Colas en Centroeuropa.
Colas en Centroeuropa.

Siguen muriendo personas, en toda Europa, en todo el Mundo. En silencio y sin la mano amiga. Sin el encuentro con toda la familia, en el que se solía recordar a la difunta y solíamos recordarnos a nosotros mismos. Ayer murió la madre de una lectora. Una amiga que cada vez que nos reunimos se hace cargo de que soy vegetariano, aunque todo el resto coma carne. Nos lleva a su pueblo, nos lleva de excursión. Esta vez me sentó a un torno de alfarero después de más de treinta años sin modelar barro, por sorpresa, para mí y para todas ellas. Su madre estaba en la conversación. No la vimos, pero estaba en la conversación. Estaba muy mayor y muy delicada. Cada persona que nos deja tiene una historia propia y somos parte de esa historia. Todos necesitamos que cuenten nuestra historia y se ocupen con ella.

Llevamos muchos días de encierro. Salimos a penas a la tienda, a las cosas más urgentes o a pasear al perro. En los pasillos del supermercado han colocado un laberinto: la caja es donde no queremos llegar. Todo el mundo quiere salir de allí a la velocidad del rayo. Pero, mascarilla, guantes, gafas empañadas, la compra, ¿dónde tengo el monedero?, ¿tarjeta o dinero? La persona de detrás: que es para hoy. La persona de delante que no termina de terminar. Yo en el medio. La de detrás que se me echa encima: que ya está bien. La cajera, a la de detrás, que mire usted. Salgo del super y en la primera esquina alguien derrapando me pasa a dos centímetros de mi cara. Llevo mascarilla, guantes, gafas empañadas, voy cargado con la compra.

La mascarilla les protege a los otros de mí. ¿Y a mí?, ¿quién me protege a mí? De camino a casa me sortea alguien que va en su bicicleta, entre una señora con su compra y yo con la mía. Vuelvo a casa y digo que no salgo más. Hasta que vuelve a ser necesario salir. Manga larga, guantes, mascarilla, gafas que se van a empañar en cuanto haya llegado al portal. Agarro el picaporte y ya me pregunto si estará infectado. No tocarme la cara; las gafas empañadas. Salgo. Alguien con su perro me pasa a quince centímetros, en derrape junto a la fachada.

No dejan de decirnos que mantengamos la distancia, ¿pero cómo se mantiene esa distancia, si cada uno tiene una idea distinta de cuánto son dos metros? Una solución sería usar dos miriñaques: uno en su posición normal de toda la vida y el otro de cintura para arriba. Iría como si fuera un diábolo, pero ahí no habría discusión con la distancia y no tendría las gafas empañadas. Lo malo sería en la caja del supermercado. La otra solución sería un manual de movimiento urbano para la pandemia.

Sí, cuando los coches de caballos las damas iban por el lado interior de las aceras para que los caballeros pararan los charcos y no les llegaran a los vestidos a las damas. ¿Se han dado cuenta de cómo se sientan las parejas de cierta edad en los teatros? Pero hay una diferencia entre un manual de urbanidad, el de Carreño, por ejemplo, ahora que Venezuela vuelve a estar de moda para esa oposición que maneja muertos pero ni se le ocurre que sus manuales de modales y buenas maneras, bien adaptados a la situación, serían de ayuda. Estamos a tiempo de escribir un manual para un uso social necesario y no para mostrar a qué clase social se pertenece. Los modales, las buenas maneras, las costumbres a mí me sirven si contribuyen a una comunicación de calidad entre las personas. Ahora se impone nuestra seguridad sanitaria.

Muchas personas se ven superadas por la situación. No tenemos experiencia ni con la pandemia ni con el movimiento urbano de nosotros mismos. Nunca, quizá, hemos necesitado observarlo de forma tan consciente como hoy es imprescindible y no sabemos cómo hacerlo. Somos nosotros los que no debemos echarnos encima de los otros. La responsabilidad está en nosotros. Es el cambio de perspectiva. Es el cambio de paradigma con el que debemos ya aprender a comportarnos. Pero necesitamos ayuda. Que alguien escriba y dibuje cómo se mueven las personas y cómo debemos movernos para no poner en peligro a nadie. ¿Calles de dirección única en los supermercados bien marcadas con flechas en el suelo? ¿Mensajes amables, mucho más que órdenes, para que aprendamos lo que no sabemos porque no lo aprendimos nunca? ¿Dibujos de cómo se puede celebrar una conversación de las de toda la vida pero en tiempo de pandemia, en un círculo amplio que permita la distancia?

No es tan fácil manejar tantos elementos con nuestra propia inseguridad como argumento. Los procesos de aprendizaje nos facilitan esa práctica nueva sobre cosas desconocidas todavía. Tenemos temor porque no sabemos manejar la situación, pero queremos aprender a manejar la situación. Queremos desarrollarnos y crecer en esta nueva situación para seguir viviendo, incluso en pandemia. Vivir biológicamente y vivir socialmente, incluso con todas las limitaciones del caso. Un manual de movimiento urbano puede contribuir a que llegue nuestra libertad en estado de alarma por pandemia.

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