Los pasados de Manel

Antonia Nogales

Periodista & docente. Enseño en Universidad de Zaragoza. Doctora por la Universidad de Sevilla. Presido Laboratorio de Estudios en Comunicación de la Universidad de Sevilla. Investigo en Grupo de Investigación en Comunicación e Información Digital de la Universidad de Zaragoza.

Manel Monteagudo, de joven y en la actualidad.
Manel Monteagudo, de joven y en la actualidad.

Hace una semana ni siquiera sabíamos quién era. Pero eso fue antes. Antes de que empezáramos a tener su cara hasta en la sopa y de que su semblante perdido nos estremeciera al tiempo que su acento gallego comenzara a hacernos sonreír de ternura. Parece que Manel Monteagudo lo tiene todo falso, desde el nombre hasta el pasado. José Manuel Blanco Castro ˗que así se llama en realidad la criaturita- ha contado tantas versiones sobre su supuesto periplo en coma que yo he llegado a dudar hasta de que sea un entrañable vejete y no una jovencita caracterizada de catedrático de provincias. El estado comatoso le sobrevino al parecer tras un accidente en Irak en febrero de 1978, cuando trabajaba a bordo de un buque. Era un estado de coma que duró 35 años, o una amnesia, o un estado vegetativo, o de semiinconsciencia… ¿Quién lo sabe? Él no, por lo visto, ya que ha defendido las cuatro versiones y algunas cuantas más. Depende del día y de cómo lo cojas. De hecho, hay más pasados. Hay más vidas posibles del señor Monteagudo y yo, mi buen lector/a, se las voy a ofrecer en primicia.

El pizpireto Manel despertó una mañana de un profundo letargo. Corría el año 2013 cuando un fuerte olor impregnó sus fosas nasales y devolvió su espíritu a la vida. Nunca llegó a saber muy bien cómo interpretar aquella luz que comenzó a vislumbrar cuando, al fin, la negrura se disipó y pudo entreabrir los ojos. Las gafas habían permanecido empañadas y la barba había crecido algo, pero ahora se notaba fría, un tanto tiesecilla. Por fortuna, aquel jersey verde de lana virgen que la yaya le había tejido fue una buena elección aquella maldita mañana. La aciaga mañana en la que todo comenzó a cambiar, en la que la escarcha lo iba a inundar todo. Cuántas veces se había preguntado por el cúmulo de decisiones que lo habían llevado hasta aquella dichosa puerta: ¿Por qué la abrió? ¿Por qué no se sujetó bien? ¿Por qué huevos frescos para el desayuno? ¿Qué tenía de malo una magdalena o un bollito de canela? Estas trascendentales preguntas lo acechaban una y otra vez cuando, por fin, a alguien le dio por abrir la puerta de la nevera y lo descubrió agazapado y bien fresquito entre un puñado de nabos y la fuente de arroz con leche. El pobre Manel se había quedado atrapado dentro. Nada más y nada menos que 35 minutos.

En otro tiempo, el señor Monteagudo fue meticuloso. Cuidaba con mimo cada detalle. El estrés del tumultuoso Lugo lo traía de cabeza, pero él intentaba superar su ajetreado día a día como podía. Había probado casi de todo para relajarse. La mar puede ser complicada de gestionar y los barcos pesqueros un entorno hostil. Él, que siempre había tratado de encontrar la paz, no la hallaba ni en los pastos, ni en las olas ni en el caserón. Por eso aquella decisión iba a ser tan determinante. Cuando notó nublarse todo a su alrededor jamás pensó que aquello daría para tanto. Aquel instante cambiaría su vida… durante 35 segundos. Los que pasó en blanco mientras aquel maldito chicle de menta intensa colapsó sus entendederas. No podía pensar, ni actuar, vio congelarse sus sentidos. Una experiencia traumática que, como poeta, sabría reflejar en unos versos.

 

Manel Monteagudo para la prensa y los verificadores de noticias falsas. Ni los estados vegetativos, ni las neveras, ni siquiera los chicles de menta intensa han podido con él. ¿Por qué iba a conseguirlo entonces la realidad?

 

 

 

 

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