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Gente que vive en los bares, que ama la música, la literatura y su cultura, y que a su vez no rechaza a los que vienen de fuera. El ideal de una ciudad.

“Al ser irlandés, tenía un sentido pertinaz de la tragedia, lo que le sostuvo durante los breves períodos de alegría” -W. B. Yeats.

Desde siempre he tenido muchas ganas de conocer Irlanda, pero por una cosa o por otra nunca la incluía entre mis planes de viaje, y por fin he podido hacerlo. Eclipsada en muchas ocasiones por la flamante historia y el brillo de su hermana Inglaterra, es un país cálido (metafóricamente hablando, por supuesto), acogedor y de gentes amables y solícitas.

Sólo estuve en Dublín, su capital, y pocos días, pero creo que me dio tiempo a formarme una idea bastante acertada de su carácter, su cultura y su gente. Dublín es una ciudad relativamente pequeña, en la que quedan vestigios de su pasado industrial y pobre, sobre todo en la zona noroeste, donde las casas cercanas al muelle parecen trasladarte a los años 30, a las familias numerosas y a la inmigración.

Cuando tenía unos trece años leí uno de los libros que más me marcaron en mi infancia/adolescencia: Las cenizas de Ángela, de Frank Mc Court. Al tenerlo tan presente siempre en mi cabeza, mientras paseaba por el Dublín menos reformado, me parecía estar dentro de la historia de la novela. Si hay algo que me apasiona cuando viajo es reconocer lugares sobre los que he leído e imaginarme allí sus historias.

Pero hay también otro Dublín: el Dublín moderno, cultural, alternativo, pero orgulloso de su cultura y sus raíces, el Dublín de los pubs clásicos pero también el de los sitios más modernizados en los que te sirven cervezas artesanales (ahora que están tan de moda), y el Dublín literario (no en vano es ciudad literaria declarada por la Unesco), en el que las librerías tienen carteles de “se busca empleado, inglés fluido imprescindible” (les reto a encontrar una librería en España que necesite trabajadores) en los escaparates y en el que una de sus principales atracciones es el Trinity College y su impresionante biblioteca antigua.

Y el que más me gustó: el Dublín musical. Paseábamos el sábado por la noche por la famosa zona de Temple Bar, cuyos pubs estaban atestados entonces de dublineses que habían terminado su jornada laboral a las cinco y que ya a las nueve de la noche estaban alegres y danzarines. Habíamos aterrizado hacía sólo unas horas y nos apetecía algo más tranquilo, así que callejeamos un poco y encontramos uno de esos pubs en los que se mezclan nativos, extranjeros que residen allí y turistas a partes iguales, y en los que se respira una atmósfera de amabilidad en cuanto abres la puerta. Tocaba en su pequeño escenario, en la esquina, un dublinés rubio con rastas que mezclaba clásicos irlandeses con versiones acústicas de canciones de los Rolling Stones, de Dylan o de Simon & Garfunkel y que además hablaba un perfecto español.

Creo que esa es la esencia de Dublín, y me imagino que de Irlanda entera: un país tradicionalmente de gente abierta y amable, precisamente porque siempre ha tenido que inmigrar y porque sabe lo que es encontrarse solo en un país extraño. Un ejemplo: cuando viajo siempre me gusta observar a los de las mesas que me rodean en los bares; creo que es el modo más fiel de conocer a la gente de un país. Y en Dublín abundaban las mesas en las que se mezclaban irlandeses con españoles, italianos o franceses. Y eso es lo que vi: gente que vive en los bares, que ama la música, la literatura y su cultura, y que a su vez no rechaza a los que vienen de fuera. Qué quieren que les diga, me parece el ideal de una ciudad.

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