Fotograma de 'Mientras dure la guerra'.
Fotograma de 'Mientras dure la guerra'.

Por Antonio Pitalúa

Este 25 de abril de 2020 ha sido un gran día para nuestros amigos, vecinos y compatriotas italianos y portugueses: en Italia se ha conmemorado el 75 aniversario de la derrota del fascismo, y en Portugal, la Revolución de los Claveles que condujo al derrocamiento de la Dictadura de Antonio de Oliveira Salazar. Quiero aprovechar la doble efeméride de ese día para honrar la memoria de mi padre, Francisco Pitalúa Partal, y la de mi tío, Manuel Pitalúa Partal, ambos represaliados por el régimen franquista, así como la de otros familiares que corrieron peor suerte y fueron asesinados por los infames falangistas.

Por supuesto, lo primero que he hecho de buena mañana, como cada año, ha sido escuchar y llorar varias versiones de Bella Ciao y de Grandola Vila Morena. 

En esos días de confinamiento y de redes sociales estuve viendo con gran dolor de mi corazón que gente muy cercana y hasta ahora muy querida, alentada por una parte de la oposición a nuestro gobierno legítimo, invocaba al rey y a los militares para que diesen un golpe de estado. ¡Dios mío, qué barbaridad y cuánta sinrazón!  Una vez que haya pasado esta situación tan dramática voy a hacer una limpieza clarificadora en mis redes sociales y sobre todo en mi vida.

Cuando yo era muy pequeño, tan pequeño que apenas si llegaba a la altura de la mesa del comedor, a la hora de la cena, mi padre me daba de comer desde arriba como si yo fuera un pajarillo y me contaba historias de todo el sufrimiento que padeció durante la guerra y en la inmediata posguerra. Ahora que está tan vigente lo de la Memoria Histórica, creo que fue él un precursor.

–¡Antonio, nunca tienes que olvidar, nunca debemos olvidar! Y tú menos, que eres mi redrojito” -me lo decía así, en diminutivo, utilizando el término viñero que se usaba en Estepona para designar al benjamín de la familia; mi padre, que ahora podría tener 105 años, me tuvo con 51, edad muy tardía para ese tiempo. Su delito: el ser un Pitalúa y un obrero que se dejó las uñas y la piel para sacar a su familia adelante y ayudar en casa de sus padres. 

Durante aquella época corría por Estepona este dicho: “De los Hormigo el chato (este sujeto era un criminal que iba a caballo con una escopeta asesinando a todo aquel que no era de su antojo) y de los Pitalúa ni el gato”. Por este motivo, incluso acabada la guerra y sin haberse manchado las manos de sangre, mi padre tuvo que huir a la sierra, a Sierra Bermeja, la sierra de Estepona, con su amigo Ziño Juan el Pobrecito. Allí en el monte, a distintas alturas, construyeron sendas chozas para esconderse y mudarse a una u otra según el peligro que corrieran. Por la noche bajaban y acudían a los “ranchos amigos”(1) donde les daban de comer. 

Años más tarde, Franco promulgó un indulto mediante el cual podía volver y reincorporarse a la vida cotidiana todo aquel que no hubiera cometido ningún delito de sangre. Con más mieo que vergüenza y sin fiarse mucho, mi padre y su amigo así lo hicieron y no les ocurrió nada, nada más y nada menos que tener que habituarse a vivir en un régimen dictatorial sin libertades y soportar la terrible hambruna de los años de la posguerra, sobre todo la del año 40, el añolajambre.

