Padres y madres veganos, de kilómetro cero, ecológicos, sin plásticos y con apego

Raúl Solís

Raúl Solís

Periodista, europeísta, andalucista, de Mérida, con clase y el hijo de La Lola. Independiente, que no imparcial.

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Para qué queremos más. El Gobierno ha dicho que los niños pueden acompañar a sus padres y madres al supermercado y a la farmacia. Escándalo. Dónde va el Gobierno. Cómo se atreve a decirle a la nueva generación de papás y mamás veganos, de kilómetro cero , con apego, ilustrados en manuales de paternidad y maternidad perfecta, ecológica, sin plásticos, sin colorantes y sin aditivos.

A las horas, el Gobierno  rectifica y ya permite que los niños salgan al parque a dar un paseíto con sus padres y madres. Los papás y mamás ya están más contentos porque sus niños y niñas podrán respirar aire limpio después de un mes confinados en casa. ¿De verdad llevan los niños un mes sin bajar a la calle, aunque sea a acompañar a los padres y madres a bajar la basura? Sí que somos obedientes, cuando nos parece.

Cuando yo era chico, que no hace tanto, mi padre me llevaba a trabajar al campo cuando no había nadie con quién quedarme. Me ponía un saco debajo de un olivo o una higuera y me plantaba allí en julio o en agosto mientras araba la tierra o regaba tomates, judías o berenjenas. Mi madre, al poco de nacer, me destetó y me metió en la boca un biberón de leche de farmacia porque prefería tener libertad y trabajar para darme de comer que darme la teta hasta que hiciera la primera comunión. Hoy, a mi padre y a mi madre les quitarían la custodia.

Hace tres años al cielo le dio por echar agua el cinco de enero. Se montó un circo de padres y madres veganos, de kilómetro cero y con apego porque los ayuntamientos se negaban a adelantar las carrozas de Reyes Magos dos o tres días para que sus niños no vivieran la gran frustración de no ver a Melchor, Gaspar  Baltasar por las calles de su pueblo o ciudad.

Mi madre, con siete años, me dijo que no pusiera zapatos en la ventana porque no tenía dinero para comprarme regalos ni caramelos. Me dolió, qué duda cabe, pero eso me bastó para entender que era hijo de una familia sencilla que vivía con modestos ingresos y que todo no era posible.

El capitalismo nos ha convencido de que todos podemos tenerlo todo, así que yo agradeceré de por vida a mi madre que me dijera que no todo es posible y que educar es también recordarnos que la vida te pone límites diversos sin que por ello tengas que sentirte un perdedor.

Los niños Montessori no pueden llorar, no pueden sentirse solos, no pueden recibir un no, no pueden ser educados en el esfuezo y sacrificio porque entonces es que vivimos en una sociedad adultocéntrica que no respeta los derechos de la infancia. Los niños ahora ya no nacen con un pan debajo del brazo, sino con una guía de crianza con apego que no es más que, bajo una película de progresismo y ecologismo, situar de nuevo a la mujer en un rol de criadora intensiva y recluirla a la casa para gusto del padre de la criatura, que no tiene límites biológicos ni instintos que lo paralicen. La modernidad ahora es que ellas "maternen" mientras ellos son libres.

Los niños con apego, sobreprotegidos y tratados como si fueran latas de conservas, no pueden tener una frustración porque en el futuro es posible que le afecte a su desarrollo cognitivo. Eso dicen quienes nada dicen de que en las cárceles vivan niños con sus madres presas o de que haya niños que malviven en pisos de 40 metros sin luz, sin calefacción y malnutridos.

La diferencia es que los niños Montessori son ricos o clasemedieros, hijos de hipsters con tiempo libre y dinero suficiente para convertir a sus hijos en objetos de consumo, mientras que los niños que nunca comen fruta, pescado o carne en casa, porque sus padres no tienen ingresos, son pobres y lo serán de por vida sin que nadie haga una revolución ética para sacarlos de la pobreza.

A mí me parece muy bien que cada padre eduque como quiera a sus hijos pero, por favor, en un país con un 20% de población infantil en situación de pobreza es de una frivolidad intolerable que la polémica sea si sacamos a la calle a niños o niñas que viven en adosados, en casas con patio y juguetes a placer.

Claro que todos los niños tienen derecho a salir a la calle, pero se nos olvida que los niños también tienen derecho a que sus padres les expliquen que en la vida no todo sale como se espera y que aprender a vivir es también aprender a gestionar la frustración. Por cierto, los productos infantiles, como los pañales, tienen un IVA como si fueran artículos de lujo y no hay una red de padres y madres porteadores, veganos, de kilómetro cero y con apego que se indignen para que baje su precio. A ver si es que la maternidad y paternidad con apego va a ser una nueva forma de clasismo.

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