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Seguro que no soy la única que se siente confusa, enfadada y harta, pero esos sentimientos se acentúan si alguien ha pasado la mayor parte de su vida Cataluña.

Estamos asistiendo en estos últimos tiempos a un fenómeno bien curioso. Palabras que deberían tener un significado claro, se manosean por unos y por otros, se prostituyen, se corrompen, se pervierten, se lanzan al contrario como dardos envenenados: Democracia, Libertad, Fascismo… ¡Cuanta palabrería, Dios mío! Y nosotros, los sufridos ciudadanos asistimos a este circo, en el que también intervienen los medios de comunicación, añadiendo más leña al fuego. 

Dudo de que yo pueda aportar algo al debate que estos días nos tiene completamente centrados en “El tema”, el único tema que ahora preocupa a este país. Mientras, siguen ocurriendo las mismas cosas que hasta hace poco eran noticia en los telediarios y en las portadas de los periódicos. Pero claro, ahora toca esto: el referéndum catalán. A medida que se acerca el “gran” día, mi inquietud y estupefacción van en aumento. Ahora ya no vemos sólo esteladas independentistas en la televisión. Los balcones de mi barrio empiezan a adornarse con la bandera española. Y yo, que no me siento especialmente patriota de ningún sitio, no puedo más que sorprenderme y asustarme ante tanto fervor “patriotero”. Y me tengo que tragar la vergüenza ajena que me produce ese “A por ellos” de unos pocos paisanos, que viven las reivindicaciones catalanas como si les arrebataran algo, como una afrenta personal. La emocionalidad es lo que prima en todo esto y no el uso del pensamiento y la palabra.   

Seguro que no soy la única que se siente confusa, enfadada y harta, pero esos sentimientos se acentúan si, como es mi caso, alguien ha pasado la mayor parte de su vida Cataluña. Como tantos miles de andaluces, emigré en la década de los sesenta del siglo pasado y he crecido en esa tierra, no sólo físicamente, sino en todos los sentidos. El proceso migratorio me facilitó muchas posibilidades de aprendizaje, de estudios, de conocimiento y relación con otra cultura, de conciencia política y social; en definitiva, de desarrollo personal. Después de 40 años he vuelto al Sur, pero allí han quedado mis hijos, he dejado excelentes amigos, y también los recuerdos de toda una vida. Se comprende que, ante lo que está pasando, me sienta interpelada, aunque también incapaz de emitir un juicio claro sobre esta gran crisis que está afectando a Cataluña, pero también al resto de España. 

Como yo, muchos de mis amigos catalanes no dan crédito a lo que allí está ocurriendo y tratan de seguir su vida, aunque con la tristeza y la extrañeza haciendo mella en el ánimo. Claro, que hablo de personas que han sobrepasado el medio siglo; gente que sufrió el franquismo y estuvo, militando o por libre, luchando para conseguir un régimen de libertades.  Son esos a los que llaman “mayoría silenciosa” ¿Se trata de personas sin opinión ni criterio alguno, dispuestas a pasar por el aro de lo que decidan unos u otros?  De ninguna manera. Y para muestra, un botón:   

La semana pasada decidí llamar a algunas de mis amigas más queridas. Necesitaba compartir con ellas mi pesadumbre y escucharlas, saber cómo están viviendo todo este barullo. Hablo con Marta, una Trabajadora Social de Barcelona, con la que trabajé varios años en la Universidad. Hija de payeses de las “Terres del Ebre”, mujer de izquierdas; de esa izquierda que parece desaparecida, aunque esta misma mañana he leído que ha habido una reunión de los históricos del PSUC, acompañados de muchos socialistas y sindicalistas, en las Cotxeras de Sans. Han tardado pero, por fin, escuchamos la voz de un colectivo diverso, pero crítico con un patriotismo que ha hecho desaparecer la lucha de clases. 

Marta se encuentra en una disyuntiva muy difícil: “Aquí o estás con ellos o estás con Rajoy”

Pues, como digo, Marta arrastra sus palabras llenas de tristeza y me cuenta en qué situación se encuentra ella y tantos otros; en una disyuntiva muy difícil: “Aquí o estás con ellos o estás con Rajoy”. “Somos los fachas”, es el resumen de lo que me contó. Mi amiga ha dejado de reunirse con sus amigos de siempre, porque no es posible hablar del procès sin acabar discutiendo. Nadie escucha a nadie. Ya digo, o estás conmigo o estás contra mí. Ese es el ambiente que me describe, que se extiende a los lugares de trabajo. Al final el silencio se impone. Marta afirmó con rotundidad: "Si pudiera, me iría de aquí. Esto es insufrible". 

