Pablo Iglesias tenía razón

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Paco Sánchez Múgica

Periodista, licenciado en Comunicación por la Universidad de Sevilla, máster de Urbanismo en el IPE. Antes en Grupo Joly (2004-2012), Desde 2014 soy socio fundador y director de lavozdelsur.es. Miembro de número de la Cátedra de Flamencología; colaboro en Guía Repsol; y coordino la comunicación de la Asociación de Festivales Flamencos. Socio de la Federación Española de Periodistas (FAPE).

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Más allá de las transferencias de voto que se han producido entre partidos, la izquierda ha perdido en su conjunto más de un millón de votos.

Recuerdan que la semana pasada les hablaba de los votantes huérfanos. Pues bien, ya sabemos que hicieron el domingo una buena parte de ellos. No ir a votar. Los resultados que dejaron las urnas el 26-J serán recordados muy probablemente por constituir otro episodio de abstención de un cierto electorado de centro-izquierda que da una victoria a la derecha, como ya sucediera por ejemplo en el año 2000 con José María Aznar frente a Joaquín Almunia y Francisco Frutos. También en aquella ocasión se subestimó el voto al Partido Popular en las encuestas, y su victoria fue más abultada de lo que se predijo.

Más allá de las transferencias de voto que se han producido entre partidos, la izquierda ha perdido en su conjunto más de un millón de votos (1.168.688), que han alimentado en buena parte los casi 3,4 puntos de abstención. Sin duda, ha funcionado la estrategia de polarización que planeaban PP y Unidos Podemos, solo que ha funcionado en parte, en la parte de la derecha, movilizando un voto del miedo ante la posibilidad de la llegada al gobierno de una coalición con un currículum tan breve y tan cambiante.

Sin duda ha podido más el miedo que todos los escándalos de corrupción, manejos de los resortes del Estado para perseguir a los adversarios políticos e hipocresías varias del gobierno del Partido Popular, más que las políticas antisociales y los recortes en libertades públicas. Hay un electorado inmune a todo eso. Esa es la realidad. Son personas que piensan que todos los políticos son iguales y, al fin y al cabo, todos van a por lo suyo y a ver qué pueden sacar. Es la herencia sociológica del franquismo, potenciada por tanto caso de corrupción que acaba afectando a políticos de todos los partidos.

En ese sentido, Ciudadanos ha sido el perdedor en el pulso que mantenía con el PP por el voto útil de la derecha. En el campo de la izquierda ambas formaciones PSOE y Unidos Podemos han resultado perdedoras, si bien es cierto que el primero ha conseguido vencer a las encuestas que pronosticaban el llamado sorpasso. Creo que conviene recordar aquí dos patrones que han guiado la política española hasta el presente y que parece que se han obviado a la hora de predecir los resultados. El primero se refiere a que la elecciones se ganan por el centro, por lo que las ofertas políticas deben moderarse para llegar a ser ganadoras. El tercero es que la izquierda suele necesitar de una participación más alta para ganar. Parece claro que ninguno de estos patrones se cumplía en esta ocasión.

Por lo tanto, y a la vista de los resultados, es evidente que ha sido un error la repetición de elecciones. Al final, lo único que ha conseguido la izquierda con la repetición de elecciones es alejar aún más la posibilidad de un gobierno alternativo al del Partido Popular. Una vez castigado el PP en diciembre, y actuando el miedo como acicate, este partido ha recuperado parte del voto perdido mientras que el resto ha acusado el hastío y el desencanto del electorado.

Pero no todo son malas noticias. La regeneración política va a costar más, pero el PP sigue sin tener mayoría absoluta. Posiblemente consiga el gobierno, pero en el Congreso es posible formar coaliciones para sacar adelante determinadas reformas legislativas tales como la educativa, que compensen la deriva conservadora del PP. Sin duda, Pablo Iglesias tenía razón cuando le advertía a Pedro Sánchez que el adversario era Rajoy. Solamente ha errado en que él también podía haberse dado cuenta antes. Él y la mayor parte de la “aristocracia” socialista.

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