Dos sacerdotisas acompañan a lo que parece ser un Dios venido de muy lejos. Al menos, su cabeza cuadrada coronada de cuernos no es de este mundo.

“Esa moneda, según me contó mi amigo Bartolo, tiene como unos dos mil años”. “Se la puedo dejar, y porque es para usted señorita y me ha caído en gracia, en diez euros y eso que según él no se suelen ver mucho por aquí”.

El viejo desdentado aún no sabe que ella no regateará el valor de aquella moneda romana y menos frente a los muros de la Alhambra. Hace cinco largos años que no pisa su ciudad y nada -y menos ella- va a abaratar aquel momento que lleva deseando desde hace tanto tiempo. “Me parece bien” sentencia. “¿Y sabe usted alguna cosa más?”.

El anciano, fiel a su trama y al papel de comerciante, abandona el puesto que tiene enclavado en uno de los puentecillos que sobrevuelan el Darro y coloca ceremoniosamente su taburete en el sol frente a un torre en ruinas con la intención, parece ser, de hablar durante siglos.

“Las encontró mi padre, que Dios lo tenga en su gloria, cuando yo era un niño. De eso hará ya como unos setenta años”. El viejo señala con la punta de sus dedos los ojos de la mujer. “Justo ahí. Ahí las encontró”. Le saca una sonrisa a la joven. “Mi padre estaba cavando un boquete para plantar una higuera y ahí, justo detrás de usted y a dos metros del torreón, encontró la bolsa con las monedas. Entre ellas.., la que usted se va a llevar. Si se da la vuelta podrá ver la higuera que plantó”.

En la otra cara de la moneda, una mujer de plata vieja agacha el rostro ante el peso de unas inscripciones que parecen latinas aunque no hay nada que me detenga a decir lo contrario. Puede ser tal vez un hombre, con el tocado griego, rememorando una batalla.

“Lo curioso es que todas las monedas de la bolsa eran distintas, digo de tiempos diferentes, hasta los Austrias. No hay ninguna que se acuñara después del mil seiscientos”. Con un leve movimiento de la cabeza Invita a la joven a seguir estudiando las monedas que tiene expuestas en la mesa de playa. “Sé lo de los Austrias por mi compare Bartolo. Él era bueno para los estudios. Mi padre, de hecho, se murió sin saber lo que tenía.., y eso que las tuvo guardadas en un cajón de su mesita de noche durante toda su vida. Alguna que otra vez, siempre en días de temporal, le daba por sacarlas y contarnos su historia de la higuera, de reyes cristianos y de sultanes moros”. Un ruidoso grupo de chinos interrumpen la conversación. “Al final, y eso que somos nueve hermanos, me las dio a mí porque era el único que seguía escuchando sus historias”. De repente el viejo deja de hablar. “Y usted qué historia tiene” le pregunta sonriendo a la joven sin esperar una respuesta.“Nadie de nosotros tiene historia. Tenemos solamente Presente” sonríe la muchacha de espaldas al sol. “No se lo tome a mal pero no me interesa el presente. Lo encontré desde siempre muy aburrido”. La piel curtida del anciano brilla desafiante ante la mirada de los turistas que se detienen a observarlo. “¿De dónde es usted?”. La mujer se extraña de su propia curiosidad. “Yo de ahí. Mi madre me parió bajo la higuera en el treinta y cinco”. “Tiene usted mucha suerte de haber nacido bajo los pies de la Alhambra”. El anciano, comido por el Tiempo, deja el taburete y se acerca lentamente a la mujer. La tiene a un paso. Huele a Granada pero sus ojos están vestidos de otra ciudad que todavía no logra adivinar. “Tome la moneda. Se la regalo pero con una única condición”. “¿Cuál?” acierta a decir la joven. “Que cuando se encuentre usted triste piense o intente pensar que el Presente no existe”.

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