Pruebo con Maria Lluisa. Hace muchos meses que no hablábamos y pienso constantemente en ella, porque conozco su postura. Una mujer de esas de seny, que se sorprende ante tantas amigas intelectualmente muy preparadas, pero que tienen una posición completamente irracional. Se trata de una mujer universitaria de cierta edad (79 años) y de familia de rancio abolengo catalán, o sea, nada sospechosa de ser españolista. Está al día de todo lo que se escribe, aunque no ve la televisión. Como Marta, ha dejado de ver la TV3, porque es un medio en el que sólo se escucha a una parte. También me cuenta sus conflictos dentro de la propia familia. Tiene una cuñada en la Asamblea Nacional de Cataluña (ANC) y prefiere no encontrarse con ella para evitar las discusiones. “Mis amigas de toda la vida, — me dice— me consideran una indeseable, porque no estoy de acuerdo con la forma como se está llevando todo este proceso. Me da miedo el odio a lo español que se está generando en los jóvenes”. 

“Mis amigas de toda la vida, — me dice— me consideran una indeseable"

También ella, como Marta, es sumamente crítica con la política de Rajoy. Como tantas personas, está segura de que durante su mandato no ha parado de aumentar el independentismo. Si hubieran permitido el Referéndum cuando se empezó a hablar de ello, hubiera salido un NO rotundo. Eso lo sabemos todos los que conocemos la sociedad catalana. Sólo hay que ver los números; cómo ha ido aumentando el voto a Esquerra Republicana en los últimos años, cuando hace muy poco tiempo apenas tenían representación en el Parlamento Catalán. 

A Maria Lluisa le resulta muy difícil defender sus argumentos cuando se encuentra entre personas que, como ella dice, “sólo atienden a la emocionalidad”. Ese es el problema con el que nos encontramos muchos de los que pretendemos introducir matices en un discurso que sólo ve blancos o negros: o a favor del Referéndum, aunque para ello se hayan saltado las reglas más elementales dentro del Parlamento de Cataluña y hayan dejado sin voz a la oposición, o te tachan de fascista, facha o afín al PP, que para el caso es igual. Y si no, no hay más que ver cómo califican y señalan a personajes públicos, como ha ocurrido estos últimos días con Juan Marsé, Serrat, o Évole, por poner ejemplos muy cercanos. Todos ellos nada sospechosos de haber coqueteado nunca con la derecha, y menos con el Fascismo. Ellos y muchos otros, son los renegados, los que no pasan la prueba del algodón y se les considera “malos catalanes”. ¡Lo que hay que ver y oír!  

Todo esto que cuento es sólo una pequeña muestra de la fractura que se ha producido en la sociedad catalana; de cómo se ha ido creando ese maniqueísmo que imposibilita el diálogo entre amigos, compañeros de trabajo y dentro de la familia. Es evidente que no puedo abordar todo lo que de complejo tiene este conflicto, porque un artículo da para lo que da. Ya me gustaría poder profundizar en la parte que le toca al gobierno central. Sólo diré que la pasividad de Rajoy, su empecinamiento y ceguera, lo hace tan responsable como Puigdemont. Ambos son los artífices del enfrentamiento del pueblo catalán entre sí, y con el resto de españoles. Unos irresponsables los dos.

Y llegados a este punto, sólo nos queda preguntarnos: ¿Cómo ha podido llegarse a esta situación? ¿Qué clase de gobernantes tenemos? ¿En manos de quienes estamos los ciudadanos de a pie? ¿Cómo es que el gobierno de Mariano Rajoy se mantiene inalterable? ¿Qué pasa con esta oposición, que sólo parece preocuparse de mantener una postura que no le perjudique en las próximas elecciones? ¿Cómo podemos confiar en esta clase política que está dando muestras de una absoluta estupidez y falta de responsabilidad? Por último me pregunto: ¿Es posible que los mismos que han dado lugar a esta gran locura sean los que cojan en sus manos su solución? Rotundamente, pienso que no.

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