Noemí Galera durante una pasada gala de 'OT 2018'.
Noemí Galera durante una pasada gala de 'OT 2018'.

La vida está llena de extrañas sensaciones. Por mucho que digan que la adolescencia es la etapa desconcertante por antonomasia, yo empiezo a creer que la estupefacción aumenta con los años. Como los kilos, las arrugas o las canas. Y como todas estas lindezas, aumenta sin que sirva para nada. La experimentamos a diario porque como bien dice el dicho: cuando menos te lo esperas, va la vida y te sorprende. A lo largo de la historia, el asombro se ha conservado porque evolutivamente es lo que nos permite aprender y adaptarnos al medio que habitamos.

Cuando abrimos mucho los ojos o la boca y elevamos las cejas al infinito, estamos sorprendidos. No cabe duda. En los bebés que ni siquiera son capaces de mostrar aún la sorpresa con estas acciones faciales, el asombro también existe. Está demostrado que en su cerebro se generan señales neuronales cuando se alteran las expectativas con respecto a lo que ocurre a su alrededor. Es un mecanismo cognitivo consciente que permite aprender de lo inesperado y sobre todo de sus consecuencias. Y así nos hacemos más listos. Podría decirse que la cara de bobo que se nos pone cuando nos sorprendemos es el paso previo a ser cognitivamente un poco menos bobos. Como diría el gran Punset, es fantástico el cerebro humano.

Quizás esta sea la causa de que los autores clásicos apunten al asombro como germen de la filosofía. Y es que una alteración sobre lo que creemos controlado es la primera piedra hacia el planteamiento de sus causas y sus efectos, lo cual implica crecimiento personal. ¿Por qué ocurren las cosas que ocurren? A veces es difícil entender la motivación de ciertos actos. Esta semana, he asistido a uno de esos episodios de asombro que me retrotraen a la tendencia ojiplática de las revelaciones infantiles. Mis cejas se han levantado, mis ojos se han abierto de par en par y me ha sido imposible cerrar la boca durante un buen rato. Lo leíamos estos días en varios periódicos digitales.

En el programa musical de éxito resucitado por TVE, uno de los triunfitos —veinteañero, a todas luces, irreverente e impúdico— confesaba haber utilizado sus redes sociales para "cagarse en la Falange". La directora del formato le respondía en directo asumiendo que ella, lejos de censurar su comportamiento, también lo hacía. Y, llámenme irreverente a mí también, pero esto no me sorprende lo más mínimo. Lo que sí me dejó sin respiración es lo que ocurrió al día siguiente, cuando la directora de Entretenimiento del ente público pidió perdón al partido falangista por unos comentarios "intolerables y desafortunados". Pueden tomarse una pausa para mantener la boca tan abierta como yo. 

La excusa oficial es que la televisión pública, pagada con dinero de todos, debe respetar a todos los públicos, entre los que al parecer también sigue habiendo votantes tradicionalistas y de las JONS. Y tras la disculpa, la Falange quedó contenta y regocijada. Y muchos quedamos asombrados, con un asombro que está muy lejos de servirnos para aprender algo. Un asombro de esos que te hace cuestionar el respeto y a sus petitorios, un asombro que da mucho asco, un asombro que no sirve para nada. 

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