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Ayer por la mañana iba por Sevilla en un coche que no era mío. Me habían citado en una zona de la ciudad que no pisaba desde hacía unos años. Los recuerdos se me agolparon en la retina dejando atrás el estadio Benito Villamarín, un hotel de lujo con un nombre extremadamente pretencioso y un solar apaleado… Ah, vale, es aquí. Con este cambio de aspecto, casi no reconozco la calle. Una se pone a pensar en el pasado, y en cómo las cosas caen por su propio peso, al observar ese descampado disfrutar de la merecida catarsis.

Voy a contarles una anécdota de mi primer año de estudios en la universidad. Es a la que más recurre mi memoria. La primera que me golpeó al bajar del coche.

Estudié en la universidad pública, en Sevilla, y aunque a ratos pienso que el resultado práctico de aquellos cinco años no es el que había soñado, la experiencia personal fue inmensa. Tantas vivencias, tanta gente, pasando por tu vida cuando aún eres demasiado joven o demasiado inexperto como para apreciar el detalle, o como para observar lo que de verdad es relevante a tu alrededor —a menudo las cosas más sutiles—, que te descubres a ti misma, años después, repasando mentalmente un segundo, una frase, una emoción que en su momento se te quedó grabada aunque nunca pensaste que la fueses a recordar tan nítidamente unos diez años después.

Durante mis dos primeros años de universidad, estuve en una —yo diría atípica— residencia de estudiantes. Me rodeaba gente de todo tipo, pero con algo en común: gente con padres que se gastaban una pasta importante al mes en pagarles aquella carísima estancia en la ciudad. Teníamos chofer que nos llevara a la facultad y un pelotón de señoras de la limpieza —porque eran señoras y limpiaban— una vez por semana. Lo del chofer me parecía un lujazo, pero lo del servicio de limpieza nunca me convenció... Soy más de apañármelas yo sola con mis cosas, gracias.

Aquel sitio estaba lleno de niños de papá, yo incluida. La gran diferencia con respecto al resto, sin embargo, era que a mis padres les costaba mucho más consentirme que al resto. Una es hija de la working class y se ha enterado cuando ha tenido un capricho y ha tenido que ganárselo a pulso, porque necesidad no he pasado en mi vida. Como digo, la diferencia estaba en el contexto: uno de mis compañeros, así como ejemplo práctico, era el hijo del dueño del hotelazo de nombre pretencioso que estaba justo al lado de la residencia. El chico no vivía en la mejor habitación del hotel porque en la residencia se lo pasaba mejor que bien, simplemente. Obviamente, mis padres no me habrían podido ofrecer una suite —y de haber podido, no lo habrían considerado adecuado—. Me consta que hay muchas cosas que mis padres han podido darme y que no me han dado porque eso habría hecho de mí una arpía consentida, y no saben hasta qué punto les agradezco el buen criterio. No soporto a las arpías consentidas ni entiendo a quien las aguanta, ni aunque sea por un buen polvo —cosa poco probable, aunque de sexo ya hablaremos en otra ocasión—.

Mi recuerdo es que en aquella residencia la gente vivía en una resaca eterna de ego, sexo fácil, drogas y un tipo de música que no le llegaba a la suela de los zapatos al rock n' roll.

Pues aquel día subí al minibús de la residencia. Sólo dos personas lo habíamos solicitado a esa hora. Esperamos, el chofer y yo, a que el otro chico apareciese, pero como tardaba la vida y no respondía al teléfono, decidimos salir de allí sin él, con el tiempo justo para que yo no llegase tarde a clase.

 No soporto a las arpías consentidas ni entiendo a quien las aguanta, ni aunque sea por un buen polvo

Hacía un día soleado; nada demasiado extraño en Sevilla. Yo llevaba unas gafas de sol que no escondían del todo mis ojos. A aquel chofer le gustaba una charla como al que más. A mí siempre se me ha dado fatal mantener conversaciones con gente con la que no tengo confianza personal o intimidad. Normalmente, si no estoy implicada emocionalmente con la persona que me habla, no suelo tener interés por contar nada, y casi que tampoco por oírlo. No me gusta hablar con los taxistas, con el recepcionista, con el peluquero, con el camarero... Son gente que están ahí para atenderte por trabajo, y quizás tengan facilidad para la verborrea, pero en el fondo les importa poco menos que un carajo lo que usted les pueda contar. Créanme. Como mucho les dará para un buen twitt.

Me gusta hablar con los libreros, y con los maquilladores. Qué sé yo...

Este buen chofer era un puro desastre. Era un señor de unos cincuenta años. Se le notaba mucho que se le iban los ojos a las curvas de tanta niña de diecinueve, y no lo compensaba con ingenio. No tenía el don de la oratoria, simplemente no sabía estar callado. A mí me hacía gracia que me llamara siempre "mi arma", yo que creía que aquello era un tópico... Pero aquel día de sol, cuando salí de allí por primera vez a solas con él en aquel minibús, comprobé que sí sabía mi nombre. De repente se me quedó mirando y me dijo "Tienes cara de estrella". Aunque me pareció todo un halago, le dije que era efecto de las gafas. Él se rio y negó con la cabeza. Entonces pensó bien cómo decir lo que quería decir, quizás por miedo a que otras personas se pudieran ofender si les llegaba el comentario, y me dijo "No, pero tú tienes algo. Tú miras a los ojos cuando hablas". Me pareció demencial que destacase algo tan básico, sobre todo porque daba a entender que quien no lo hacía escondía algo o mostraba rechazo. Indirectamente, se estaba quejando de que entre todo ese poderío no había nadie que se dignase a mirarle a los ojos. Por eso me hizo pensar y me hizo observar desde aquel día... Ahora me resulta obvio. En China es un gesto de agresividad clavar la mirada en los ojos del otro, pero aquí debería ser el mínimo gesto de cortesía. ¿Cuántos de los residentes le hablarían sin mirarle a la cara? Pues debían de ser muchos para que yo y mi discreción destacásemos algo. Lo trágico es que, al final, el mundo está en manos de estos cachorros incapaces de ponerse en la piel del otro. Incapaces de mostrar respeto porque es de buena educación.

A mí me parece un gesto de penosa educación no mirar a los ojos de la otra persona cuando se tiene una conversación, y no se hacen ustedes una idea de cuánta gente evita mirar a los ojos al hablar a quien consideran inferior. ¿Han visto la entrevista de Risto Mejide a Ágata Ruiz De la Prada? Yo no paré de acordarme de este entrañable chofer el día que la emitieron.

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