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En el plano personal, en el del día a día, el de andar por casa, creo que no hay nada que me dé más vergüenza que molestar a quien aprecio. Es terrible ser una pesada. Quien te toma por pesado, te desprecia. Quien te aguanta, te aborrece. Es lo último que desearía provocar en alguien a quien quiero en mi entorno. Sin embargo, es un auténtico placer de dimensiones inabarcables molestar a quien creo miserable o, simplemente, gilipollas. Sobre todo molestar sin esfuerzo, sólo siendo yo misma en todo mi esplendor. Debo decir que incomodar y molestar a mis antagonistas hasta el punto de que se les note y pierdan la compostura, sencillamente, me pone. Y conste que nunca busco el conflicto, que es muy, muy difícil cabrearme —ya es difícil llamar mi atención en absoluto—, que soy persona pacífica, pero no diré que quien me busca mucho no me encuentra nunca; sería mentir.

En un plano más general, no tan de andar por casa, meto mis pies en el fango que conforma la política de este país y de esta Europa llena de jirones, y observo, perpleja, a toda persona que se queja del sistema en redes sociales, en charlas con los amigos, en bares y en terrazas, en la escuela y el trabajo…, pero que dice a viva voz que no irá a votar. Esas buenas gentes que dicen que el sistema es corrupto, como quien descubre las Américas, y que votar es seguirles el juego.

Si votar es seguirles el juego, ¿por qué hacen tantos esfuerzos por dejar fuera al electorado que está en el extranjero?

Seré breve.

Para ser sincera, leo a poca gente que dice claramente que se abstendrá de votar este domingo porque está desencantada con todo. Les sugeriría, humildemente, que acudan a las urnas y realicen un voto nulo en lugar de ausentarse por completo. Creo que lo más necesario ahora es votar sin miedo y fiándonos de lo que nos digan las entrañas y no tanto los amigos o los enemigos. Pero ausentarse por completo es hacerles un favor a los psicópatas mafiosos de siempre. Mejor molestarles. Mucho mejor. Es más que evidente que lo primero que aprovechan es la ausencia de quienes han tenido que huir del país por esta guerra económica. Los anulan y les impiden ir a votar porque esa ausencia en las urnas les viene de perlas.

¿Por qué vas a ser cómplice de tu propio verdugo, pudiendo decir "no estoy de acuerdo" en lugar de guardar silencio sin más? El voto nulo se registra como “estoy aquí y no me gustas”, mientras que tu ausencia se registra como “continúa, no te preocupes por mí”. Si no estás de acuerdo con el sistema tienes tres opciones: las urnas, la violencia —aquí incluyo la violencia sobre uno mismo, por ejemplo la huelga de hambre— o la resignación. Si no vas a votar, y no sales a la calle a modo revolución, lamento decírtelo: eres un resignado. Serás un resignado muy digno, pero un resignado.

Piensa que tu presencia, aunque sólo sea testimonial para entregar un voto nulo, cuenta más que tu aceptación silenciosa. Todos hacemos más por nuestra sociedad votando que quedándonos en el sofá. Nunca querría convencer a nadie de una idea hasta el punto de sentir que colonizo a otro con lo que yo creo más correcto, no lo encuentro adecuado a mi propia persona... Pero si supieras cómo se sufre fuera de casa, a kilómetros de los tuyos, recibiendo racismo, tragando clasismo, pasando miseria y seleccionando la información que ha de llegar a los que se preocupan por ti..., si supieras la rabia que da saber que te roban el derecho de votar sin siquiera tener el pudor de hacerlo disimuladamente..., dudo tanto que te quedaras al margen de esta pelea... Te pediría que el domingo fueses a votar lo que quisieras, desde el instinto, con agallas y convencido de que, incluso aunque sea nulo el voto, estamos aquí para ejercerlo. Eso sí les molesta. La abstención es hacerles la vida aún más fácil a esos que están encantados de que tú solito te tatúes la maldita mordaza.

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