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Pocas lecturas me han sobrecogido y asustado tanto como El cuento de la criada de Margaret Atwood, solo comparable a la inolvidable sensación al leer a Orwell o a H.G. Wells. Se trata de una novela sórdida, oscurísima y paradójicamente lúcida en estos tiempos que corren, aunque esté publicada en otra década, antes del “auge” del terrorismo yihadista, las exaltaciones ultra feministas #metoo —que no tendrían que ser necesarias—, las manadas de los sanfermines y la psicosis de los acosos por doquier. Atwood vivió otra época, exacta a ésta, pero no peor. Y olía, de forma premonitoria, que lo que acontecería no muy lejos en el tiempo de la caída del muro de Berlín, sería una locura absoluta. En su mente conjugó los elementos conocidos, vividos, con otros que intuía, imaginaba, soñaba (más que sueño, pesadilla).

Por supuesto, yo quiero —me interesa— creer, de forma egoísta, igual que ustedes, vecinos míos del primer mundo “civilizado”, que no es posible que existan sociedades parecidas a la mostrada en esta distopía. Gilead no existe. Pero a diario llegan, a través de las redes sociales y los medios que nos mantienen hiperconectados, noticias de aberraciones, mutilaciones, vejaciones, violaciones, niños torturados por sus propios padres (y secuestrados durante años en una aparente urbanización “normal”, sin que nadie se percatase de ello), gobernantes corruptos y locos, como el coreano o el color naranja que ahora es el comandante de la Casa Blanca junto a su inquietante y mansa esposa. Vivimos una realidad en la que el atentado contra los derechos básicos del ser humano es una constante. Y nos estamos acostumbrando a ello (también en esta novela se habla de la increíble capacidad de adaptación que tenemos, incluso a las realidades más extremas). Es triste, muy triste. Y da miedo.

Da miedo perder la capacidad de compasión, la empatía, la solidaridad real, el amor a nuestros semejantes. La misoginia, la misantropía, el delirio egocéntrico de los amos de la tierra y el temblor agónico de ésta. Quizás la clave esté en las generaciones que se están formando. Por eso este año, a los alumnos de Bachillerato les hemos recomendado en mi centro la atenta lectura de la historia de Defred (June), esperando que interioricen lo que no debe ser, lo que no debe ocurrir, como una forma de pedir ayuda en clave, una suerte de mayday para los que vienen detrás de nosotros, a ver si son capaces de dar un volantazo y no permitir que caigamos en picado. No quiero alarmarles, creo que estamos a tiempo. Pero sirva este artículo para animar al acercamiento a esta obra magistral, de las que ofrezco algunas claves, no demasiadas, porque deseo que de verdad la disfruten, aunque éste no sea, precisamente, el verbo adecuado.

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