Del ombligo

Francisco J. Fernández

Francisco J. Fernández (San Sebastián, 1967). Doctor en Filosofía. Ha sido profesor en la Universidad de Jaén e investigador en la Universidad del País Vasco. Actualmente es profesor de secundaria. Su última publicación: Lycofrón. Diario de clase.

'Childbirth', de Abraham Bosse (1633).
'Childbirth', de Abraham Bosse (1633).

Tirrín: así decía mi madre y así lo decíamos también mis hermanos y yo de pequeños, creo que por influencia del vascuence. Y, en efecto, aquel agujerito era como un timbre para escacharrarse de risa. Ahora bien, no siempre se ha sido tan delicado con esta singularidad topológica de nuestros pobres cuerpos.

Poco tiempo después de venirme a Andalucía (provincia de Jaén), estando con mi señora en uno de esos compromisos sociales a los que me lleva para que me oree, no pude menos que reparar en una conversación entre dos mujeres que andaban allí mismo contándose historias: “Yo estoy en este mundo por mi abuelo, que se empeñó en que me ataran el cordón”, dijo una, asintiendo la otra. El topijo este no fue capaz de comprender cabalmente el sentido de la conversación, así que, a riesgo de parecer entrometido, pedí explicaciones al respecto. “Pues, ¿qué va a ser?”, dijo la primera como con fastidio, “que nací muy escuchimizada y con muy mala pinta, pelirroja, además, y espeluznada, y que en casa decidieron... pues no atarme el cordón, pero mi abuelo, Dios lo tenga en su gloria, se opuso: ¡a la niña ya le estáis atando el cordón! Y aquí estoy, gracias a mi abuelo.” Pero la verdad es que soy muy torpe, así que volví a preguntar: “No atarte, ¿qué?”, incapaz de asumir que estaban hablando de eugenesia. “¡La Vística! ¡El cordón umbilical, hombre, para que me desangrara! ¡Hay que ver lo apollardado que está tu marido, hija mía!”

No salía de mi asombro. Aquellas damas añosas me estaban diciendo, con toda la naturalidad del mundo, que hubo un tiempo no lejano en que la vida y la muerte deambulaban por un cordel (años cuarenta, cincuenta, del pasado siglo, en pleno nacionalcatolicismo; no en la Esparta calipédica). Generalmente era decisión de las mujeres que habían ayudado en el parto, pero parece también que buena parte de la familia tenía algo que decir. A la madre se la consolaba luego (muy interesante esa pizca de empatía y sororidad, virtudes siempre necesarias) diciendo que el niño no había sobrevivido y sanseacabó: nadie quiere alhajas con dientes.

Después investigué y comprobé que en el Sáhara se dan prácticas parecidas, pero lo mejor es que empezaron a sonarme de otra manera comentarios que siempre había oído sin prestar especial atención: “Mi abuela tuvo doce hijos, siete varones y cinco hembras, pero solo le vivieron cinco”. Mi señora y yo tenemos pendiente ir preguntando por ahí a viejas y viejos que sepan de estas cosas, a curas, a antiguas comadronas. ¡Antropología en acción, para que luego digan de los filósofos! Me sospecho, no obstante, que no nos queda mucho tiempo.

No sé si a otros también, pero a mí siempre me dio un poco de aprensión tocarme el tirrín. Temía romperme algo, que el dedo se me perdiera por esos adentros. Ahora ya sé el porqué de aquellas angustias pueriles. Aunque el hombre sin ombligo aún perviva en mí, como decía no sé quién (quizá Borges), aunque todo un dios anudara allí el pellejo de nuestra naturaleza dividida, como leí no sé dónde (quizá en Platón), mi cicatriz, la de todos, es signo de una mano venturosa que tomó el bramante y ató el cordón.

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