¿Por qué será que mentimos tanto? Este verbo intransitivo —el que miente no “miente algo” sino a alguien— tiene multitud de sinónimos y eufemismos, tantos como formas posibles hay de lanzar un embuste. Dejando a un lado a quienes padecen la patología de mentir compulsivamente, lo cierto es que los estudios psicológicos sobre este campo apuntan a que en un solo día somos capaces de formular desde 4 hasta 200 falacias. Incluso, algunos científicos aventuran que se miente más por las tardes. Será que cuanto más se aleja el momento del despertar, más creativos nos volvemos. O será quizás que la cercanía de la noche despierta al pícaro que todos llevamos dentro y comienza el engaño a brotar de los labios con más soltura.

La mentira suele ir acompañada de un consorte que suaviza, a la manera de aquellas desdichadas damas que se aferran al brazo de un maltratador y minimizan la importancia de sus golpes: mentiras piadosas, por compasión, sin importancia, mentirijillas… y todo un repertorio semántico similar. Desde el innecesario y falaz halago, pasando por aquellas verdades a medias que nos hacen quedar mejor, hasta la oscura vía de salida que cobardemente encontramos a una situación difícil. Mentimos, mentimos y mentimos. ¿Cómo detectar entonces cuándo y cómo nos engañan? ¿Cómo puede saber incluso el lector si lo estoy haciendo yo ahora? Parece una misión imposible. Habitualmente, solemos refugiarnos en aquello que para cada uno de nosotros es constante, aquellos en quienes sí nos es posible confiar. La amistad auténtica, los miembros más queridos de la familia, el amor verdadero… parecen apuestas seguras pero ¿y lo que excede a esos círculos íntimos? ¿Qué ocurre cuando debemos confiar en el mensaje de un extraño? ¿A qué podemos atenernos entonces?

Desconocidos son por lo general quienes nos hablan desde la pantalla o el transistor, o a quienes leemos para informarnos, pero aun así los medios de comunicación nos proporcionan un discurso irrenunciable. Presentan ante los públicos aquella realidad que nos es distante pero que necesitamos conocer para poder actuar cívicamente en consecuencia.

Estos días, prácticamente todas las cadenas de televisión, medios radiofónicos, impresos y digitales, asociaciones de periodistas, federaciones sindicales de profesionales de la comunicación y demás entidades del ramo no paran de pronunciarse sobre la libertad de información. Temerosos de perderla y deseosos de defenderla contra vientos de cambio y mareas de todos los colores, ponen el grito en el cielo ante la posibilidad de intervención pública en la sacrosanta hermandad de la propiedad privada. El argumento más esgrimido parece ser que la intromisión del poder político hará menos libres a estas entidades privadas y, por ende, a los ciudadanos que se alimentan de sus contenidos.

Como bien comprenderá el lector, semejante tropelía es inadmisible de todo punto. Especialmente porque en nuestro país dichos medios gozan en estos momentos de un nivel de independencia fuera de toda discusión. La estructura empresarial de los medios de titularidad privada —con un nivel de concentración superior al 85% en el sector de la prensa diaria; una radio dominada por grandes y escasos emporios mediáticos con conexiones con la banca, la industria pesada o la construcción; una televisión comandada por dos grandes corporaciones transnacionales con multitud de intereses económicos e incluso relacionadas accionarialmente entre sí…— no influye en absoluto en la libertad de sus informadores. Ellos mismos, y sin recibir presión ni autocensura alguna, lo corroboran a diario desde sus privadas y relucientes tribunas cuando hablan con espanto de desmantelamiento del sector, de comunismos y otros ismos.

Mucho más grave resulta que la representación del poder ciudadano pueda tener algo que decir en la regulación económica de los medios. ¿Qué es lo que les hace creerse con derecho? Al fin y al cabo, no es que las empresas de comunicación deban cumplir una especie de función social, ni depende de ellas el despertar social de los ciudadanos, ni influyen en el nivel cultural de una sociedad, ni tienen nada que ver con el conocimiento. Su devenir, claro está, debe quedar completamente al margen de la ordenación política, puesto que las entidades financieras jamás han dado muestra de estar haciéndolo mal, de falsear o de haber manipulado la realidad en virtud de intereses de tipo alguno. Eso lo han hecho solo los políticos —la situación actual de TVE es buena y dolorosa muestra de ello— pero las privadas, nunca. No son más que infundadas habladurías a las que no hay derecho.

Perdóneme el lector si mis palabras le han resultado duras, pero esta tarde sentía la necesidad de sincerarme con usted. Quizás haya sido… la cercanía de la noche.

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