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Cargar contra el que viene a visitar nuestras ciudades es morder la mano que nos alimenta.

A estas alturas de la vida uno ya no se sorprende de nada o de casi nada, a fuerza de giros dramáticos e inesperados que hubiese firmado el mismísimo Shakespeare en alguna de sus obras inmortales. Un motivo para la sorpresa ha sido el cirio montado por el grupo político-social Arran en diversos altercados provocados en Palma de Mallorca, y en protesta por la masificación del turismo. 

Vaya por delante que comparto el fondo de la cuestión, ya que en muchas ciudades nos hemos entregado a una orgía de “odas y parabienes al turista” que en muchas ocasiones repercute en el día a día del ciudadano de a pie, con incomodidades que lo hacen sentir forastero en su propia ciudad. Recurrente es la imagen de Venecia, con su Gran Canal cortado por embarcaciones locales que protestan desde hace décadas por un turismo crucerista (fundamentalmente) que está saturando una de las ciudades más bellas del planeta, al punto que la vida en la ciudad de los canales, es complicada al haber muchos más turistas que habitantes.

La voracidad del turismo y de las empresas que lo alientan corre el riesgo de llevarse ciudades importantes por delante, como la propia Palma, Barcelona, San Sebastián… y Andalucía no está exenta del peligro, ni mucho menos. Es evidente que se hace necesaria una regulación y un “basta ya” al mercadeo de determinados operadores turistas que usan y abusan de las infraestructuras sin que nadie les tosa desde las administraciones. La venta indiscriminada de ciudades al turismo de baja estofa, al de fiesta, drogas y alcohol, está acabando con enclaves turísticos de primer orden en nuestro país y se está convirtiendo en un problema grave para muchas zonas, sobre todo del levante español.

Pero en el momento que se carga contra el propio turista, que es precisamente el eslabón débil de la cadena, se pierde la razón. El turista visita las ciudades (de manera general, salvo ese de baja estofa) por motivos pacíficos, culturales, y apoyado en el deseo de conocer algo distinto a lo que está acostumbrado a ver allá en Alemania, Gran Bretaña, o Francia. Ellos no son los culpables de esta situación, son simples pagadores de un servicio que, no lo olvidemos, sirve también de sustento para la economía de muchas ciudades que sin el turismo, caerían en la decadencia al carecer de industria u otras formas de inversión externa. 

Líenla parda en las centrales de los touroperadores, o frente el Ministerio si hace falta… pero cargar contra el que viene a visitar nuestras ciudades es morder la mano que nos alimenta, y determinadas actuaciones pseudofascizoides, propia de los extremos (de uno o de otro lado), solo consiguen que el que protesta por un noble motivo pierda la razón… y al resto se nos erice el vello recordando otros tiempos. 

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