Resiliencia

¿Alguien ha pensado en lo que significa tener un cubo marrón? Zapatos aparte –que habría que ver caso por caso, no se confíen los usuarios y (menos) las usuarias, que no hablamos de una bula general-, ¿qué interés tiene el marrón como color de uso personal? marrón, mientras que el tradicional gris queda para, por ejemplo, los detritus del barrido de la casa: el polvillo, las pelusas, los rastros de barro, seguirá en el gris

Jerez ha pedido fondos europeos para implantar un nuevo contenedor marrón.
Jerez ha pedido fondos europeos para implantar un nuevo contenedor marrón. MANU GARCÍA

El Ayuntamiento de Jerez quiere comenzar a poner en los próximos meses un quinto contenedor de reciclado de residuos, proyecto que iría vinculado a su propio Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia. El Ayuntamiento solicitará del orden de un millón de euros de fondos europeos para la puesta en marcha del contenedor marrón. En realidad, este artículo no iba a ir sobre el contenedor marrón, iba a ir, como todavía flamea en el titular, de ‘resiliencia’, pero este cronista se ve en la obligación de ofrecer al ávido lector, a la inquebrantable lectora, algunas nociones sobre lo que ha visto por ahí en internet que es el contenedor marrón, en qué consiste su introducción.

Dicho a vuela pluma, el contenedor marrón va a ser el receptor de la basura orgánica. Ya, ya… no me formen grupos, todos sabemos que ya había un contenedor para la basura orgánica, el gris, pero ahora va a ser el marrón. El contenedor marrón dentro de unos meses –a lo sumo en un par de años, ya que leo que su implantación será obligatoria a partir de 2024 en toda la Unión Europea, que no es que el Ayuntamiento de Jerez vaya a la cabeza de nada, no teman- tendrá la exclusiva de la basura orgánica, quedando el gris para lo que hasta ahora acompañaba a dicha basura. Ha llegado la hora de los casos prácticos: las mondas de naranja, las raspas del pescado, las cascaras de huevo y los huesos del pollo acabarán en el nuevo, en el marrón, mientras que el tradicional gris queda para, por ejemplo, los detritus del barrido de la casa: el polvillo, las pelusas, los rastros de barro (ay, de cuando llovía…), todo eso seguirá en el tradicional gris, junto con algunos restos que antes el personal tiraba, digamos, donde le daba la gana, como la cerámica o el cristal-cristal, que conozco más de un integrista del reciclado capaz de jugarse un par de dedos de la mano y mandar una copa rota al contenedor verde para el vidrio… y total, para equivocarse, que no es el sitio. ¿Y las servilletas, papel de cocina, etc? Pues al marrón, que son biodegradables. Sobre las mascarillas no he leído nada, pero si siguen amenizando nuestros inviernos haciendo que las bufandas y fulares sean cosas del pasado y de cuatro poetas, dos frioleras y un sindicalista (el que manda en UGT), doy por hecho que se quedarán en el gris.

Ya sé que este artículo iba sobre la resiliencia y que, además, MARCA ACME tiene una evidente y en absoluto disimulada tendencia a la opinión (incluso parcial) y no a la información y (menos) la divulgación, como está siendo el caso, pero no se quejen, impacientes lectores, conspicuas lectoras: vamos a ver si un sábado más se llevan dos artículos por el precio de uno en estas líneas. 

Pero es que aún cabe hacerse varias preguntas. Por ejemplo: ¿Alguien ha pensado en lo que significa tener un cubo marrón? Zapatos aparte –que habría que ver caso por caso, no se confíen los usuarios y (menos) las usuarias, que no hablamos de una bula general-, ¿qué interés tiene el marrón como color de uso personal? ¿Por qué seguir aguantando este galicismo en vez de volver a nuestro querido, aunque un tanto decimonónico, castaño? Y, por último, ¿por qué dar pábulo a humoristas caseros y el inevitable “a ver quién se come este marrón” cada vez que haya que tirar esta olorosa basura, eh? No, amigas y amigos, no, como dicen nuestros políticos y sus amigos los periodistas, esto hay que “repensarlo”. 

A este cronista, personalmente, un cubo marrón no le pegaría nada en su pequeño-burguesa cocina, así que espera que se le ocurra algo a algún diseñador sueco, no sé… que tal vez Gustav Gustavsson o su ayudante Karl Karlsson encuentren y expongan, en la tienda en la que todos estamos pensando, una solución aceptable con un nombre medianamente divertido, en la que se tenga también en cuenta que vamos ya por el quinto cubo. Oigan, que si no les cabe el quinto cubo o no va con el violeta de su cocina, que también se puede optar por soluciones de corte más macarra, como devolver el polvo y la pelusa por donde ha venido, en mi caso al patio… o por el balcón, como cuando se veía, sobre todo en primavera, a esas esforzadas señoras dándole a la alfombra 3X2 del salón una buena somanta de hostias con una especie de raqueta de bádminton pero toda de madera, para al final compartir alegremente todos esos pequeños detritus con los viandantes, como si fuese una de esas fiestas de la India en las que el personal se lanza polvos de colores… Eso sí, si optan por esta solución, digamos, de ida y vuelta, prepárense otra vez para tener cuidado con los restos de la copa de champán, que ahí sí que el patio no parece el mejor sitio…

Ah, por cierto, antes de acometer el quinto contenedor, harían bien los responsables municipales del ramo en darse una vuelta por los barrios y anotar cuantas islas ecológicas –cursilada de las gordas, por cierto- están hoy incompletas. Por ejemplo, en la más cercana a mi casa falta un contenedor, el del vidrio, que desapareció hará cosa de un año y aún no se ha repuesto, lo que me obliga a ir andando hasta el siguiente con las botellas vacías a la vista y casi siempre chocando, lo que a su vez me consta que ha levantado algún rumor en un vecindario especialmente dado al chisme y la chanza…

Por último, y sin alejarnos mucho del chisme, es un hecho que tanto plan, tanto contenedor, tanto cubo… y luego hay algunos trabajadores del servicio de basuras que, utilizando términos de western, desenfundan bien rápido, que tardan un plis plas en enviar todo al camión, así que, como dice el refrán, a ver si al final estamos haciendo un pan como unas tortas (por cierto, ahora que se acerca la Semana Santa, para la gente más cristiana existe la versión “como unas hostias”… de nada).

Llegados a este punto, aunque imagino que ya habrán ido preparándose, debo decirles que este artículo finalmente no abordará nada sobre la ‘resiliencia’. Siento tal vez haberles defraudado… Remedando aquella frase mítica de los humoristas Tip y Coll durante la época de la Transición -frase que recordarán sobre todo los lectores talluditos y las lectoras que están en ‘los nuevos treinta’- “la próxima semana hablaremos del gobierno”, algo que era un estupendo gancho que nunca sucedía, por eso, este cronista se compromete aquí y ahora a escribir el próximo MARCA ACME sobre la ‘resiliencia’, siempre que la vertiginosa actualidad de Jerez de la Fra lo permita, claro. 

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