Nostalgias imperiales

Y a todo esto, por aquella época la mayor parte de la población de Andalucía vivía en la miseria; de hecho, tan solo seis años antes de la boda del emperador tenía lugar en Sevilla la famosa rebelión del Pendón Verde

01 de marzo de 2026 a las 17:52h
Las bodas de Carlos V en Sevilla.
Las bodas de Carlos V en Sevilla.

El pasado sábado, y aprovechando para adulterar de paso tanto directamente la memoria del 28F como indirectamente la del pensamiento anticolonial de Blas Infante, el Gobierno municipal de Sevilla desplegó un espectáculo para rememorar la entrada de Carlos V e Isabel de Portugal en la ciudad con motivo de su boda en 1526. Una jugada muy lógica de acuerdo con el imaginario simbólico de buena parte de las élites político-culturales españolas. No en vano, para el filósofo exfalangista católico ateo de camisa azul Gustavo Bueno, España, antes que ser nación, y por encima de serlo, fue imperio, y en dejando de serlo pasó a ver amenazada su mera existencia.

Sin embargo, y respecto al personaje que nos ocupa, Carlos V llegó a Castilla sin saber ni una palabra de castellano (su lengua principal no era la materna por Juana I de Castilla, sino el francés) y difícilmente podría haber sido más impopular, en buena parte porque su corte, formada por borgoñones y flamencos, “cayó sobre el país como una plaga de langostas, apropiándose de todas las rentas, cargos y dominios que se movían”, en opinión del historiador Óscar Calavia.

Rebautizado siglos después por la doctrina del nacionalismo español con el suplemento de “y I de España”, debemos esta españolización del emperador al filólogo Ramón Menéndez Pidal. Ya su tío abuelo Pedro José Pidal y Carniado fue el ideólogo de lo que se conoce como Plan Pidal, uno de los primeros programas educativos en los que se contemplaba la historia como asignatura fundamental para instilar la identidad española, implementado en 1845, en los primeros momentos de la enseñanza obligatoria. Pidal y Carniado, primer marqués de Pidal, fue antecesor de Ramón en la presidencia de la Real Academia de la Historia, dado que la llamada Historia de España ha estado tradicionalmente en manos de muy pocas familias. Ramón, precisamente con su Historia de España, se convertirá en el último gran eslabón de una cadena cerrando un círculo que comienza en Alfonso X, cuyas crónicas reordena y contextualiza. Se produce así una peculiar tautología mediante la cual un historiador del siglo XX escribe basándose en una historia construida por otro del siglo XIII que a su vez él mismo ha reescrito.

Hasta antes de Pidal, los estudiosos habían dedicado escasa atención a la carrera del citado emperador. En el momento de la creación de este concepto, el conspicuo filólogo se encontraba en Cuba, huido del Madrid republicano durante la llamada guerra civil española. Allí impartió una conferencia, que luego se convertiría en texto, titulada La idea imperial de Carlos V, bajo la teoría de que el mandatario se habría españolizado a toda velocidad tomando sus ideas de imperio universal de fuentes peninsulares que entroncaban con la tradición política de Isabel la Católica. La única prueba esgrimida era una muy tangencial anécdota según la cual el obispo de Badajoz había dicho en 1520 durante una reunión de las Cortes en A Coruña, ante el propio Carlos, “Este reino es el cimiento, el soporte y la fuerza de todos los otros”, como si el obispo fuera el portavoz del emperador (que no lo era), el reino fuera “España” (obviamente se estaba refiriendo a Castilla) y todos los otros fueran sus dominios alemanes. Uno de los discípulos de Pidal, Antonio Tovar, vinculado por entonces a Falange, desarrolló su conferencia en el libro El Imperio de España, publicado en 1941, y tanto Pidal como sus epígonos continuaron puliendo y sacándole punta a la tesis revisando el episodio del saqueo de Roma, inventando una falsa continuidad entre la conquista de Al-Ándalus y la guerra contra el Imperio turco en Austria o difundiendo la idea de que el castellano (rebautizado como español en el siglo XX) había sido la “lengua común de la Cristiandad y el lenguaje oficial de la diplomacia” imperial (realmente eran el italiano, el latín y el francés).

Estamos ante un imaginario mundo de gloria imperial que nunca existió, dado que el imperio fundado por Carlos V fue siempre un heterogéneo conjunto de territorios heredados por una familia; tampoco existía un reino de España sino un conjunto de ellos y ni siquiera hubo proyecto deliberado alguno de conquista en Europa para ponerla bajo dominio de un solo emperador católico. El imperio no era sino una vasta empresa multinacional encabezada por comerciantes italianos, banqueros alemanes e intermediarios varios. Carlos V pasó la mayor parte de su vida fuera de la península Ibérica, se veía a sí mismo como un extranjero en ella y muy raramente se expresaba en castellano.

A pesar de contrastar con la visión historiográfica del resto del mundo, las tesis de Menéndez Pidal han sido las que han triunfado en el actual reino de España debido a su prestigio personal, a que presidió las dos Reales Academias clave de la Historia y de la Lengua y a que la difusión de sus concepciones coincidió con la expansión de la educación obligatoria, la industria editorial y los medios de comunicación de masas, todos ellos consolidados durante el período franquista.

La mayor parte de la soldadesca carolina era de origen no ibérico. En la batalla de Nördlingen solo lo fue la quinta parte, en Lepanto menos de un tercio y en San Quintín no más de la décima parte; en los famosos tercios, nunca más de la quinta. “No estamos ante la historia de España, sino de Europa”, como explica Miguel Anxo Murado López en su libro La invención del pasado. Las tropas imperiales que saquearon Roma en 1527 estaban compuestas en su mayor parte por mercenarios alemanes, muchos de ellos luteranos, y capitaneadas por un francés. Entre los principales comandantes figuraba el conde de Egmont, y el capitán más famoso fue Alejandro Farnesio, nieto de Carlos V, nacido en Roma de una princesa flamenca y un duque italiano. Obsérvese que el nacionalismo de Estado bautizó con el nombre del citado capitán a una unidad de la Legión española, con sede en Ronda.

Y a todo esto, por aquella época la mayor parte de la población de Andalucía vivía en la miseria; de hecho, tan solo seis años antes de la boda del emperador tenía lugar en Sevilla la famosa rebelión del Pendón Verde, protagonizada por las clases populares y ahogada en sangre por la autoridad. En suma, el imperio que hoy llamamos español era muy global y si quienes hoy llamaríamos españoles tuvieron más de un siglo para luchar por él, el motivo lo resume la copla atribuida a Cervantes:

“A la guerra me lleva
mi necesidad;
si tuviera dineros
no fuera en verdad”.

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