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Hay pocas personas de mi generación que se preocupen por los tiempos pasados, concretamente por la dictadura a la que nuestros padres y abuelos tuvieron que estar sometidos, algunos a regañadientes y otros grácilmente. Todavía puedo oír de la boca de algunas personas que “con Franco no estaría pasando esto”. Estoy convencida de que uno de los temores más viscerales del ser humano es a la libertad. Prefieren estar bajo el yugo de alguien, aunque sea un tirano, que tomar responsabilidad social.

Pero hoy no nos centraremos en aquellas personas retrógradas e inconscientes que añoran a un “salvador de España” —sus razones tendrán, aunque espero que no olviden que sus ideas son propias de la tiranía— sino a las personas de mi generación y a esas otras que vienen después que nosotros. Es sorprendente —y bastante triste— que muchas personas de menos de 18 años no sepan en qué años ocurrió la Guerra Civil, ni qué significó Franco durante los años posteriores en nuestra historia. Hasta ahí hemos llegado, consiguiendo borrar lo negativo de aquella época. El crimen no sólo ha quedado impune, sino también olvidado. Ha prescrito, como diríamos en términos judiciales. Pero esto no ha sido una consecuencia natural del paso del tiempo, sino más bien ha sucedido a base de doctrina, de sangre, de golpes y de muertes. Todo lo que ha sido contrario al sistema franquista fue, en sus comienzos, aniquilado y, posteriormente, alienado. Todavía recuerdo, cuando estudiaba en el instituto —y de esto no hace mucho— cómo algunos profesores nos explicaban con gran ambigüedad la postura del franquismo y de la Segunda República: “La República cayó a causa de su gran inestabilidad política”, “El mando sublevado realizó un golpe de Estado”, “La época franquista tenía una mayor hegemonía política”… todas afirmaciones falsas y ruines.

La Segunda República pasó por un período de inestabilidad política, pero la causa principal de su derrota fue el golpe de Estado que Franco realizó con la ayuda del ejército italiano y alemán —donde participó la famosa Legión Cóndor—. Es más, el franquismo estuvo caracterizado por ser profundamente heterogéneo, políticamente hablando. Por un lado, los militares —que ni entre ellos se ponían de acuerdo—, los monárquicos, los falangistas… El fascismo, a rasgos generales, tampoco era homogéneo y en España, al igual que entre los nazis alemanes, ocurría esto mismo. Pero una dictadura es lo que tiene, que no nos enteramos de todo lo que ocurre de puertas para adentro y se contiene y domina todo con mano dura con tal de no perder su supremacía. Ahí, el que opinara diferente a pesar de ser fascista pasaría a la historia, concretamente a sus anales, como ha pasado aquí con muchos contrarios al régimen franquista. Pero las luchas de poder internas siempre estaban presentes.

Llamar “sublevado” al bando de los nacionales me parece un craso error. ¿Sublevados contra qué? ¿Contra la libertad? ¿Contra los derechos civiles y políticos? ¿Contra el sufragio universal? ¿Contra los derechos de los trabajadores? Ésta es la educación que a mi generación –por norma general- se nos ha dado en los colegios. Mientras en Alemania prohibieron fehacientemente cualquier simbología nazi, aquí nos encargamos de condecorar a los militares fascistas con monumentos y nombres de calles, mientras las tumbas de los fusilados permanecen ocultas y olvidadas. Las pocas personas que recuerdan la verdad y siguen vivas son esquivadas por la ley una y otra vez. Incluso el juez Baltasar Garzón ha visto su cuello peligrar cuando de memoria histórica se trataba. Tranquilamente podemos ir a cualquier tienda de souvenirs en el centro de algunas ciudades y encontrarnos con una bandera española que luce un águila negra en su centro. Claramente, seguimos teniendo un bando ganador y un bando vencido. Muchos pensarán que es mejor no remover las cosas, que no es para tanto, que todos tienen parte de culpa. Pero Franco fue, junto con Hitler, el dictador más sangriento de la Europa Occidental del siglo XX, el detonante de la Guerra Civil  y el perpetuador de la tortura a la que se nos sometió durante varias décadas.

Recuperar la memoria histórica es una forma de hacer justicia y devolver la identidad a todas esas personas que la perdieron. Aliviar el sufrimiento de las personas que aún viven en la incertidumbre de no saber dónde está su abuelo, su padre, su hermano… Pero esto también es necesario para trasmitir los hechos de una forma más justa y realista, no con medias verdades. Pretender que olvidemos lo que pasó significa que sólo este interés puede venir de personas que tienen algo grave que ocultar. Y esas personas siguen entre nuestros dirigentes, grandes empresarios o simplemente entre personas privilegiadas de nuestra sociedad que nos condicionan.

