Papeleta de sitio

Francisco Romero

Licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla. Antes de terminar la carrera, empecé mi trayectoria, primero como becario y luego en plantilla, en Diario de Jerez. Con 25 años participé en la fundación de un periódico, El Independiente de Cádiz, que a pesar de su corta trayectoria obtuvo el Premio Andalucía de Periodismo en 2014 por la gran calidad de su suplemento dominical. Desde 2014 escribo en lavozdelsur.es, un periódico digital andaluz del que formé parte de su fundación, y con el que obtuve en 2019 una mención especial del Premio Cádiz de Periodismo.

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Los españolitos llevamos grabado el 40 a fuego. Es una cifra que nos recuerda invariablemente a un cuento oscuro. Incluso para aquellos que no llegamos a tiempo al reparto de papeles, el pasado duele igual.

Los españolitos llevamos grabado el 40 a fuego. Es una cifra que nos recuerda invariablemente a un cuento oscuro. Incluso para aquellos que no llegamos a tiempo al reparto de papeles, el pasado duele igual. Durante aquella dilatada historia para no dormir, eran curiosamente horas de sueño lo único que no escaseaba. El catre era un reducto acostumbrado, con el estómago vacío de sustento pero, eso sí, colmado de miedo. No quedaban muchas opciones ante el frecuente toque de queda; aquella prohibición gubernamental de circular libremente por las calles de una ciudad. Normalmente se extendía desde las ocho de la tarde hasta las seis y media de la mañana, y durante esas horas, no había más mundo que, en el mejor de los casos, las cuatro paredes del hogar. El exterior quedaba para vagos, maleantes y sujetos de alta peligrosidad social. Las calles no eran nuestras, al parecer. No nos pertenecían.

Ciertos momentos en el año son especiales, qué duda cabe. La ciudad se engalana, el azahar viste las ramas de los árboles y el aroma a incienso se hace uno con el tacto temprano de la primavera. La música inunda los rincones más angostos y cualquier escalón es tomado por improvisada mesa sin mantel. La vida se traslada a la rúa. Devotos y profanos suelen estar de acuerdo en pasear la urbe al encuentro del patrimonio artístico y el gentío. Multitudes llaman multitudes. En cada plaza, aguardan los recuerdos y se agolpan las vivencias de otros años, otras charlas, otras esperas. Y todo ello ocurre en la calle. Son obligadas las carreras a la búsqueda de otro punto, de otra ubicación donde aguardar el recorrido de la que sigue. La muchedumbre dificulta el paso, siempre lo hace, siempre lo hacemos. Como campistas improvisados, todos vamos a la caza del lugar idóneo, aquel donde instalar el fuerte, asentar las posaderas, familiarizarnos con el pedazo de asfalto por un par de horas y colocar la papeleta de sitio sin necesidad de pagar por ella. Porque la calle es nuestra.

40 años hace ya desde que el por entonces vicepresidente y ministro de Gobernación franquista, Manuel Fraga, pronunció una de las frases que han quedado ya para la desdichada historia de este país. La revista Triunfo publicó en aquel momento un artículo relatando una conversación telefónica entre el fundador de Alianza Popular y el profesor Ramón Tamames, uno de los líderes ideológicos del PCE. En ella, Tamames mostraba a Fraga la decisión de sindicatos y opositores de convocar una manifestación para celebrar el 1 de mayo —el primero desde la muerte de Franco—, a lo que este respondió airadamente negándose y alegando aquello de “la calle es mía”. Parece ser que para el segundo de Arias Navarro, las vías no pertenecían al pueblo, sino a su propia persona como encarnación del Estado. Curiosa forma de concebir el latifundio urbano.

El cuatro y su fiel escudero cero nos persiguen. Parecen ir más rápido que nosotros, los que corremos entre el bullicio y tomamos la vianda en el poyete. Hoy sigue habiendo ‘titulares con derecho de adjudicación preferente’, aquellos que se aseguran a golpe de billetera y apellido su propia butaca de patio sobre la acera. Para que su acceso se facilite, se dificulta el del resto. En esos días especiales, la calle ya no es la calle, la vida ya no es la vida, el toque de queda se impone sin dictaduras, prohíbe el dinero, se impone la rancia estirpe. El abolengo y sus posturas se desparraman tras las tapias que impiden ver a aquel que dicen fue el más humilde. Nobleza obliga, que sostendrían algunos —entre ellos de seguro, el difunto ministro de época sombría—, pero si la dureza del asfalto no nos iguala, quién sabe qué demonios podrá hacerlo. 

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