Somos un país de vanguardias. Si en el siglo XX exportamos el cubismo de Picasso y el surrealismo de Dalí, en el XXI hemos conseguido rizar el rizo a la sazón de un movimiento artístico-administrativo mucho más lucrativo: el hiperrealismo burocrático. ¿Que qué es eso? Pues la capacidad de nuestras instituciones para pintar escenarios de una absoluta y apremiante necesidad sobre “problemas” que ni usted, ni yo, ni nadie, sabíamos que existían.
Damas y caballeros, descúbranse ante la soberanía impuesta de la baliza V16. Esa suerte de faro conectado que, según nos cuentan las mentes preclaras del Ministerio del Interior, viene a salvarnos la vida sustituyendo a los triángulos de emergencia de la época del pleistoceno.
Si es usted una mente inquieta, apuesto que se habrá preguntado el porqué de tan imperiosa exigencia cuando el resto de Europa sigue confiando en la física elemental de una simple figura geométrica reflectante.
Hay que ser muy mal pensado —piensa mal y acertarás— para sospechar que detrás de esta obligatoriedad no existe otra motivación que el afán de recaudación a costa de los tontos de siempre. Porque, casualmente, esta medida obliga a millones de conductores a pasar por caja.
¿Estamos ante una nueva argucia para que un pingüino de despacho se llene los bolsillos usando una prerrogativa del Gobierno? Obvio que sí. Solo hay que echar la vista unos años atrás, durante la covid, cuando una jauría de comisionistas hicieron su particular agosto con las dichosas mascarillas defectuosas.
¿Estafa institucionalizada o seguridad?
Poco han tardado en florecer las primeras grietas. En este sentido, Grande-Marlaska no ha tenido más remedio que conceder un periodo de gracia ante los acuciantes casos de robos y estafas perpetrados por las grúas piratas.
Qué raro, ¿no? Al final se trata de una cuestión de prioridades. Se legisla para el mercado, no para el ciudadano (menuda sorpresa).
Existe una tendencia moderna a decir que la verdad es poliédrica. No obstante, la verdad no admite medias tintas. No existen varias verdades ni tan siquiera las medias verdades cuando el bolsillo del contribuyente es el único que sangra. La única verdad incontestable es que las balizas de posicionamiento, mientras no se demuestre lo contrario, huelen a timo del tocomocho.
Y bien, este es el hiperrealismo y la vanguardia de un país que te obliga a estar conectado por satélite mientras no puede garantizar que te asalten en cualquier cuneta de mala muerte.
La confianza en las instituciones se rompe cuando la norma no emana de la lógica, sino del interés. Por eso, en el mercado de la seguridad, el miedo es la divisa y el usuario el botín.
Tenga usted cuidado entre tanto corsario.
Gracias por la lectura y feliz lunes.
