El perro que espera: en memoria de Ronald Bulss

Todo ya ha pasado, los que mataron a Ronald hace seis meses que están en la calle, disfrutando del calor del sol mallorquín y del olor a sal

18 de enero de 2026 a las 17:16h
Ronald Bulss, el alemán fallecido en Palma.
Ronald Bulss, el alemán fallecido en Palma.

Se llamaba Ronald Bulss, y tenía 59 años. Trabajaba en una empresa de marketing digital en Palma de Mallorca, aunque nació en Alemania. Vivió muchos años en Hamburgo, donde desarrolló buena parte de su actividad profesional, hasta que un día decidió meter toda su vida en una maleta y vino a vivir a España. Quizá lo hizo porque vio que era un buen lugar para hacer negocios, o puede que por el clima, la gente y un poco por esa noción de paraíso terrenal que tiene para el resto de Europa esta tierra que los viajeros franceses y americanos convirtieron en el siglo XIX en la tierra de Carmen y Escamillo.

Pero, en definitiva, buscaba lo que buscamos todos no solo con cada viaje, sino con cada movimiento, con cada decisión que tomamos en el día a día, por pequeña que sea: ser un poco más feliz que antes. Y parece que no se equivocó; no en vano pasó en la isla de Mallorca más de diez años de su vida. Y, de no ser por lo que pasó, quizá habría pasado muchos más.

Ronald no tenía esposa ni hijos, al parecer. Sin embargo, como la soledad, por buscada que sea, puede ser fastidiosa y no se termina de llenar ni con el trabajo ni con amigos, buscó un remedio. O, mejor dicho, un compañero de vida. Así, después de una jornada laboral extenuante, Ronald volvía a casa y ya no se encontraba con ella, la soledad, esperándole; sino que ahora lo hacía, fiel y feliz, un precioso perro. Con él, imagino, daba paseos por la playa, paseos relajantes que le hacían reafirmarse y decir —estoy seguro—: el mundo está bien hecho. 

El día que todo cambió

Y todo iba bien hasta que un día, tan aciago como insospechado, aquello se acabó. Fue el 30 de noviembre de 2024. Todo apuntaba a que iba a ser un gran día: por la noche se celebraba la cena de Navidad de la empresa. Quizá avistara el compromiso con algo de pereza al inicio o puede que con ilusión; al cabo, aquellas cenas suelen recordarse en la oficina gracias a alguna anécdota divertida o algún momento especial que las resume y las salva del olvido.

Después de arreglarse para la ocasión, Ronald se encaminó hacia el restaurante donde habían hecho la reserva. Y la cena se produjo con normalidad, como estaba previsto. Hasta ese momento la vida no dio ninguna sorpresa, y todo debió de ser como en las buenas cenas de empresa: chascarrillos, risas… También alguna conversación seria: algún proyecto entre manos, comentarios sobre algún cliente pesado o impertinente… Y todo mientras el alcohol corría y corría, sin medida, sin preocupaciones. Como corría la velada, la vida. Si la cena se le presentó con pereza al principio, el prejuicio quedó sin duda deshecho: eran las tres de la mañana cuando Ronald se despidió de todos.

Al mismo tiempo, mientras esto sucedía en un restaurante, no demasiado lejos, en una calle cercana, cuatro sombras recorrían la noche mallorquina. Cuatro figuras que, sin que estas mismas lo supieran, se estaban acercando, poco a poco, a Ronald. Eran dos amigos de 16 y 17 años, y dos chicas, que, sumisas, les seguían. Iban dando vueltas, sin ningún destino fijo. Los dos chicos pertenecían a ese tipo de gente que vaga por el mundo como una bala perdida: sin rumbo pero presta a impactar contra algo. Y aquella noche ese algo fue Ronald.

Todo comenzó con una frase que uno de ellos dijo en voz alta para impresionar a las dos chicas. Las últimas palabras que Ronald escuchó antes de entrar en el sueño más profundo de todos: “¿Alguna vez habéis visto un KO?”. Y el alemán acabó en el suelo tras recibir un golpe que le hizo chocar contra una barandilla. No contentos con eso, las dos alimañas decidieron rematarlo en el suelo con patadas en la cabeza. Estaba ya la víctima bañada en sangre, cuando, por si no se podía llegar más lejos, los verdugos se agacharon para birlarle el móvil y la cartera. Después se marcharon, imagino que corriendo como cobardes, dejando a Ronald allí, tirado en el suelo, solo, inconsciente, abandonado en una calle fría y desangelada. Lo estoy viendo ahora mismo, igual que veo a su perro, esperándolo: a ratos tumbado, a ratos dando vueltas por el silencio de la casa, impaciente. Y Ronald, cubierto de sangre. 

No murió entonces: esa noche alguien lo vio, llamó a una ambulancia y lo llevaron de inmediato a un hospital. Ingresó en estado vegetativo. Y así permaneció algo más de un año, hasta que el pasado 3 de enero murió. 

Una enorme sinrazón

Y pienso en lo preciso que fue Shakespeare cuando, en Macbeth, dijo que la vida es un cuento de ruido y furia contado por un idiota. Hemos construido un mundo de certezas, eso que llamamos civilización, y todo es relativamente seguro, programado. La vida como un plan quinquenal de la URSS. Y todos tan contentos, con sus imperfecciones y sus tropiezos y sus cosas, claro. Pero todo con un sentido, incluso en los momentos de desajuste. Pero aquí, en este caso, en lo que le pasó a Ronald: ¿cuál es el sentido de este final tan indigno, tan injusto, tan aleatorio? Es tan enorme la sinrazón, la gratuidad de todo… Borrar a alguien del mundo, del tiempo, de la vida, simplemente porque te apetece.

Simplemente porque, por un momento, brilló una idea maligna y zas: se acabó todo. Tu empresa, tus planes y tu futuro. Todo cortado de cuajo. Para siempre. Unos padres sin su hijo. Un hermano que ya no tendrá con quien recordar momentos de su infancia entre miradas cómplices. Se acabó. Y todo por un reto autoimpuesto, absurdo. Tecleo y tecleo estas palabras tratando de buscar algún sentido a todo esto, y no logro entenderlo. Y no logro comprender que, potencialmente, el Horror esté en manos de cualquiera, en cualquier lugar, en cualquier momento. No es una decisión complejísima de unos políticos que deciden invadir un país por intereses geopolíticos. No es necesario; es algo mucho más simple, más cotidiano. Es alguien, un don nadie, que sale a la calle y que, por una pura contingencia, igual que podría haber decidido fumarse un cigarro, pone fin a la vida de un hombre inocente.

Y algo casi peor: como son menores —16 y 17 años cuando pasaron los hechos, recordemos— toda la sociedad ha de apiadarse de ellos y entregar todos nuestros impuestos y nuestros mejores deseos y valores con una sola intención: que, en un futuro, no vuelvan a matar a nadie. Porque todo es disculpable cuando se es menor de edad. Uno es menor con 3 años y con 17. Tenían 17 años y claro, estaban locos: cosas de la edad.

Cosas que pueden resolver unos psicólogos con fular al cuello y un fraseo calmado, complaciente, comprensivo. ¿Y sabéis qué es incluso peor? Que todo esto ya ha pasado, que los que mataron a Ronald hace ya la friolera de seis meses que están en la calle, disfrutando del calor del sol mallorquín y del olor a sal. Disfrutando de la libertad y de la vida. Mientras el muerto se pudre en un nicho. Mientras unos familiares sienten una tristeza indescriptible a miles de kilómetros de distancia. Mientras un perro percibe que hay algo que ya no es como antes. Que hay algo que falla.

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