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Será la sociedad la que tenga que adaptarse a las grandes organizaciones en el futuro y no las organizaciones a la sociedad en la que han nacido como ha ocurrido hasta ahora. A esta inquietante conclusión llega Jesús Manuel de Miguel en un ensayo que valió el premio Miguel de Unamuno en 1989, El mito de la sociedad organizada.

Una inversión en los equilibrios de poder que puede haberse convertido en una realidad en los últimos años que el crecimiento de las multinacionales con más fuerza, muchas de ellas, que grandes estados. Una realidad que se puede estar viendo materializada en muchas democracias convertidas en la práctica en partitocracias.

Porque son las maquinarias comerciales las que están transformando el mundo, diciéndonos lo que tenemos que comprar y como tenemos que vivir. Están logrando modelar el paisaje, cambiando el manejo de millones de hectáreas, la temperatura de todo el planeta, la vida en última instancia. Están marcando la agenda pública con los tratados de comercio y transporte. Un proceso de concentración de poder que será el motivo de colapso de diversos sectores esenciales.

Unas partitocracias en las que importa más el proceso electoral que la acción de gobierno. Unos partidos políticos, convertidos en abominables monstruos mediáticos que, en guerra permanente, tratan de condicionar el pensamiento de todos, colándose en la vida cotidiana a todas horas y resquicios. Unos partidos que se han convertido en el fin para dejar de ser la causa.

Dos procesos, dos realidades que están determinando la senda de la humanidad. Una deriva que conduce a la cristalización de la desigualdad y el calentamiento global, allanado el camino por la ausencia de sociedad y conciencia civil que sea capaz de articular mínimos movimientos de resistencia.

Todo el mundo reconoce que el poder está en cada voto, en cada pequeña decisión de compra. Pero no lo ejercemos, o peor aún, no ejercemos lo que decimos que queremos. La ley de los grandes números sentencia que la equidad apenas asoma en el recuento de votos, en los beneficios de las multinacionales. O somos míseramente hipócritas con nosotros mismos, abanderando unas consignas que no somos capaces de respaldar con nuestros actos y decisiones. Seguimos haciendo el juego a los partidos, seguimos comprando lo que las multinacionales nos ponen ante los ojos.

Esta realidad se está resquebrajando por la crisis del coronavirus. El trasatlántico más grande que existe, el del actual mandato del neoliberalismo económico tardará en virar y los efectos se retardarán en la vida cotidiana, pero llegarán, y nos encontraremos cuando levantemos la vista que el sol está en otra posición y los vientos vienen desde otra dirección. Y será una dirección a la que no queremos llegar y unos vientos que nos destrozan las velas.

Porque la hiperglobalizacion alentada por las grandes organizaciones de poder ha mostrado su lado más débil. Una economía y una sociedad sustentada en la producción y comercio mundial con grandes cadenas de abastecimiento no otorga seguridad y gobernanza. No garantiza la dignidad de los débiles. No nos está haciendo mejores.

Necesitamos que se consoliden economías que estén al servicio de sociedades duraderas y habitables. Una clave esencial es no confundir localismo con nacionalismo. Porque la autosuficiencia local es absolutamente inviable. Porque en el siglo XXI las autarquías son nocivas. Porque en un mundo interconectado los sueños de libertad y dignidad no tienen barreras.

El neoliberalismo y la agresiva globalización ha evidenciado sus vergüenzas: es insolidario y es ilegítimo. Insolidario porque acrecienta la desigualdad y deja a muchos en la cuneta. Ilegítimo porque su éxito pasa por romper todas las fuentes tradicionales de cohesión social. Esta pandemia no ha hecho sino romper un equilibrio que era imaginario, está acelerando el cambio geopolítico que se instalará en nuestros trabajos, en nuestra nevera, en nuestras vacaciones.

Tendremos que repensar cómo vivir en un mundo en desglobalizacion, considerando que es la hermana pequeña de la globalización y por eso también le sobrará gente, refugiados y países emergentes serán sus víctimas.

Tendremos que rescatar lo bueno de los últimos años, la democracia, la libertad personal, estados sólidos, servicios esenciales garantes de la vida. Gobernanza, soberanía agroalimentaria, investigación, solidaridad, seguridad, identidad, pertenencia. Trabajando juntos, avanzando, sin pausa, sin desesperar. Dijo Burke “No desesperéis jamás, y, si desesperáis, seguid trabajando”.

Ponerle nombre y apellidos, presupuesto y marco normativo a estos pilares es nuestra inminente tarea.

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