Quizás los años hacen la vida más dura y las sorpresas menos sorpresas, pero la mayoría se pone la careta, por tradición o por lo que sea. 

Hay épocas en las que se nos presupone felices o que son de fiesta y celebración. Hay épocas del año que para algunos son momentos de amargor extremo porque todo el mundo es feliz, y se suma la tristeza intrínseca con el contraste de tu estado y el del resto. Las navidades suelen ser unos días de colorido, regalos, reuniones, desinhibición en el trabajo, encuentros dilatados en el tiempo... una alteración, para bien o para mal, de nuestro día a día.

Hay quien la disfruta mucho, pero hay quien está deseando que termine. El Corte Inglés, y el consumismo en general, se han encargado de que dure demasiado. Se ven adornos y luces cuando aún no llevas ni dos mangas. De más leve a más grave, hay auténticos detractores de estas jornadas.

Compromisos familiares, laborales e incluso de amistades. No es que todo el mundo sea un rancio antisocial y antipático, es que durante casi un mes hay que socializar en exceso y puede que no todo el mundo esté acostumbrado. Quizás sean cosas de la edad o de una personalidad puntual, pero todo tiene un punto de saturación. Y compartir “tiempo de calidad” -horrorosa expresión- con gente con la que no lo haces normalmente es algo muy delicado.

Economicamente es devastadora, ella, la Navidad. Regalos, comida, vestidos, trajes, viajes, etc. Para un trabajador medio es la ruina. Según algunos políticos ya estamos saliendo de la crisis -los sinvergüenzas, con toda la cara del mundo-, y nos podemos permitir gastar un poquito más. Pero la realidad es que hay familias que se ven obligadas a comprar, porque viven en una sociedad en la que puede ser peligroso destacar por exceso o por carencia. Y porque la democracia nos hace iguales a todos, supuestamente, pero es muy jodido ser menos que alguien por tener menos. También nos alienamos un poco y pensamos que la tarjeta de crédito a la que estamos quemando la banda magnética con la fricción, se recuperará sola al terminar todo esto. Que todo ha sido un precioso sueño.

Las luces, los fuegos artificiales y las celebraciones suelen esconder melancolía. Maniobras de distracción de oro y grana. Porque el niño que está en la cuna en una cruz morirá. Y todo tiene un sentido macabro, un trasfondo filosófico y vital de la existencia. Vida y muerte. Alegría por un parto y una natividad que pueden recordarnos a los que no están aquí, a los que ya se fueron y, tan cruelmente, nos hieren con su ausencia. Dejan un hueco en la mesa y al final de la noche sobra más comida.

Quizás los años hacen la vida más dura y las sorpresas menos sorpresas, pero la mayoría se pone la careta, por tradición o por lo que sea. Es casi obligatorio disfrutar la Navidad y los hay verdaderamente felices. En mi caso, mis hijos me han devuelto, en gran medida, la ilusión. Los padres vivimos de nuevo algunas experiencias a través de los ojos de nuestros hijos, con un componente nostálgico bastante triste, en el fondo, pero con la alegría que te proporcionan las cosas que no volverás a vivir de la misma manera pero que sabes que disfrutaste.

La Navidad es un experimento sociológico en el que los felices son más felices, los tristes más tristes, los pobres más pobres, los ricos más ricos, los niños más niños, los viejos más viejos y los que ya no están, están.

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