"No sé si la educación puede salvarnos, pero no sé de nada mejor". Me cuesta decidir si esta frase del escritor Jorge Luis Borges es más lúcida que sencilla o más sencilla que lúcida. Pero da igual. El caso es que no podía estar más acertado cuando la pronunció. Aunque su época fuera otra, podemos coincidir con él, aun en pleno 2026, en que la educación es lo único a lo que asirnos para ser libres. Vivimos tiempos convulsos, de guerras más obscenas que nunca, de inteligencias menos humanas y estupideces más artificiales, de muchos libros publicados y pocas lecturas, de mucho hablar y de no saber ni querer escuchar.
Uno de los mayores logros de las sociedades recientes ha sido sin duda la democratización de la enseñanza. Lograr que los hijos e hijas de la gente obrera recibieran formación gratuita y de calidad es la mayor satisfacción que podemos tener como ciudadanos. Como ocurre con la sanidad pública, con la igualdad ante la ley, con los derechos sindicales, con las gestas feministas, el peligro radica en no valorar la importancia de lo conseguido, en dar por sentado lo conquistado. Estos días pensaba en ello cuando leía sobre la polémica decisión del gobierno de Jorge Azcón. El presidente en funciones de Aragón, con presupuestos prorrogados y pendiente de pacto en su ejecutiva con la ultraderecha, ha resuelto incluir los conciertos del Bachillerato para el próximo curso. La iniciativa ha provocado reacciones en contra por los efectos que puede traer en cuanto a vulneración de la equidad en el derecho a la educación.
Los conciertos no se justifican cuando la red pública garantiza el acceso equitativo a una etapa formativa no obligatoria y cuando, además, la escuela pública sufre importantes carencias de personal e infraestructuras que están muy lejos de solventarse. Por si fuera poco, en la comunidad autónoma aragonesa existen actualmente más de 2.500 plazas de Bachillerato sin ocupar en centros públicos. ¿Por qué incrementar entonces con fondos de todos las arcas de la concertada? Muy sencillo; tanto como la sentencia borgesiana: por la libertad. La libertad de algunos padres y madres a decidir que sean los impuestos del estado los que financien su derecho al esnobismo. Y la cosa va más allá: la maniobra es mucho mayor. Se trata de adelgazar hasta lo raquítico a la escuela pública, maltratándola, infrafinanciándola, abandonándola… hasta conseguir que sea peor, que realmente solo pueda ser peor, y se justifique así el derecho de los padres y madres a que todos les paguemos a su progenie una educación privada mejor. Un plan sin fisuras.
Lo mismo están haciendo con la universidad pública, con los hospitales públicos, con los centros de salud: empobreciéndolos vilmente para justificar después la necesidad de privatizarlos. Es un juego macabro en el que, como siempre, somos los pobres quienes más perdemos. Y hay pobres dispuestos a volver a votar a los miserables. De nuevo pierde el hijo del obrero y la hija del campesino. De nuevo, solo la educación podría salvarnos, si fuéramos capaces de seguir entendiendo a Borges.


