Los dueños del tiempo

Casares.

El cementerio de Casares está en lo alto del pueblo. Clavado en la cima como una veleta blanca pero libre de obedecer las órdenes del viento cuando es allí, dicen los amantes de Málaga, donde se refugian los alisios en el invierno.

El campo santo tiene a sus difuntos sembrados como las amapolas son paridas en el llano, al libre albedrío. Todos ellos asomándose, en sus silencios, a lo que acontece en la plaza de abajo por los ventanucos de mármol sepultados por claveles granas. Pasa un niño, toma café el anciano. Ladra el perro fantasma. Canela mía, ven aquí silba mi anciana bajo el naranjo.

Cantamos a dos pasos del cementerio, en una de las capillas sin santos. Cerveza, sed y taranto. Habíamos terminado de actuar y llegaron los del pueblo. Buena señal como lo es la estrella polar para los marineros. En la improvisada reunión cantamos Jeré, Alosno, Sevilla y Zafra. Perdone usté, no quiero molestarle, pero podría acompañarme con su guitarra unos cantes que dediqué a mi mare. Luego supe que ese hombre había recorrido los mismos caminos que antes había andado mi padre. El Pasarrayos y La Oscuría parecen nombres sacados del Génesis. Los míos, los nuestros, duraran lo de Matusalén.

Por favor, por mí encantao. Y el hombre, con su nombre y sus cien apellidos puestos sobre la lengua, comenzó a cantar. Lo hizo a media voz, parecía no querer despertar a diciembre, pero con ese galope nervioso de los potros nuevos. Cómo sería que mordía los tiempos de a doce y los “rageo” de mi guitarra. La mare de mi alma dejó dicho entre unos pocos versos para su posteridad.

¿Sabes una cosa? me dijo cuando la reunión volvía a tirar para Jerez con unas bulerías. Gracias porque me acabas de quitá un peso de lo alto me confesó. Callaron los arcángeles. Yo pensaba que me iba a morí y que nunca iba a poder sacá este cante pá lante. Así que gracias. Acontecían las dos de la mañana y penumbras en el punto más alto de Casares. Y el tiempo, avergonzado, corrió a esconderse de nosotros bajo las tumbas del campo santo. Mañana, tal vez, no será otro día amenazó en las negruras de su escondrijo sabiendo que muchos de nosotros no lo estábamos escuchando.