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Con el ya repetido tema de Cristina Pedroche en las pasadas campanadas se me ocurren muchas preguntas. Éstas van desde el patriarcado, la moralidad, la estética, la belleza, la libertad hasta las reivindicaciones individuales. Son muchas las mujeres que me dicen que nadie debe juzgar su derecho a salir en televisión como le venga en gana o a trabajar en según qué puesto de trabajo con una estética determinada. Y hay otras que piensan, sin embargo, que esa libertad, la de salir con ese modelito, aunque le caiga rematadamente bien, según los vigentes cánones de belleza, nace de un sentimiento moldeado por la educación machista y el patriarcado, sin que ella misma se dé cuenta de su error al lucirlo.

Lo que sí es del todo cierto es que el debate hace tan solo un siglo hubiera rondado solo en el componente moral. La iglesia católica mandaba mucho y nuestros pensamientos más severos hubieran sentenciado que la madrileña tenía un sitio reservado junto a Lucifer, al lado de las chicas más malvadas. Me alivia pensar que el debate, ya casi —aún quedan muchas luchas— está derivando más hacía la decisión de la mujer y no en lo que piensen los hombres o la religión sobre ellas.

Pero se me abren algunas cuestiones: ¿una mujer que no se adaptara al canon de belleza actual daría las campanadas en ese contexto? Me refiero a la delgadez y a su bello rostro. Su acompañante, por el contrario, Alberto Chicote, solo fue contratado por su profesión y notoriedad. Para que engañarnos, no es un Adonis, el hombre no es dado a hacer maratones.

Por otro lado, el ser humano, ¿debe revisar las modas imperantes, en su búsqueda incesante de la belleza, para conseguir una sociedad más justa? De sobra es conocido que en nombre de la belleza se sufre, y por supuesto mucho más ellas que nosotros. Revisen a las distintas culturas: depilaciones, pies atrofiados para tener menos tallas, maquillaje, velos, tacones que dan dolor de espalda, corsés, etcétera. Piensen en las distintas formas de encantar al hombre a lo largo de la historia. Y observen como el sacrificio que han hecho siempre es superlativo. A mí, salvo el castigo del nudo de la corbata en la boda de mi cuñado, no se me ocurre nada que moleste al varón, en su estética, para seducir ahora a una mujer. Siempre las jodidas han sido y son ellas. Y observo que cuanto más libertaria es una mujer, más cómoda va.

Pero es aquí donde no consigo dar con la tecla. Esos tacones y esa tortura china al darse, por ejemplo, la cera depilatoria, pueden verse desde dos puntos de vista: el más emocional o el más lógico. El primero alude a las emociones y, por lo tanto, es más primitivo e instintivo. Y el segundo lleva instalado mucho menos tiempo en nuestro cerebro y es el que, sin lugar a duda, boicotea todo instinto fanático. No consigo saber qué parte del cerebro se encarga de esta cuestión, el de la moda. No sé la deriva que tomará el mundo, pero creo que nuestras hijas, hermanas y compañeras, en cien años, no se torturarán poniéndose tacones que dañan la columna vertebral para llegar a casa reventadas. Es tu decisión pensar de donde viene la libertad de Cristina Pedroche, al ponerse ese vestido, o pensar en si las modas las hacemos nosotros o vosotras. Y si en la Puerta del Sol, a dos grados centígrados, no merece la pena dar las campanadas con la misma comodidad y abrigo que el cocinero con sobrepeso… Tú decides. Para gustos colores.

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