El pacto del chiringuito

El PSOE tenía un pacto oculto con el exalcalde de Granada Luis Salvador

Representantes políticos granadinos, con su ex alcalde Luis Salvador a la cabeza, en una imagen de archivo.
Representantes políticos granadinos, con su ex alcalde Luis Salvador a la cabeza, en una imagen de archivo.

El PSOE tenía un pacto oculto con el exalcalde de Granada Luis Salvador. Salvador ha vuelto a la casa política en la que se acostumbró a vivir del cargo, como una especie de hijo pródigo tras su periplo de devociones con las derechas y las ultraderechas más reaccionarias que hayamos conocido en la etapa democrática nacida con la constitución del 78. Ciudadanos, su, de momento, último partido, lo ha expulsado y declarado tránsfuga. Un tránsfuga es quien se presenta por un partido y trabaja para otro o para sí mismo.

Quien ha sido nombrado portavoz del equipo de gobierno municipal del nuevo alcalde Francisco Cuenca, Jacobo Calvo, abominó el 9 de junio de la posibilidad de pacto con Luis Salvador con las siguientes palabras: “con Luis Salvador no vamos ni al tranco de la puerta, que lo tenga todo el mundo claro, que no podemos gobernar ni nos podemos sentar ni podemos hablar con una persona que representa lo que representa en esta ciudad”. Bastaría este engaño original para hacerse una idea del grado de credibilidad de cualquier compromiso del actual equipo de gobierno municipal del PSOE.

Pasaron diecinueve días desde que Francisco Cuenca saliese elegido nuevo alcalde de Granada, más por la incapacidad y odios entre las derechas y ultraderechas granadinas bajo las órdenes de sus jefaturas madrileñas que por su capacidad de ilusionar con proyecto propio, hasta que se certificó que sí había un pacto entre el transfugismo pasivo, o activo, de Luis Salvador y sus viejos compañeros del PSOE. El pacto del chiringuito, veremos si chiringuitazo, lo negaron siempre con la coletilla de que los movía su amor por Granada para dar la necesaria estabilidad al gobierno municipal. Cantó la gallina por boca del portavoz del gobierno municipal, Jacobo Calvo, anterior negacionista, y Luis Salvador tiene una concejalía con objetivos rimbombantes, un local, dos personas empleadas y el “crédito correspondiente”.

La prueba de que el pacto, como el de las derechas más Vox que entregó Granada a Ciudadanos a cambio de Murcia y Málaga, se había fraguado fuera de nuestro territorio, en Madrid y en Sevilla, es que el día de la votación, como por arte de magia, estaban en Granada a tomar churros en plaza Bibarrambla y a aplaudir y felicitar al nuevo alcalde del PSOE, nada más y nada menos que Juan Espadas, recién elegido candidato a la Junta de Andalucía y secretario general andaluz, Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, diputado sanchista por Sevilla en Madrid que fue director de la campaña de primarias de Pedro Sánchez contra Susana Díaz, y el entonces ministro de Transportes, José Luis Ábalos, que pasaba casualmente por aquí para inaugurar el primer tramo de la futura autovía Granada-Córdoba.

El PSOE no solo ha elegido a la derecha para gobernar Granada, sin necesidad de hacerlo, pues Francisco Cuenca podía haber salido alcalde con los apoyos de Unidas Podemos y sencillamente por ser la lista más votada, dado el estado de guerra abierta por Granada entre las tres derechísimas, lo ha hecho sobre bases políticas tránsfugas con la intención de marginar a Unidas Podemos.

Que el PSOE de Granada haga las cosas así, por los sillones, no parece ser el mejor mensaje a un electorado desencantado de la política, mucho menos a su propio electorado que se presume progresista y de izquierdas. El PSOE de Granada ha preferido un pacto de sillones antes que un proyecto de cambio para una ciudad que sufre lustros de políticas sociales, ambientales, culturales y de servicios públicos nefastas. Una ciudad tomada por el culto al centro ciudad y expoliada en sus barrios.

La tibieza política con este PSOE, viejo PSOE, desde el campo demócrata, progresista, de izquierdas, ecologista y feminista, solo puede alimentar el fruto del desencanto y laminar muchas ilusiones de un electorado y una juventud harta de que demasiados políticos solo miren por su sillón y su interés particular. El gobierno de Granada puede tener estabilidad sin tránsfugas en sus intersticios.

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