraban para vivir. Una de ellas era de Plinio el Viejo, que falleció en el año 79 después de Cristo y dice: “Nada es a la vez más miserable y a la vez más orgulloso que el hombre”. O también otra del comediógrafo griego Menandro (342-291 a.C.) que afirma: “Eso de lo que estás tan orgulloso, la imagen que tienes de ti mismo, eso es lo que te perderá”.

En la misma línea crítica se manifiesta Francisco de Quevedo, en su “Virtud militante” cuando asevera: “Ruin arquitecto es la soberbia; los cimientos pone en lo alto y las tejas en los cimientos”.

Así pues, estos dos últimos párrafos muestran la dimensión negativa del orgullo cuando se extralimita, cuando supera los límites de la realidad. Ahora bien, como se ha indicado en las definiciones de la RAE hay una dimensión positiva del orgullo cuando se refiere al amor propio, a la autoestima, al aprecio que se tiene uno mismo, a la confianza.  Porque la soberbia no se puede solucionar con una transformación de la personalidad, sino estableciendo un criterio para fortalecer y, a la vez, delimitar el propio carácter.

En esta línea positiva se manifiesta Miguel de Unamuno, en “Sobre la soberbia”, cuando hace una reflexión sobre la falsa espiritualidad, sobre la falsa humildad, y afirma: “… cuando su soberbia pasa de contemplativa a activa, entonces pierde su ponzoña, y hasta puede llegar a ser, y de hecho llega a ser muchas veces, una verdadera virtud, y virtud en el sentido más primitivo, en el etimológico de la palabra virtus, valor. Soberbia cuyos fundamentos se ponen al toque de ensayo y comprobación de los demás, deja de ser algo malo. La soberbia contemplativa es la que envenena el alma y la paraliza. La activa, no…”.

Por último, dos a modo de aforismos, entresacados del “Juan de Mairena” del maestro Antonio Machado: “Por mucho que un hombre valga, nunca tendrá valor más alto que el de ser hombre”. O también: “Nunca perdáis contacto con el suelo; porque solo así tendréis una idea aproximada de vuestra estatura”.

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Comentarios (2)

Chema Hace 2 meses
Sr. Tello es usted un maestro de la vida, gracias por sus artículos
Francisco Hace 2 meses
Muy interesante y muy bien narrado.
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