¡Mujeres y sindicalistas! El machismo que se nos escapa

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Miembro de la Asociación de Hombre Igualitarios de Andalucía. (A Rocío siempre, antes, después y luego)

Una imagen que representa el machismo que sigue existiendo en una sociedad desigual.
Una imagen que representa el machismo que sigue existiendo en una sociedad desigual.

Creo en la igualdad entre hombres y mujeres, en la existencia de desigualdades, en la violencia de género como un resultado de estas, de la división sexual del trabajo, y en la primacía de una sociedad que a los hombres nos asigna unos roles de poder y a las mujeres otros de subordinación.

Siendo consciente de ello trabajo por apartarme de mi masculinidad, de esa forma de entender el mundo en la que me han socializado, y que de buen grado acepte, de la idea de superioridad sobre las mujeres, y de todos esos aditamentos que los hombres llevamos incorporados desde antes de nacer.

Pertenezco a una asociación de hombres por la igualdad de género, promoví un grupo de reflexión de hombres por la igualdad en la empresa donde trabajo, opino habitualmente sobre masculinidad, hombres, igualdad y feminismo en medios de comunicación digitales, intento ser coherente con esta forma de pensar, y me considero lo que ahora se llama un hombre igualitario, aliado, hombre por la igualdad, o para muchos otros un “plancha bragas”.

Pienso que los hombres como colectivo y género somos los principales responsables de la existencia de un sistema, una cultura, unos símbolos, una sociedad, una forma de pensar, hacer y ejercer la política, la economía, la historia, las artes, la cultura, las humanidades, que tiene como consecuencia y fin el mantenimiento de una realidad desigual, donde los hombres ostentamos los privilegios.

Me horroriza la violencia de género, mientras nosotros seguimos diciendo que no todos somos iguales, que no es justo generalizar, que si las feminazis, o tenemos la poca decencia de afirmar que feminismo y machismo son lo mismo. Podría decir según todo lo anterior que hay momentos en los que llego a pensar que no soy un hombre machista.

Pero no es así, lo soy, y lo explico con un ejemplo que demuestra lo profundo de nuestro machismo, y todo lo que nos queda por caminar.

Trabajo en los recursos humanos de una gran empresa, donde negociar y acordar con la representación sindical forma parte de mis tareas, y hace unos días cuatro compañeras sindicalistas estuvieron en mi puesto de trabajo para firmar el acta de unos acuerdos que habíamos alcanzado.

No tardaron los comentarios “graciosos” de compañeros de trabajo, como, “vaya tela, cuatro mujeres en tu despacho”, acompañados de esa habitual sonrisa cómplice que los hombres usamos cuando desde la superioridad nos referimos a las mujeres. Yo simplemente los ignoraba, e intentaba explicar el motivo de su presencia.

Al final de la jornada cuando me encontraba junto a la fotocopiadora, un joven compañero se acercó y me hizo el mismo comentario, acompañado de su sonrisa, pero en esta ocasión no reaccioné igual, y lejos de todo lo que he escrito, con ironía, complicidad y cierto tono burlón, contesté, “MUJERES Y SINDICALISTAS”. De este modo además de dejar ver un pensamiento claramente reaccionario, reafirmaba mi pertenencia al mundo de los hombres, participando de esos cotidianos comportamientos que son los micromachismos.

Son actos del día a día de los hombres que la sociedad acepta como algo normal y sin maldad, a los que no damos importancia, pero que en realidad forman parte del sostén de toda esa estructura de normas que conforman una cultura violenta y machista, que no tienen otro sentido que relegar a las mujeres a un status inferior, de inutilidad y poca valía, de personas complejas y complicadas, difíciles de comprender, sensibles a la emoción y al llanto, al tiempo que las ridiculizan y sirven de mofa. Es la red, los hilos de esa tela de araña en la que quedan atrapadas las mujeres, y hace posible la desigualdad.

Manifestaciones que nos demuestran a los hombres lo difícil que es desprendernos de nuestro machismo, y los cómodos, por muy igualitarios que nos llamemos, que nos sentimos cuando damos rienda suelta a nuestro interior y nos comportamos como “hombres de verdad”

Son también una razón más para entender el porqué de la desconfianza del feminismo hacía nosotros, y otro motivo para hacernos reflexionar.

 

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