Manos limpias, manos sucias y a manos llenas

Francisco Romero

Francisco Romero

Licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla. Antes de terminar la carrera, empecé mi trayectoria, primero como becario y luego en plantilla, en Diario de Jerez. Con 25 años participé en la fundación de un periódico, El Independiente de Cádiz, que a pesar de su corta trayectoria obtuvo el Premio Andalucía de Periodismo en 2014 por la gran calidad de su suplemento dominical. Desde 2014 escribo en lavozdelsur.es, un periódico digital andaluz del que formé parte de su fundación, y con el que obtuve en 2019 una mención especial del Premio Cádiz de Periodismo.

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Se ha puesto de manifiesto que las manos limpias que pretendían erigirse en adalides de la lucha contra la corrupción eran manos sucias y manchadas por el mismo ácido corrosivo que decían combatir. 

Ayer Pepa Bueno en su programa de la Cadena Ser requería a Nacho Torreblanca su análisis sobre la posición política en la que quedarían los partidos de la vieja y la nueva política en el supuesto de nueva convocatoria electoral que cada momento que pasa se ve más probable. Concluyó Torreblanca su intervención, por cierto, como siempre de una sensatez y brillantez por igual, afirmando que hay dos partidos que añoran sobremanera el bipartidismo. Pensaba yo que se refería a los clásicos de la política española, el Partido Popular y el Partido Socialista, pero cuál no sería mi sorpresa cuando mencionó a Podemos como el partenaire de los populares en la añoranza.

La irrupción de la nueva política en los esquemas tradicionales se consumaba de la mano del Partido de Pablo Iglesias confirmando así que todo el proceso que estamos terminando de vivir en esta España postelectoral ha estado trufado de estrategias partidistas, tanto por parte de la derecha representada por el PP como por parte de la izquierda 'pseudoradical' representada por Podemos, encaminadas a una nueva convocatoria electoral que pudiera convertirlos en referentes de sus respectivos espectros ideológicos. En esa situación no se producirían futuros trasvases de votos garantizándose ambos su situación preeminente durante casi una vida eterna, que en política son al menos dos legislaturas.

Y en esas estábamos cuando se produjeron los dos minutos más impactantes en la reciente historia de la información política. Primero irrumpía la noticia, casi crónica de una muerte anunciada, de la dimisión del Ministro Soria, y a renglón seguido la detención del presidente de Manos limpias, el señor Bernard. A pesar de lo probable de la primera de ellas y lo previsible de la segunda, tras la filtración de la investigación de la Fiscalía de la Audiencia Nacional, ninguna de ellas perdía su capacidad de seguir conmocionando el estado de ánimo de los españoles en esta sucesión ininterrumpida de acontecimientos que corroen la credibilidad del sistema democrático y que están teniendo en el Partido Popular el colaborador necesario más preciado.

Al mismo tiempo se ha puesto de manifiesto que las manos limpias que pretendían erigirse en adalides de la lucha contra la corrupción eran manos sucias y manchadas por el mismo ácido corrosivo que decían combatir. Y es que difícilmente desde el entorno ideológico de la extrema derecha que lleva en su ADN el germen de la corrupción podía esperarse otra cosa que su aportación a la puesta en jaque del sistema democrático.

Y en eso llegó Montoro, al que sus propias comunidades autónomas amenazan con llevar a los tribunales en caso de persistir en su intención de recortar la capacidad de gasto autonómico, para encubrir su desastrosa gestión, la de ministro, no la de las comunidades que lo vienen padeciendo desde hace algo más de cuatro años.

En la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros, Montoro ha aprovechado para ajustar cuentas con el pasado del exministro Soria, que tuvo el atrevimiento en los años iniciales de la legislatura de practicar el intrusismo ministerial cuestionando las subidas de impuestos de Montoro y en especial el IVA cultural. Ha debido pensar el ministro de Hacienda que donde las dan las toman y se ha apuntado con entusiasmo a la tarea de hacer leña del árbol caído dejando un titular para la historia: “No se puede estar en el Gobierno y en paraísos fiscales”. Ahí es nada, menudo epitafio político se ha marcado el ministro de Hacienda para despedir a su compañero de gabinete, precisamente él, que pasará a la historia como el ministro de los paraísos perdidos de su amnistía fiscal. Como para no llevárselo a manos llenas…

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