Cospedal y Sáenz de Santamaría. FOTO: EL CONFIDENCIAL DIGITAL.
Cospedal y Sáenz de Santamaría. FOTO: EL CONFIDENCIAL DIGITAL.

Ahora que Soraya y Cospedal competirán por el bien del PP y de España, creo que todas podemos respirar un poco más tranquilas. Tranquilas y orgullosas. Nuestra mayor serenidad se debe a que, hasta el momento se multiplicaban los nombres de caballeros que aspiran a liderar el partido de la gaviota. Hasta cuatro o cinco han salido ya. Más jóvenes, más viejos, con más pinta de Albert Rivera o de Mariano, con más verborrea o menos caché parlamentario. Se nota que para los azules es nuevo eso de poder presentarse a mandar.

Cuando no hace ni medio telediario imperaba la democracia digital o dedocracia, era mucho más sencillo. Nadie podía sacar los pies del tiesto y a todos y todas les parecía que la elección del líder saliente era la mejor. Para el PP y para España. Ya se sabe que ellos siempre están pensando en nuestro bienestar y es de agradecer. Ahora están desatados, como un chico burbuja al que por fin le permiten salir unos minutos al jardín. Son como preadolescentes puestos hasta arriba de azúcar o como un niño que prueba de noche la Coca Cola. Irrefrenables. ¡Qué bien se lo pasan!

Todo el mundo las esperaba a ellas. A las dos grandes lideresas. Enfrentadas además, por lo que dicen, como corresponde a las dos divas de una epopeya moderna o a dos reinas de la copla, sin ir más lejos. Se odian, se admiran, no se soportan. Qui le sait? Y también como en las grandes historias, solo puede quedar una. Por primera vez, son ellos los que están de adorno, ya que, salvo intermediación mundana de la más rancia testosterona cañí, el gato al agua se lo llevará una de las dos: Soraya o Cospedal. La una más cercana, que para eso es Soraya —y ha hecho que casi nos olvidemos de los cascabeles que cuelgan del apellido compuesto—, y la otra capaz de poner firme a un ejército, que para eso es Cospedal. La una baila, muy a su pesar, en El hormiguero; la otra lanza miradas que cortan hasta el hipo más temerario. Las dos, abogadas del Estado y conservadoras, como mandan los cánones y receta el evangelio según San Manuel Fraga. Todo muy en su sitio aunque lleven tacones y usen maquillaje.

Las dos dispuestas a vencer el síndrome de la segunda de abordo. Y todas nosotras a disfrutar con sus logros, que para eso son mujeres y con sus ovarios basta y sobra. Y es que ¿quién atisba hoy la diferencia entre unas féminas que mandan y el feminismo al mando? Sí, ahora batallan ellas por un puesto de poder al frente de un partido que volverá antes o después a ganar las elecciones. Ahora quizás tengamos más cerca a la primera mujer presidenta y un poco más lejos a la primera dama. Eso está bien.

Sin embargo, si ese mandato no sirve para que otras mujeres lo encuentren más fácil, poco importan los ovarios de la Moncloa. Si esa mandataria piensa que lo tenemos todo conseguido, que no hace falta ser feminista, que con la igualdad ante la ley se acaban nuestros problemas y que otras podrán llegar si, como ellas, lo merecen de veras, no habremos ganado mucho. Ella sí, pero nosotras no. “No en nuestro nombre” rezaba un manifiesto de 2015 contra los bombardeos en Siria. Not in my name ocupó pancartas, camisetas y gritos en las calles de Inglaterra, Italia y España a comienzos de 2003. Eran demasiados los que no respaldaban entonces a Bush hijo en la invasión de Irak. Sentían que esa no era su guerra, como esta no puede ser la mía solo por el sexo de los bandos. Ellas, con más o menos poder, son solo ellas. Y a nosotras, a todas las demás, no nos conviene olvidarlo.

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