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"Que por fin podría ver a la selección española absoluta en un partido oficial en el Carranza, pues la selección de Cádiz jugaría  los campeonatos de Europa".

Hace unos días un amigo, hablando de la situación en Cataluña, me dijo en broma que lo que habría que hacer es crear un partido, a semejanza del catalán, en Cádiz, aunque sonase muy mal en inglés. Me mencionó estos argumentos:

Que Cádiz ya fue independiente. Me expuso que entre el 19 de julio de 1873 al 4 de agosto funcionó el Cantón de Cádiz, hasta que el general Pavía entró en la ciudad para poner orden. Según él, nuestra equivalente Diada sería esa fecha en que se desarmaron las fuerzas cantonales y terminó el sueño surrealista de una España en descomposición.

Que tiene dos hijos licenciados en Historia y no los coloca de profesores ni a tiros y que está harto de mantenerlos y que le gorreen cada fin de semana 50 euros para copas, mientras una pléyade de profesores salmantinos, jienenses o segovianos imparten clases en la ciudad. Por lo que él establecería la inmersión lingüística, con el libro de El habla de Cádiz de Pedro Payán como cabecera, para crear un hecho diferenciador y expulsar aquellos enseñantes que no sepan hablar bien el idioma local, a los que exigiría al menos el C1 de gaditano para que pudieran seguir impartiendo sus asignaturas. Con exámenes orales como estos para practicar una despedida cortés, tras un saludo: “Enga, avé siún diiita queamoo”.

Que ese partido aceptaría la cosoberanía de España, siempre y cuando se permitiese que fuese un paraíso fiscal tipo Gibraltar. Esto convertiría a toda Cádiz en una inmensa Zona Franca y así evitaría que esa entidad  practicara un ERE a sus empleados. Él argüía que cada gaditano podría tener a su nombre de 12 a 15 sociedades offshore por cabeza y vivir de la renta y, así, conseguir el sueño anhelado por todos los lugareños de solazarse desahogadamente sin dar un palo al agua. Además, de ese modo, desaparecería el paro definitivamente de la ciudad. Por otra parte, como es aficionado al buen vino y a las bebidas espirituosas, podría degustarlas con más frecuencia  pues le saldrían muy baratas ya que  apenas pagaría  impuestos al comprarlas. Dado que mi amigo también es adicto al juego, tampoco le importaría poner a su nombre una sociedad de apuestas y así compensaría las pérdidas.

Que por fin podría ver a la selección española absoluta en un partido oficial en el Carranza, pues la selección de Cádiz jugaría  los campeonatos de Europa  y en algún momento se mediría con ella. 

Que hay folklore suficiente en la ciudad para exhibirlos en cada acto público de relevancia, como seña de identidad,  y, en vez de formar un castellet o bailar un aurresku , montaríamos en una batea a un coro y escucharíamos sus coplas.

Que para fomentar el nacionalismo gaditano bastaría con airear algunos agravios, como que nos dieron el timazo con el AVE, cuando el tren actualmente para ir a Sevilla tarda toda una eternidad, por mucho que vaya en una vía de altas prestaciones.

Que podríamos ganar terreno al mar, rellenar y ampliar la ciudad, sin que nos dijeran nada y montar ese proyecto de  cementerio marino que fue una quimera. Así, los diversos tanatorios que han proliferado en la ciudad, como uno de los negocios más prósperos, controlarían todo el ciclo de la muerte. 

Yo le repliqué a mi amigo que no todas sus propuestas me hacían gracia, aunque sí  me transmitía algo evidente: Una  ciudad que va perdiendo población, es una ciudad que muere lentamente.

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