Sacar a la luz la memoria histórica saneará el pasado traumático que tuvimos que vivir, pero también servirá para evitar cometer los mismos errores. Conociendo los hechos y sus causas podemos comprender mejor la sociedad que tenemos actualmente y por qué no funcionan determinados ámbitos como deberían. Sólo tenemos que echar un vistazo a cómo es nuestro país ahora y ver que en algunas cosas no ha cambiado mucho. Cómo nuestros políticos quedan impunes a pesar de la corrupción que destilan, la poca transparencia en los ámbitos jurídico y político y el descaro con el que nos mienten, la ley mordaza que coarta nuestra libertad de expresión y que prohíbe crear grupos de reunión o de manifestación a través de redes sociales —muy similar a la época franquista, donde estaban prohibidas las manifestaciones y las reuniones sociales con fines políticos—, una educación que se utiliza como vía para trasmitir ideologías políticas, monumentos históricos que vanaglorian a personajes que cometieron crímenes de guerra y contra la humanidad… podríamos enumerar miles más, pero no acabaríamos el artículo.

Ahora está en manos de nosotros los jóvenes perpetuar la memoria histórica y conservar los derechos que fueron aplastados en las generaciones anteriores. Estamos demasiado centrados en nuestros entretenimientos. Es fácil percibir que no hemos tenido que pasar por una guerra ni por una dictadura, que no hemos pasado hambre ni hemos tenido faltas de oportunidades para estudiar… Hasta hoy, que  estamos perdiendo muchas cosas y todo se nos está empezando a complicar. Porque aunque muchos sean activos, otros muchos siguen en su comodidad de no querer conocer ni remover el pasado. No es remover el pasado, es ponerlo en su lugar. Ése será el primer paso para tener una verdadera democracia, debemos atajar el problema de origen. Mientras no exijamos que el franquismo quede completamente desterrado de este país, no podremos hablar de democracia real como se ha hablado en el movimiento del 15M, porque sencillamente, estaremos intentando convencer a esos vestigios de la tiranía que todavía no hemos echado. Y ya sabemos lo intransigente que es la tiranía, los que son de esta estirpe jamás se pondrán en nuestra piel ni comprenderán nuestras necesidades como ciudadanos. Nos pasarán por encima como lo están haciendo ahora. Evitar que ese fascismo que vuelve a acecharnos no siga pisándonos terreno —y libertades— es una gran prioridad y ésta es la forma de empezar a solucionarlo. Costó un gran esfuerzo conseguir llegar a la Segunda República, periodo en el que la mujer consiguió el sufragio, algo importantísimo. Todavía no hemos vuelto a recuperar el mismo nivel de libertad porque nos han engañado con un estado de bienestar que ha durado tan sólo un par de décadas. Nuestra última democracia es joven y aún tiene mucho que mejorar, pero que no nos engañen. No estamos avanzando, estamos retrocediendo. Pronto se han olvidado de nuestros derechos sociales a medida que han ido pasando los años. Ni siquiera han compensado el tiempo que tuvimos que pasar con Franco.

Desde aquí iniciaremos un recorrido y comprobaremos cuántas personas pensaron diferente en tiempos donde peligraba su integridad, personas que lucharon y que se salieron de los estereotipos que los limitaban, por ser libres, por ser mujeres, por ser democráticos o republicanos. Compartiremos la memoria de muchas de esas personas que con su aportación lograron que la sociedad avanzara y podremos comparar cómo durante el franquismo apenas hubo avance. Este artículo servirá a modo de introducción para comenzar con una nueva etapa en esta columna. Intentaremos que los jóvenes vean otro punto de vista que en su momento emergió con gran fuerza y produjo cambios significativos en nuestra sociedad, para que se inspiren, para que sepan de dónde vienen los derechos sociales que tenemos actualmente, para que se interesen en indagar en aquello que fue borrado o apartado sutilmente. Podrán ver cómo se han minimizado muchos logros que ahora son importantes y necesarios, y cómo se han exaltado otras ideas afines al franquismo y que actualmente nos están perjudicando. Crearemos un espacio aquí, en lavozdelsur.es, rememorando esas voces significativas que han caído en el olvido o que han sido colocadas en un segundo plano en el reconocimiento oficial de este país, volveremos a hacer prevalecer las ideas libres de los que anteriormente fueron acallados, no sólo de la España republicana, sino también de aquí, de Andalucía, de Cádiz y de Jerez de la Frontera.

Si nuestra generación no se responsabiliza de cuidar esto, ¿qué pasará cuando los ancianos, los últimos supervivientes, mueran?

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