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Como el vendido, la naranja procura agradar al paladar de todos, y por eso se camufla. Menos mal que tras el desahogo, la úlcera mejora.

Acabo de descubrir que la naranja es uno de los principales elementos a evitar si se padece una úlcera de estómago. Por lo visto, lo importante en estos casos es que el tubo digestivo no aumente el pH ácido, un compuesto que está muy presente en ciertos cítricos como ella. Y como el eureka nunca viene solo, acabo de percatarme también de que existen muchas formas de experimentar el temor. Una de las que considero más espeluznantes es el desconcierto. Es una manera de vivir el miedo a caballo entre la estupefacción y la anodinia. Quizás ahí es donde radique su peligro: en la aparente calma chicha que precede a la tempestad. No sabes de dónde vendrá el próximo golpe y eso te paraliza. Desde hace tiempo sufro de desconcierto y hasta hoy me había resistido a compartirlo con mi buen lector por entender que no debo molestarlo con asuntillos que no poseen excesivo interés —como las variedades de apio que hay, la programación de Telecinco o Albert Rivera—. Hasta hoy. Sentir miedo ante lo incomprensible no es ninguna sorpresa, aunque a mí me están pudiendo el temor y el asco a partes iguales y siempre es conveniente —por el bien de las futuras úlceras— pararse a escupirlo un poco. 

Hay miradas que irradian frialdad, equidistancia, ambigüedad. Y atemorizan. No provienen de ojos color naranja —como los de cierto guerrero animado que tocaba la lira—, pero afectan a la boca del estómago como si lo hicieran. Son aquellos capaces de negar a su madre por un traje de marca y un cargo de postín; los que no se sienten especialmente orgullosos de sus principios y por eso no dudan en cambiarlos por otros más rentables llegado el momento oportuno; aquellos que aguardan agazapados el instante de asestar el golpe mortal, justo tras haber lanzado arena a la cara del contrincante. Son los vendidos. 

Cierta calaña de vendidos —esos que nos dejan los ojos como platos y el desconcierto como único escudo— no titubean a la hora de utilizar a su antojo a los demás. Poco les importa que se trate de niños hambrientos, de enfermos sin recursos o de víctimas del maltrato. Lo que cuenta es trepar y salir bien en la foto. Ante ellos, solo cabe el estupor, la cara de póker y la pose defensiva. Por eso, un vendido puede hablar de usar a las mujeres como instrumentos de reproducción y quedarse tan pancho. Y tal vez, hasta creérselo. Pero no teman, unos días más tarde sostendrá con similar vehemencia todo lo contrario. En aras de la concordia, del saber estar y de Emidio Tucci.

¿Ha intentado alguna vez hacer naranjada en un robot de cocina sin pelar antes las naranjas? No se lo recomiendo. El amargor del mejunje resultante no lo arregla ni todo el azúcar de caña que hay plantado en Cuba. Pobre naranja; nadie la avisó de que no debía intentar poderlo todo. Es una fruta osada, ácida en su humor y en sus raíces, un ser que intenta combinar con todo, servir a todos… pero fracasa. No es que no haya gente que le dé un voto de confianza, es que a veces pretende estar en todas las salsas. Y desconcierta. Como el vendido, la naranja procura agradar al paladar de todos, y por eso se camufla. Menos mal que tras el desahogo, la úlcera mejora. Ya les dije que no pensaba hablar de Albert Rivera.

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