Rocío Monasterio y Isabel Díaz Ayuso.  TELEMADRID
Rocío Monasterio y Isabel Díaz Ayuso. TELEMADRID

Hace tres semanas comentaba que había aparecido por mi casa un semanal de 1998 del periódico El País sobre el 30 aniversario de 1968. A pesar de lo que escribí, lo más interesante del semanal era otra cosa bien distinta. Contenía una entrevista a Daniel Cohn-Bendit, protagonista del mayo del 68 y más conocido entonces como Dany el Rojo, en la que se hablaba de la política francesa de finales de los 90. El tema principal no era otro que el avance de la ultraderecha francesa con Le Pen padre. Aunque hayan pasado 23 años desde esa entrevista, cualquiera podría haber dicho que la escribieron ayer. La actualidad y precisión del análisis hacía que se te helara la sangre.

Destacaban dos conclusiones, la primera de ellas es que los votantes de centroderecha, neoliberales y conservadores en general no presentan aversión a los pactos con la extrema derecha si eso les permite gobernar. Es comprensible, teniendo en cuenta que la otra opción sería un gobierno de izquierdas y que en una sociedad cada vez más polarizada por momentos esto no les resulta para nada apetecible.

A fin de cuentas, comparten la mayoría de políticas, por lo que sus líneas generales no se ven afectadas: bajar impuestos, privatizar, desregular, etc. En este aspecto, la ultraderecha se diferencia por defender políticas de inmigración y convivencia social más agresivas y un fuerte centralismo, cosas que a la centroderecha no parece importarle mucho. Es así como el PP, sus votantes y especialmente Ayuso no tienen mucho reparo en pactar con Vox. En mi vida solo he conocido a una persona que escapaba de este esquema, y es debido a que como homosexual se veía afectada.

En segundo lugar, cabe destacar la forma en la que está planteada la xenofóbica política migratoria de la ultraderecha, sin lugar a duda su política estrella. Su meta es conseguir una supuesta paz social, ya que presuntamente un gran número de migrantes se dedican a violar, robar bolsos a ancianas, delinquir y hacer el mal en términos generales. Si se despiertan belicistas se trata de una invasión de subvencionados que contradictoriamente vienen a quitarnos el trabajo. Todo esto ha quedado patente estos días con hechos como el dichoso cartel del metro de Madrid o las intervenciones de Rocío Monasterio en los debates.

Sin embargo, este supuesto camino a la paz social que pasa por el cierre de fronteras y la expulsión de inmigrantes no puede ser más contradictorio. Realmente se está alimentando un conflicto, por lo que en lugar de aumentar la seguridad se propicia un mayor enfrentamiento, lo cual obviamente supone una mayor inseguridad. Cabe deducir que esta política migratoria no busca la paz, sino intereses ocultos como la expulsión de una minoría que amenaza un modo de vida anclado en costumbres arcaicas y en una religión rancia al ofrecer implícitamente alternativas. Así es el diablo: te promete una cosa, para tu desgracia la cumple con segundas y consigue lo que quiere a cambio. Pero fuiste tú quien sucumbió a la tentación de pactar, él no mueve los hilos.

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Comentarios (1)

Aurelio Hace 12 días
¡Jajaja! Muy periodísticamente "objetivo" lo de equiparar al adversario político con el diablo; una táctica, como la de la falsificación de la realidad, inaugurada magistralmente por Lenin e imitada aventajadamente por Goebbels. ¿Dónde ha leído usted que VOX pretenda cerrar las fronteras, al margen de por causa de la situación actual transitoria (ojalá) de pandemia, como han hecho numerosos países occidentales? ¿Dónde ha leído que VOX se oponga frontalmente a la inmigración y qui
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