Pobreza en una imagen de archivo.
Pobreza en una imagen de archivo.

En la mitad norte de Alemania acaba de explotar el invierno en una versión desconocida, mientras en la mitad sur se compaginan tormentas de arena del Sahara, brotes primaverales, inundaciones y frío. Todo al mismo tiempo. Podría ser una casualidad, un mal año, un año raro, raruno, si no fuera porque desde hace varios las advertencias, y las evidencias, sobre el cambio climático y el aumento de la temperatura no han parado de llegar.

El acuerdo de París, de 2015, para combatir el cambio climático y poner en marcha las inversiones para un futuro sostenible va a trancas y a barrancas, mientras Filomena llena España de nieve después de tener el enero más caliente de la historia conocida y su hermana mayor, un temporal sin nombre, nos deja con cara de pasmaos tras los cristales de nuestras ventanas en Alemania.

El objetivo, y a eso vamos, era que no aumente la temperatura y mantener su aumento por debajo de 1,5 grados centígrados. Estábamos en esto cuando llegó la pandemia y empezó a quedar claro que hemos colonizado, los seres humanos, más bosques y cuevas de las que nos tocaban. Nos hemos acercado peligrosamente a animales que no lo eran cuando vivían entre ellos y lejos de nosotros, y nos hemos acercado para conseguir más madera, en lugar de reciclar lo que no necesitamos o de no necesitar lo que no nos hace falta; madera o minas o tierras para plantaciones intensivas o caminos para un turisteo sin pudor ninguno, lo mismo por tierra, por mar que por aire. Sin pudor ninguno porque hemos alcanzado una cota más en nuestra carrera por lo absurdo queriendo que los camareros sean vacunados primero. ¿Así es como pensamos las categorías de lo esencial de nuestras vidas, ir a los bares?

La falta de vacunas nos debería llevar a pensar en quienes las necesitan primero, en que la defensa de las patentes permitirá un beneficio estimado de 50.000 mil millones de dólares, después de que los Estados hayan invertido miles de millones en favorecer el desarrollo de esas mismas vacunas. Ello sin contar con las ventajas fiscales y todo lo demás. Mientras tanto, las personas se enferman y también se mueren. No es asumible que no se liberalicen esas patentes para que todas las personas puedan acceder cuanto antes a esas vacunas. África, gran parte de Latinoamérica, India, etc., vuelven a quedar olvidadas. No hablo de esos países, hablo de las personas que viven allí.

La pandemia ha parado las vidas, no las fábricas. Nuestras vidas. Hay muchas personas a las que no les queda más tiempo después de desesperarse por su desempleo, su hambre, que no tienen luz ni calefacción, que ni siquiera tienen casa. No, no es dramatizar, es la realidad de nuestras sociedades ricas llenas de muchas personas pobres. España es el quinto país más pobre de Europa; Andalucía y Extremadura las regiones más pobres de España.

Pero hay muchas personas que no saben que hacer con su tiempo, con sus vidas, con sus energías y se enfadan, se frustran, se desesperan. Les faltan objetivos, les falta espacio. Yo creo que nuestro objetivo común debería ser vivir. Vivir, simplemente. Disfrutar de nuestras vidas, algo a lo que muchos añadirían aquí el lujo. No creo. La pandemia nos está enseñando a todøs lo que es necesario y lo que no. Y la defensa del clima nos está exigiendo que definamos nuestra vida en común dentro de este mismo Planeta, que otro no tenemos.

Para salir de la pobreza energética hay que favorecer esas cooperativas con energías renovables y también la autarquía energética: un panel en cada tejado. Los anuncios con grifos abiertos y que dejan correr el agua mientras se dan el jabón deberían dejar de salir en la tele. No basta con recuperar las privatizaciones del agua, debemos aprender a manejarnos con ella. La vivienda deberá pasar a ser un derecho fundamental de primer rango. El salario mínimo vital debe establecerse y ser suficiente para vivir. El turismo se reconvertirá en un turismo mental e imaginado o de cercanía, como las hortalizas. Huertos urbanos cooperativos, supermercados cooperativos. Nuestra era expansiva ha llegado a su fin, otra cosa es cuánta resistencia presentemos, y durante cuánto tiempo, para negar la realidad.

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