Olimpia, en una imagen de archivo. FOTO: LO TANGELINI
Olimpia, en una imagen de archivo. FOTO: LO TANGELINI

Al pie del monte Cronio y en el flanco diestro del río Alfeo, en plena unidad periférica de la Élide, se alzaba Olimpia. En la Antigüedad era sede de los Juegos Olímpicos —de ahí el nombre que adoptó la competición— y de un fastuoso santuario en honor a Zeus. En la actualidad es un recinto arqueológico que ostenta el título de Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, pero desde el siglo VIII a.C. fue hogar de victorias épicas, de lucha fratricida y de batalla encarnada. Si las columnas de Olimpia pudieran hablar contarían su historia, una historia de combate. Sobre sus piedras se erigieron héroes, se coronó de laureles a los vencedores y se derramaron lágrimas con un ligero tono rosado, ese que solo la adrenalina del deporte de elite y los coletazos de la sangre son capaces de hacer brotar.

Hace menos de una semana, emergieron otras lágrimas de felicidad por Olimpia. Llevábamos días esperándola y tuvo que ser en domingo. Casi un día entero tardó en llegar. Éramos ocho almas anhelándola de cerca. En aquella sala de espera recorrimos cada palmo, aprendimos cada baldosa, acompañamos con el dedo cada dintel, jugueteamos con cada cuadro que adornaba las paredes color crema. Eran unas reproducciones de pinturas célebres del Museo del Prado: Goya, Velázquez y Murillo trataban de amenizar un tiempo que parecía no tener fin. Entre La familia de Carlos IV y La fragua de Vulcano, viajaban nuestras miradas perdidas a la espera de noticias. Recuerdo que a una de las puertas de servicio del pasillo ovalado en el que teníamos que aguardar le faltaban varias letras. Es curioso cómo la mente selecciona por su cuenta pequeños retazos, insignificantes detalles y los convierte en protagonistas. Recuerdo perfectamente las consonantes que se echaban en falta en aquel letrero de la segunda puerta a la izquierda. Las letras, los cuadros y las baldosas… mientras nacía Olimpia.

Pasaron más de diez horas, más de once y casi doce. Y por estas cosas que tiene la tecnología posmoderna, vimos antes su rostro en la pantalla que en vivo. Una imagen llegó hasta nuestros teléfonos y en ella una pequeña y ensangrentada carita llorosa. Vimos al fin sus ojos rasgados, cerrados y grandes, sus pequeños pero gruesos labios y su pelo negro. Era Olimpia y ya estaba aquí. No habíamos oído aún su llanto pero aquella fotografía parecía tener vida propia; tanto que casi la acompañaba un sollozo, el desconsuelo de quien acababa de abandonar para siempre el único hogar que había conocido. 120 minutos más tarde, al fin pudimos conocerla. Creo que nunca olvidaré el tacto de la piel de esa mano diminuta.

En aquella sala de espera de hospital, mientras imaginábamos cómo sería ella, afloraron pensamientos acerca de la eternidad. Un nuevo ser estaba a punto de venir al mundo, un pequeño milagro que nos regalaba por un instante la sensación de perpetuidad. Porque aquel 6 de octubre a las diez en punto de la noche, en aquella cuarta planta, experimentamos la felicidad completa. Esa que en un instante mágico te inunda del sabor de la victoria más épica. Aquel día aprendimos a quererte. Olimpia se alza aún majestuosa sobre sus ruinas. Desde sus restos, nos contempla la eternidad.

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