La historia (que no fue) del chalequito azul del gobierno municipal de Jerez

El equipo de la alcaldesa Pelayo ha estado al pie del cañón desde el minuto uno en todo lo que acontece en la ribera del Guadalete, eso sí, con una impactante (y novedosa) puesta en escena

La alcaldesa de Jerez, María José García Pelayo, flanqueada por los concejales Muñoz y Espinar.
06 de febrero de 2026 a las 19:26h
Actualizado a 07 de febrero de 2026 a las 09:26h

Texto escrito entre el miércoles 4 y el jueves 5 de febrero, antes del desalojo de Grazalema.

Este cronista intenta escribir un Marca ACME tipo, o sea, de corte más o menos humorístico, pero lo cierto es que no me sale. De hecho, tenía el tema: el chalequito que llevan todos los miembros del gobierno municipal de Jerez durante sus comparecencias relacionadas con el temporal y todo lo que ha traído consigo: inundaciones, desalojos en la zona rural, etc. Pero ya digo, no me sale, precisamente por el dolor que la situación está causando en cientos, miles de personas, intentar hacer un poco de humor, aunque sea utilizando a los políticos, que hay veces que parece que para eso están, y tampoco... No, aunque no deje de ser algo tangencial, la imagen corporativa adoptada por el gobierno municipal se va a librar por esta vez… y me gustaría que para siempre, porque no deja de ser el chaleco, más o menos obligatorio, para ir al Cecop, puesto avanzado y sede de la Policía Local (en este último caso cabe suponer que de manera meramente transitoria).

Y que conste que este cronista es de los que piensan que se puede hacer humor de casi-casi todo, siempre que el enfoque sea el correcto, que suele ser la denuncia. Por ejemplo, en su momento, estuve a favor de dos portadas muy polémicas de Charlie Hebdo, el semanario francés, no sé si las recuerdan. Una era la del niño refugiado (creo que de Siria) que muere ahogado a orillas del Mediterráneo, con una portada en la que aparece la frase “tan cerca de la meta” y al fondo un cartel en el que se anuncia "dos menús infantiles por el precio de uno" (es realmente muy desagradable, con el cuerpo sin vida del niño, bocabajo, arrojado en la playa) y la otra es la del terremoto de la ciudad italiana de L’Aquila y alrededores, en la que las víctimas aparecen emparedadas, nunca mejor dicho, como si estuvieran, literalmente, entre los ‘pisos’ de una lasaña.

En el primer caso la denuncia para el mundo en que vivimos, desde la mercantilización de la infancia al papel de los medios de comunicación, que no tienen pudor alguno en hacer un icono del niño fallecido, cuando es uno más entre cientos, si no miles, de los que han muerto intentando llegar a Europa. En el segundo, el tema parte de las mordidas que, al parecer, se lleva la Mafia de toda la construcción pública en dicha comarca, lo que termina rebajando la calidad de las construcciones. Por cierto, esas mordidas no desaparecieron, en absoluto, de las inversiones que se llevaron a cabo para la reconstrucción de la ciudad, por lo que Charlie Hebdo pone aquí el foco tanto en la propia Mafia como en la autoridad (y la propia sociedad), que finalmente claudica y paga.

Por supuesto, esta es una opinión personal sobre una manera de hacer humor al límite, como es la de Charlie Hebdo, que no tuvo reparos, con todo el dolor del mundo, en hacer contenido con sus propios compañeros asesinados días después del atentado islamista que sufrió la revista. Este cronista entiende perfectamente que haya gente, mucha gente, a la que le parezca innecesaria la exhibición de todo este dolor. Pero el humor negro, negrísimo, existe y ha existido desde siempre. Sin más: en este momento, estoy terminando de leer Despedidas, de Julian Barnes, su última novela, en la que habla en clave de humor del cáncer que padece y no solo eso, sino que recibe con el mismo humor el comentario de un médico de urgencias, colectivo al que da “todo el derecho del mundo” a tener humor negro, "porque si no lo tienen ellos, quién si no"…

En resumen… lo de unas risas por el chalequito (y, por cierto, más allá de la broma, esta vez ni un perejil a la actuación del gobierno municipal) queda para la barra de los bares. Tengo otro tema. El caso es que estaba pensando este invierno en releer El Quijote, que me lo he leído tres veces (dos enteras y una tercera pasando de los pastores, la novelita italiana, etc). La idea era ver si el invierno venía lluvioso –no sé porqué tengo esa idea innegociable en la cabeza, debe ser porque la última vez que lo leí, hará ocho o diez años, fue así…– y el caso es que dos semanas después de que esté lloviendo sin parar, como el que no se ha dado cuenta, El Quijote me sigue mirando desde la estantería… y yo a él de reojo cada vez que paso. Esperen, que no descarto lo del chalequito azul del gobierno municipal de Jerez: que les quería decir que…