De este modo mi amado padre y su amigo pasaron a engrosar la lista de los huidos. Conforme se fue produciendo la ocupación de España por el ejército golpista, muchas personas que habían apoyado a la República se echaron al monte y dieron lugar  al fenómeno de los huidos, o se ocultaron en casas, establos u otros escondrijos para eludir la represión. La mayoría de estos últimos fueron descubiertos o finalmente se entregaron, pero hubo otros que permanecieron ocultos una vez terminada la Guerra Civil. Estos fueron los topos. Aunque cada caso tuvo sus rasgos singulares, presentaban ciertas notas comunes: no estar acusados de delitos de sangre, no ser dirigentes o miembros significados de los partidos y organizaciones republicanas, e incluso no tener ninguna adscripción política ni pertenecer al medio rural. Por otro lado, fueron despreciados también por los guerrilleros del maquis por su “pasividad” frente al Régimen Franquista. Hubo cientos de topos, que pudieron permanecer ocultos gracias al apoyo de su círculo más cercano. Aunque muchos de ellos abandonaron su escondite en 1969, cuando la dictadura franquista promulgó un decreto por el que se declaraba la prescripción de todos los delitos cometidos antes del final de la Guerra Civil, algunos permanecieron hasta 38 años escondidos. 

En esos días de reclusión obligatoria debido a esta maldita pandemia, tuve la ocasión de deleitarme con unas excelentes películas que recrean el ambiente de esos terribles momentos de la historia de nuestro país y que aconsejo vivamente. Aquí os dejo una selección de las mejores: Mientras dure la guerra, La trinchera infinita y Los girasoles ciegos. 

Otra de las historias que me contó mi padre y que me dejó más impactado fue cuando tuvo que lanzarse al mar en la bahía de la Línea de la Concepción para llegar a nado hasta la otra parte de la costa, no recuerdo bien si hasta Gibraltar, bajo los disparos de los fusiles de los militares de Franco. En aquella ocasión también salvó la vida. Yo me imaginaba a mi padre, guapísimo como era, como un gran actor de Hollywood, Omar Sharif, Humphrey Bogart, Errol Flynn o Charlton Heston interpretando su mejor papel en una película bélica o en cualquier otra de acción perseguido por unos gánsteres asesinos.

Otro relato inolvidable concierne a mi tío Manuel, de gran parecido físico y de carácter a mi padre. Aunque también se salvó afortunadamente de la masacre, tito Manuel tuvo la desgracia de haber sido confinado en el Campo de Gibraltar en un centro de internamiento, eufemismo con el que se denominaba a los campos de concentración durante la contienda. Me contó mi padre que allí su hermano se libró por los pelos de un fusilamiento seguro, porque cuando los estaban registrando se dio cuenta de que en un bolsillo tenía dinero, unos billetes republicanos. Con una rapidez y una pericia increíbles se los sacó y se los comió, librándose de este modo de una muerte certera.

Peor fortuna corrieron un primo de mi padre, Diego Pitalúa Infantes, y sus dos hijos varones, Pepe y Francisco, que vivían en Jimena de la Frontera, que regentaban una botica y que fueron denunciados por gente malvada y envidiosa. Su delito fue el haber ayudado a criaturas que no contaban con los suficientes medios económicos y haberles facilitado el acceso a los medicamentos. Esta familia fue fusilada en medio del campo. El ajusticiamiento lo presenció una señora que vivía en una cabaña cercana y, además de la narración de mi padre, tuve el privilegio de que también me lo contara el señor Práxedes Gómez, otro gran luchador, padre de mis amigas jimenatas Ana María y Rosita.

Valga esta remembranza como un homenaje a todos los represaliados y asesinados injustamente en cualquier conflicto del mundo, y sobre todo para honrar la memoria de mi padre, esté donde esté (además de estar en mi corazón y en mi mesilla de noche), y con quien siempre gritaré con el pecho henchido de orgullo y de satisfacción:”¡NO PASARÁN!”.


*NOTAS:

(1)Un rancho en Estepona era una finca de labor de menos 

 extensión que el cortijo y por lo común con vivienda.

*AGRADECIMIENTOS: 

Mis más sinceros agradecimientos a mi amigo Pepe García Cabrera, miembro de la Asociación de Memorialistas de Jerez, quien me animó a escribir este relato; a mi buen amigo Julio Asencio, excelente poeta jerezano y a mi gran amigo Antonio Aguilar, buen poeta y gran antólogo, que, desde Paris, me ayuda muchísimo y me inspira constantemente (siempre fue un espejo donde mirarme). Muchísimas gracias a los tres por sus sugerencias, correcciones y observaciones.

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