Mantener el equilibrio

Francisco Romero

Francisco Romero

Licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla. Antes de terminar la carrera, empecé mi trayectoria, primero como becario y luego en plantilla, en Diario de Jerez. Con 25 años participé en la fundación de un periódico, El Independiente de Cádiz, que a pesar de su corta trayectoria obtuvo el Premio Andalucía de Periodismo en 2014 por la gran calidad de su suplemento dominical. Desde 2014 escribo en lavozdelsur.es, un periódico digital andaluz del que formé parte de su fundación, y con el que obtuve en 2019 una mención especial del Premio Cádiz de Periodismo.

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He podido llevar de la mano a mi hija de cuatro años al colegio, con su ilusión y su mochila de estreno. Soy feliz. Ella también. 

Pero late, en lo más profundo de mi suerte, culpabilidad.

Están pasando muchas cosas en estos días previos a la vuelta a las aulas. Sentarse a ver la televisión, cualquier informativo, leer la prensa o asomarse a las redes sociales, se ha convertido en un mal trago. 

El mar siempre devuelve todo aquello que le arrojamos para deshacernos incluso de nuestra propia conciencia, y el mundo amanece con cadáveres en sus orillas. 

Por no querer ver nada adrede, por no sentir, por cambiar de canal, por dar la espalda a lo que sucede demasiado cerca, yo me siento culpable. Y mezquina. 

Y también me duele sentirme así, por ser afortunada en este lugar del mundo, donde no es necesario huir, todavía. Donde no es necesario escapar con lo puesto, sin mirar atrás, con tu hija en brazos,  asustada y confundida. El horror más absoluto.

Una de las imágenes que tengo, y que me ha herido las entrañas, no es precisamente aunque también, la del pequeño Aylan,  sino la de una chiquilla con un chándal rosa y sucio, con dibujos de Peppa Pig. 

Seguramente, se lo compró su madre. Seguramente, esa niña no tiene ni idea de qué está pasando, ni por qué sus padres y hermanos han de escurrirse bajo las vallas de alambre, perseguidos por personas que no conocen a su familia. Esas personas no saben que son buenos, porque son papá y maḿá. Papá y mamá, son buenos. Nadie tiene que perseguirlos, ni golpearlos. 

Mi hija tiene un chándal rosa y limpio, con dibujos de Peppa Pig. Y justo estos días lo he preparado, para cuando vengan los días más frescos.

Y no dejo de pensar en esa niña desconocida. Seguirá viva, supongo. Quiero creer que sí. Necesito pensar que sí. 

Y soy culpable. Pero abrazo mi egoísmo, como una fanática más en este Occidente de ceguera y bienestar. No conozco otra fe que la de mantener el equilibrio, la de aferrarse a la rutina, proteger lo propio, con vallas de alambres invisibles, los de la indiferencia para poder sobrevivir, a pesar de todo. 

Iré a recoger a mi hija del colegio, y comeremos macarrones. 

Hoy en casa, no se verán informativos.

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